La guerra silenciosa, de Stéphane Brizé
Intensidad del realismo
El director de El precio de un hombre vuelve a convocar a Vincent Lindon para internarse en un cine social “a la europea” que da cuenta de los conflictos sociales más urgentes.
Gran parte de las virtudes del film descansan en la notable presencia de Vincent Lindon.Gran parte de las virtudes del film descansan en la notable presencia de Vincent Lindon.Gran parte de las virtudes del film descansan en la notable presencia de Vincent Lindon.Gran parte de las virtudes del film descansan en la notable presencia de Vincent Lindon.Gran parte de las virtudes del film descansan en la notable presencia de Vincent Lindon.
Gran parte de las virtudes del film descansan en la notable presencia de Vincent Lindon. 

La nueva película del francés Stéphane Brizé es problemática, por designar suavemente su carácter más sobresaliente. Por un lado, el director de El precio de un hombre (traducción internacional del mucho más acertado título original La loi du marché, “la ley de mercado”) vuelve a imprimir en pantalla la construcción de un realismo intenso; esa clase de realismo que, merced a su capacidad de remitir a las realidades más urgentes, suele llamarse, erróneamente, semi documental. De manera constante y a intervalos casi regulares, el montaje recurre incluso a la aparición de falsos fragmentos de noticieros televisivos para reafirmar esa intencionalidad realista, casi coyuntural. Por el otro, en su búsqueda de un equilibrio entre lo narrativo y lo descriptivo, entre lo particular y lo general, La guerra silenciosa (otro título local mentiroso: no hay nada silente en esta batalla campal entre patrones y empleados) termina ingresando de lleno en los terrenos del cine social “a la europea” menos apegado a las sutilezas: aquel que señala claramente a buenos y malos y requiere de un signo trágico para subrayar aún más sus intenciones.

Gran parte de las virtudes del film descansan en la notable presencia de Vincent Lindon como Laurent, un líder sindical poco dispuesto a dejar que el cierre de una fábrica de autopartes deje en la calle a unas mil familias. Se trata de uno de esos roles tan acertados en su construcción general y detalles psicológicos y emocionales que logran difuminar los rasgos del histrión, permeados por completo por la criatura de ficción. La primera escena lo muestra, junto a sus compañeros en la lucha, argumentando a viva voz con los representantes de la patronal, que acaba de traicionar un acuerdo firmado un par de años atrás con el fin de sostener los empleos. Las discusiones internas entre los trabadores en plena toma de la fábrica –y las inevitables escisiones que no tardan en acechar al grupo– y las tentativas de llegar a una solución con representantes tanto del estado francés como de la compañía (multinacional, para más datos) conforman el núcleo dramático de los primeros dos tercios del metraje.

A pesar de ello, una subtrama sobre el inminente nacimiento del nieto de Laurent comienza a anticipar el derrotero del último acto, la construcción del héroe y mártir de la causa, elemento que, en términos narrativos e incluso formales, parece borrar con el codo una parte de lo escrito con la mano. A diferencia de lo que ocurría en la reciente A Fábrica de Nada, el notable largometraje del portugués Pedro Pinho y el colectivo Terratreme –en el cual las complejidades del desempleo global eran reconfiguradas en un imaginativo relato con más incógnitas que certezas–, Brizé opta por un camino que va haciéndose cada vez más angosto y que lleva a sus personajes/héroes, inevitablemente, a un camino sin salida. Las intenciones de La guerra silenciosa son interesantes y, para muchos espectadores, entrarán de lleno en el conjunto de lo loable; no deja de ser cierto que en varias escenas la película logra reconstruir, con una mirada que cruza lo universal con lo microscópico, las intensidades de una situación excepcional y la necesidad de defender aquello que es propio: el trabajo y la dignidad.

Pero luego de que un intento de negociación, en apariencia definitivo, termina en un acto de violencia, todo comienza a derrumbarse rápidamente: la posibilidad de un acuerdo para los empleados despedidos y la película misma. La última escena funciona como un deus ex machina a la inversa y no es tanto abyecta (esa muletilla tantas veces sobreactuada) como innecesaria y torpe, confirmación de ciertos problemas de construcción dramática e ideológica que el film ya venía presentando desde mucho antes. No es casual que Brizé decida cambiar radicalmente el formato audiovisual de ese último plano, consciente tal vez de que se le está yendo un poco la mano.

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