Opinión
17 años después
Imagen: Pablo Piovano

Hace unos días un connotado dirigente político, en una conversación casual, me confesó que suele evocar una columna escrita hace poco más de 17 años en este diario y aseguró que siempre, en los momentos de crisis, ese texto regresa a su memoria. Puesto que lo había olvidado, recuperado de archivos y la web, aquí está: “Carta abierta para la resistencia cultural” se publicó en estas páginas el 25 de febrero de 2002 y algunos fragmentos ratifican que, como en el insuperable “Cambalache” de Enrique Santos Discépolo –y salvo tres cuatrienios que hoy son viva nostalgia– en el Siglo XX y lo que va de éste “todo es igual, nada es mejor”.

Aquella nota, fechada en Resistencia pocas semanas después del estallido popular del 19 y 20 de diciembre de 2001, puntualizaba: “La ferocidad del modelo neoliberal chupó la sangre de por lo menos dos generaciones y corrompió a este país hasta el tuétano, destruyó la otrora culta clase media, está sumiendo en el analfabetismo funcional a grandes masas proletarias, y coloca a esta sociedad hasta hace poco orgullosa y engreída en un peligrosísimo estado de caos y anarquía”.

Luego abordaba la desesperación popular de entonces, tratando de razonar la consigna “que se vayan todos”, que se había diseminado como munición chica y exasperaba a las clases medias urbanas: “La cultura en la Argentina está siendo rematada como nunca antes. Aunque aquí todavía se resiste con denuedo, nuestro teatro, nuestro cine, nuestras editoriales, nuestra cultura están desapareciendo (...) El mejor camino, para muchos, parece ser la nueva diáspora. A las puertas de los consulados hay colas interminables de gentes que se quieren ir, corridas por la nueva pobreza, la rabia y la angustia. En todas esas colas hay cineastas, escritores, músicos, actores (hoy añadiríamos científicos). La sangría aumenta por la falta de industrias, los ahorros robados impunemente por el ‘bancoterrorismo’ y la desprotección de un Estado que es un ausente, apenas un instrumento de vulgares sirvientes de bancos y empresas privatizadas”.

En otro párrafo se prefiguraba lo que ahora se llaman redes sociales: “La defensa de la cultura hoy está en manos de los que tienen internet en sus casas y organizan heroicas, conmovedoras cadenas de denuncia y solidaridad”. Y el ambiente terrenal, digamos, no era diferente porque también era inevitable escuchar “los bombos de los manifestantes y las sirenas policiales en la plaza que está a dos cuadras. Ver la tele y sumirse en la desgarradora realidad es todo uno. Escribir, crear, se han tornado quimeras. Habría que estar demasiado chiflado, o ser un cretino insensible, para sumergirse en las indagaciones de la creación”.

No era exagerado afirmar que seguramente en la Argentina jamás habíamos visto algo igual: “Ni durante la dictadura, cuando por lo menos teníamos la convicción de que la lucha era noble, el futuro estaba en nuestras manos y teníamos, además, la ilusión de la victoria sobre las Juntas asesinas”.

Aquella nota también declaraba impotencia y deseos de llorar, porque más allá de resistir participando de marchas y protestas, “cada noche, inexorablemente, siento que se derrumban otros ladrillitos de mi esperanza”. No obstante lo cual renovaba el compromiso de que “no queremos irnos aunque se ha vuelto tan difícil vivir aquí, porque alguien debe quedarse a sostener las vigas del techo”.

Con indisimulables amargura y rabia, el artículo describía el cierre de casas editoriales, librerías, empresas, negocios y locales, reducidos a carteles de “se vende” o “se alquila” y con un dato pavoroso: “en sólo un año cerraron más de 300 librerías en todo el país y en dos provincias no hay ni una sola. Todo aumenta la masa de argentinos furiosos que deambula en busca de inexistentes trabajos, o, en el mejor de los casos, de una visa emigratoria”.

Pero a pesar de tan deprimente cuadro, el artículo terminaba del único modo esperanzador que correspondía: “Hubiera deseado no escribir este texto. En medio de la catástrofe de los últimos dos meses me abstuve de escribir una sola línea depresiva, nada que pudiera sonar a desánimo. Y si ahora lo hago es como prueba de resistencia cultural, que es nuestro deber cívico y artístico. Porque aquí y ahora es tiempo de apretar los dientes y aguantar, pero dándole pelea a los corruptos y mentirosos que nos gobiernan, así como a los charlatanes del mundo global que nos sermonean y dan recetas desde diarios españoles y norteamericanos. La resistencia cultural es el único texto noble y decente –escritura de vida y escritura debida– que hoy se puede escribir en la Argentina. Lejos ya de los siglos de oro, rodeados de sombras y tantas veces en la incertidumbre, aquí seguimos siendo muchos. Abollados y maltrechos, pero tenaces y todavía de pie, aún somos muchos los que –sépanlo los amigos y los que no lo son– no nos entregamos. Lo afirmo y firmo desde mi ciudad de nombre emblemático”.

El dirigente político que rescató esas nostalgias me saludó luego con respeto y creo que afecto, dando a entender que ahora también, 17 años después, vemos un gobierno que se cae pero otra vez, entre las ruinas, atisbamos un pueblo decidido a recuperar la esperanza y a votar para que estos canallas también “se vayan todos” para así construir un futuro mejor. Uno que sí valdrá la pena.

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