El olor de la tierra
En Actualidad de la nación, publicado por la Universidad Nacional de General Sarmiento, investigadores de la universidad y ensayistas reflexionan sobre un tema crucial de la globalización: ¿existe aún la nación? ¿Es sólo un territorio inerte de la historia? ¿Es un símbolo? ¿Hizo crisis definitiva en América latina? Y las respuestas no sólo están disponibles en las coyunturas del presente, sino también en una historia que no deja de hacerse actual. Aquí se publican fragmentos de “El petróleo y el olor a Nación”, aporte de Horacio González a este libro, que gira alrededor del carácter economicista o no de las guerras o los golpes que se hacen en nombre de la defensa del territorio nacional.
Imagen: Ilustración: Juliana Rosato

En el prólogo del libro Petróleo escrito en coautoría por Jorge Newbery (1910), los prologuistas (Fernando E. Solanas y Félix Herrero) contraponen favorablemente al aviador, boxeador y modernista argentino respecto al modelo humano del coronel Lawrence, pues este estetiza la guerra y permite la política inglesa del petróleo que a la postre diagramará geopolíticamente a los países árabes. Véase la opinión de Hanna Arendt sobre Lawrence de Arabia, a quien también considera un oficial de inteligencia. Y dice que jamás un hombre tan sutil, desesperado y correcto, fue sometido a tareas tan vituperables. Mientras el argentino, también aventurero en el sentido artístico del gentleman, postula la actividad de una compañía estatal de petróleo. Es la tentación, nada despreciable, de ver a Jorge Newbery como un antecesor de Mosconi, el general que fue el primer director de YPF y tuvo una vasta influencia en la idea de no compartir la explotación nacional del petróleo con empresas extranjeras; ideas que presidieron también, acaso por la influencia de Mosconi, la formación de la boliviana Yacimientos Petrolíferos Fiscales Bolivianos (YPFB) y la Administración Nacional de Combustible, Alcohol y Portland (ANCAP) uruguaya. Mosconi, como gran parte de la oficialidad de la época, tenía una fuerte formación prusiana, educado en el cuerpo militar alemán Reichsheer, y en los batallones de Westfalia y y Charlottenburg. Lector de textos económicos, no le pasó inadvertido Friedrich List, un economista industrialista que  postulaba la capacidad nacional de producción industrial y una “educación industrial” a finales del siglo XVIII –antagonista de Adam Smith–, que prosiguió como lectura argentina hasta los años 40, en que un joven profesor de la Facultad de Derecho solía citarlo con ahínco: John William Cooke.

Pues bien, en 1930 hubo un golpe de Estado. No hay quien no lo sepa. “El golpe con olor a petróleo”. El golpe es la quintaesencia abominada de lo político. La política quiere pensar la acción, no su condensación incivil: el golpe. Resume en su nombre aparentemente vulgar el modo amenazado en que se presenta el ser político. Podríamos decir que todo el andamiaje del pensamiento político se ejerce para evitar un golpe. Pero el golpe es el ánima interna de la política, como bien lo intuye Marx en el 18 Brumario. En el reverso de todo lo que lo condena, el golpe parecería una manifestación de autonomía de fuerzas que repentinamente se sueltan. Que actúan, que asemejen un corte abrupto de la norma, pero bajo la mirada implacable del hombre político que anhela la gran cesura. Mejor dicho, el político se hace implacable conjurando el golpe que anida en su conciencia. Aunque la política puede ser también la suma intensa de todas esas cesuras. Para el político cabal, el golpe está todo el tiempo adentro, irradiando una intranquilidad controlada. No desde el afuera incontrolado. De eso trata la obra de Maquiavelo. Bajo esta luz, toda política es golpismo. El golpismo militar argentino, al lado de ella, es un juego infantil, pero como se ha demostrado, finalmente asesino. Por eso mismo, no hay que dejar de reprobarlo, como al inútil desmadre de los infantes que reemplazan con destructividad efectiva a las más lindas travesuras. 

En 1935, la Guerra de Chaco, entre Paraguay y Bolivia, cuyos relatos son pavorosos, se ofrece por entero a esta cuestión. ¿Hay una causa económica directa en las guerras entre naciones, donde lo primero que se escucha, sin embargo, es la clarinada del honor nacional? Difícil cuestión que atraviesa el fangal de las teorías de la determinación y su contracara, la contingencia del accionar humano. Fue siempre fácil juzgar –como lo hizo el propio Frondizi en Petróleo y política– que esa fue una guerra por el petróleo, dado que a fines de los años 20 se habían descubierto yacimientos importantes en esa zona del Chaco Boreal, donde las demarcaciones territoriales no eran muy precisas. La posterior Guerra Civil española es más difícil de juzgar bajo estos criterios “economicistas”, aunque en cada bando yacían previsiones respecto a la organización de la sociedad –incluyendo su economía– muy contrapuestas. Pero la Guerra del Chaco es puro territorio, pura zarza y pantano, pura geopolítica, incluyendo generales prusianos-bolivianos y la herencia paraguaya en materia militar, que desde el siglo XIX, luego de la terrible guerra que destrozó el país  –”llevaremos el libre comercio en nuestras banderas”: el mitrismo hablaba en forma muy directa– también tenía un legado bonapartista y prusiano. La opinión común es que la Standard Oil tenía intereses en Bolivia y la Shell sostenía la causa paraguaya, vía Argentina. Pero no parece esta una explicación adecuada para tanto encarnizamiento, tanta muerte entre los espinos, tanto esfuerzo humano inútil en esas “movilizaciones totales” que eran un lúgubre homenaje a los sistemas de mortandad de enormes contingentes campesinos. El problema es militar, ideológico y teórico. ¿Eran conciencias “petrolíferas” las que animaban la ratio militar? ¿Las razones del oro negro eran secretas y conocidas sólo por una elite militar y política? ¿O sólo la astucia de la razón permitía que la finalidad fundamental fuese un arcano “historicista” que no penetrara en las convicciones efectivas de los combatientes y sus naciones, que se desvivían en gritos de combate, ocupación de fortines extraviados –como en El desierto de los tártaros– y destitución de generales ineptos.

Ante una línea argumental sobre explicaciones de las crisis bélicas de la humanidad tiende a aceptarse un sustrato de “causas económicas” para debatir sobre las guerras, lo que también incluye los golpes de Estado y los movimientos abismales de la institucionalidad, tanto enraizada como superficial, de los más diversos Estados. Así, se puede decir sin mengua de otras explicaciones ni haciendo de esta una esencia, que hay “guerras por el petróleo”, por los diamantes, por el control de la navegación, por el caucho, en los grandes mares por la macro circulación de mercancías, “golpes” con la aromática “petrolífera”, por el guano y por futuras hipótesis de control de acuíferos. Hay muchos otros sintagmas semejantes, aplicados a eventos bélicos que a sí mismos se dan justificaciones nacionales, morales, humanitarias, y otras generalmente contenidas en los buenos propósitos del gobernante. La “ideología” parece allí un revestimiento tomado de manuales heroicos de la humanidad, donde las guerras imperiales podrían tener una racionalidad ética o religiosa, hasta que aparecieron los “economistas del imperialismo”, o bien sus críticos, que pusieron nombres a las conflagraciones bélicas. Uno con un nombre de fantasía, por ejemplo, la guerra del fútbol, y otro con su fundamentum de profundis: un bien material codiciado o geopolíticamente indispensable, como la riqueza de las tierras o la abundancia de la pesca. Por lo tanto, la determinación económica de la guerra, las pérdidas humanas, el desastre de las vidas, la sangre y el barro, el sufrimiento de las poblaciones, todo provocado por el interés económico, la determinación de las determinaciones. ¿Por qué no?

No obstante, el petróleo es la materia más atractiva en el momento de situar en una palabra, la responsabilidad de las acciones políticas beligerantes. Tiene el atractivo de su misterio formativo, los millones de años que se necesitan para que se produzca en las entrañas de la tierra. El petróleo tiene una historicidad natural con un ciclo en la escala de tiempo que obliga a pensar en el neolítico o el paleolítico. El tiempo de la nación es contemporáneo, afecta a espacios de memoria que solemos connotar con palabras como modernidad y otras por el estilo. ¿Dónde comenzamos a buscar las naciones, en la remota era mesozoica o en este caso en los insípidos siglos XVI o XVII? Petróleo y Nación cruzan sus diferentes historicidades. Por eso atrae y no puede ser sustituida por ninguna otra determinación económica: el olor a petróleo recuerda que algo que puede ser nauseabundo escapa de las fisuras del planeta, en un largo camino entre piedras milenarias hasta encontrarse con Rockefeller o el general Mosconi. 

La lectura sintomática de la historia del petróleo puede llevarnos a la historia energética de la humanidad o la humanidad regida por la era de las naciones, que en sus guerras modernas, hechas con los escritos de Clausewitz o Lidell Hart, no quiere resignar el papel de la voluntad humana como una gema autónoma engarzada –con todas las distancias posibles– a soportes forjados por las economías políticas de la propulsión de aviones, tanques militares o bolsas de polietileno. Pero si la sobredeterminación, que está en las entretelas del síntoma, es responsable de una última instancia que legitima un sentido narrativo de la praxis humana, es evidente que el petróleo es una materia inerte que no posee las características de levita marxista. No obstante, a partir de esta se construye el reino de las mercancías como un ente fantástico e irreal, capaz de una práctica que generaba sujetos que en su certeza de ser, podrían ser totalmente indeterminados. Si en vez de elegir el ejemplo de la chaqueta y el lienzo necesario para fabricarla, Marx hubiera elegido los productos del petróleo, el fetichismo de la mercancía debería culminar en la Nación o en alguna de sus derivaciones características,las alianzas entre países, económicas, comerciales o bélicas. Aquella indeterminación sería la contraparte necesaria de lo que le impide al petróleo ser por sí mismo una forma de vida si le falta el emplazamiento histórico, el núcleo de creencias vitales que lo liga a leyendas religiosas –el capitalismo de Alá– y no tanto a instrumentos técnicos de alta complejidad. Maquinarias de perforación, cañerías, torres, plataformas marítimas, bombas de inyección, mecanismos de autoelevación, tensores flotantes, semisumergibles, barcos perforadores, instalaciones de extracción en el fondo de los mares. No obstante, un pozo petrolífero es una figura de la iconografía técnica que presenta su fuerza en una racionalidad instrumental no exenta de una fábula más que centenaria, vinculada a epopeyas del determinismo energético, de iluminación planetaria, de barcos, locomotoras, ciudades pavimentadas, réplicas de plástico de todo objeto concebible, de mares contaminados, de mortandad de peces, de metáforas que han perdido su carácter de tal –las metáforas del codicioso– como “piedra-aceite” u “oro negro”, que no impiden decir, como curiosidad, que la ciudad de Ouro Preto realmente origine su nombre en una clase de oro recubierta por polvo negruzco. 

Si es evidente que el petróleo originó una lengua propia, a la que se le agrega ahora la reprobable tecnología del fracking, podría comprobarse en lo que subsigue si es también una “ideología”, dada su capacidad de ser la substancia general que pone en estado de funcionamiento real a las fuerzas productivas planetarias. No parece, sin embargo, que haya que reservarle la función ideológica, pues esta es otro tipo de materia que paradójicamente tiene prácticas pero no palabras fijas para ser cercada. Para ser un término utilizable hay que considerarlo, en efecto, una gema sin contornos ni gramáticas, que vive de la posibilidad de ser captada por los síntomas que distribuye en el uso infinito de la conversión universal, esto es, en la máquina de la justificación histórica atomizada en miles o millones de intérpretes conversacionales. De este modo, una determinación ampliada precisa de un momento de vacío, donde lo que significa es la expectativa de la lengua que emerja de su estado de síntoma, y pueda reunir a su alrededor motivos realmente vinculados a un “mundo de conciencia”, como dirían los fenomenólogos, que no ignore el interrogativo, el subjuntivo, el deseo, la espera, la indeterminación positiva de esos mundos de conciencia, antes que la conciencia indicativa del presente o del futuro, que por eso no consigue dar cuenta de la clase.

Y entonces sí el petróleo podría ser una ideología, una lengua o un conjunto articulado de símbolos. Puede haber personas que crean que se lucha por los bienes naturales que produce la energía mundanal planetaria; pero para que eso ocurra siempre se precisa el concurso de una chispa secreta que habita en la resistencia al lenguaje de desplazar inadvertidamente lo que querría decir, y dejar la huella virulenta de ese lenguaje por todos lados. El lenguaje es también la habitación del ser de las tecnologías y las militancias. León Trotsky, cuando vio las primeras instalaciones petrolíferas al llegar a México, exclamó “Bakú”, “Bakú”. Inmediata asociación de imágenes con los pozos petrolíferos de Bakú, ciudad por la que había atravesado en su largo periplo de exiliado (L. Trotsky, Mi vida). En su Carta a la Junta Militar, uno de los más conmovedores testimonios de denuncia y dialéctica de esperanza, Walsh dice que los planes de sacrificio masivo de militantes se explicaban por una motivación económica, la aplicación de un plan trazado por las potencias financieras internacionales. A pesar de las precisas y tan cáusticamente elaboradas sentencias de Walsh sobre las técnicas de tortura y desaparición, se nos permitirá dudar de la exactitud de estas determinaciones. Quizás la maquinaria de muerte funciona más allá de las explicaciones económicas, quizás había un autómata exterminador dentro del aparato clandestino del Estado, que gozaba de economías propias de saqueo y la acumulación primitiva devastadora, más allá de lo que reclamaba un plan económico antipopular. Una discusión siempre abierta.

La cuestión olfativa orienta un pensamiento; el petróleo es para la nación un eslabón determinante en tanto cuestión evanescente, un aroma equívoco que se percibe detrás de los hechos de manera intuitiva. No se dice un golpe con olor a fútbol, a guano o a salitre. El olor lo tiene el petróleo porque el petróleo es también el que tiene olor a golpe. Es la tecnología que hiende la naturaleza para tratar de interferir en la historia. Así las cosas, la historia argentina no es la historia del petróleo yacente en las concavidades del territorio que lleva su nombre. Pero la historia del petróleo, que es también una historia de la lengua en cuanto a la conversación política y económica, es una veta interna de la Argentina contemporánea que siempre actúa como determinación determinada. Salvo cuando su incienso hace que los hombres peguen su voluntad –que son sus simbolismos de vida– a las más fofas ideas sobre cómo son sus intereses, como ellos se le pegan a su cuerpo como polietileno crudo. Y de esta forma, arruinando lo que manifestaban ser ideales de existencia que recogían restos de carismas destilados o no por el mesianismo petrolífero, sino por tesoros del interior de la tierra que, con suerte, se transferiría al pensamiento vacilante sobre si una nación podría mantener su instancia de altruismo y autonomía.

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