PLASTICA. "Los días van", de Jorge Vila Ortiz
Un rosarino que pintaba con swing
La galería Diego Obligado expone obras de Vila Ortiz hoy desconocida pero cuyo redescubrimiento reescribe la historia del arte moderno en la región.
Asombrosa muestra de pinturas y collages de Vila Ortiz.Asombrosa muestra de pinturas y collages de Vila Ortiz.Asombrosa muestra de pinturas y collages de Vila Ortiz.Asombrosa muestra de pinturas y collages de Vila Ortiz.Asombrosa muestra de pinturas y collages de Vila Ortiz.
Asombrosa muestra de pinturas y collages de Vila Ortiz. 
Imagen: Gentileza Galería Diego Obligado

Según cuenta el historiador del arte, Guillermo Fantoni, en la mitad exacta del siglo pasado Jorge Vila Ortiz (1923-2001) y su esposa, Dora Schwieters de Vila Ortiz, fueron los artistas jóvenes rosarinos que se hicieron presentes en el lugar preciso y en el momento justo. Porque estuvieron en 1950 en París, donde se instalaron un año, y adonde llegaron luego de un recorrido formativo por las capitales artísticas de Italia, con tan buena suerte que en el barco que abordaron en Buenos Aires se hicieron amigos de Julio Cortázar.

Eran tiempos de posguerra y de florecimiento del arte moderno. El autor de Rayuela y de "El perseguidor" les iba ganando de mano en el raid cultural europeo, pero compensaba esa ventaja logística con generosas cartas llenas de humorísticas reseñas y recomendaciones. Fue un guía confiable en el laberinto de galerías del arte nuevo: "¡Viva lo abstracto… cuando es bueno! Además de esto hay una muestra de primitivos alemanes que es para retorcerse por el suelo y lamer los felpudos", les escribía desde la capital francesa el 4 de abril.

Cortázar les dedicó un poema, titulado "Los días van". Ese título eligió Fantoni para la asombrosa muestra de pinturas y collages de Jorge Vila Ortiz que todavía puede visitarse esta semana en la galería Diego Obligado (Güemes 2255). Hoy, allí, a las 19.30, el curador hablará sobre esta obra hoy desconocida pero cuyo redescubrimiento reescribe la historia del arte moderno en la región.

Vila Ortiz y su esposa estuvieron en 1950 en París, donde se instalaron un año, y adonde llegaron luego de un recorrido formativo por capitales artísticas.

En un folleto catálogo desplegable y en un texto en letra chica de 8 páginas (incluido el poema), Fantoni explora aquel viaje iniciático que más allá de lo anecdótico une puntos de un mapa donde los centros modernistas aparecen más cerca de Rosario de lo que parecían estar.

El taller del maestro poscubista André Lhote en París y su Tratado del paisaje, como asimismo el del maestro constructivista Joaquín Torres García en Montevideo y su Universalismo constructivo, no sólo fueron libros de consulta en la biblioteca de los Vila Ortiz (tíos de Gary Vila Ortiz, quien los evoca en su obra poética) sino influencias vivas.

La genealogía que traza Fantoni, apoyándose en testimonios y documentos, halla estas rutas: antes de su viaje, Jorge y Dora estudiaron dos años en Buenos Aires con Ricardo Sívori, discípulo de la escultora Cecilia Marcovich, quien asistió en París a las clases de Lhote. En 1949, Vila Ortiz quedó impactado con una exposición de arte abstracto francés en el Museo Nacional de Buenos Aires. Ya era amigo en los años '40 de Leónidas Gambartes, integrante del Grupo Litoral, y a su regreso de Europa él y Dora se vincularon con "un importante referente" del Taller Torres García: Julio Uruguay Alpuy.

Fantoni describe unos dibujos sobre materiales de viaje, que no están en la muestra, donde sí se pueden disfrutar unas aguadas en técnica mixta en pequeño formato, pintadas al regreso. En algunas se deja ver la influencia de Paul Klee, combinada con la de la pintura sígnica que hacía furor en París a mediados del siglo veinte (y que Vila Ortiz conoció de cerca, in situ); en otras, las formas rectangulares apaisadas evocan, con un grado mínimo de iconicidad, los suburbios rosarinos explorados por Juan Grela. Esta coincidencia no es casualidad: la pesquisa del curador, que no dejó ni un cabo suelto, rescata el relato de Dora contando que ella conoció a Jorge pintando en "La Basurita", el desangelado paraje de zona sur que en el siglo veinte inspiró a otros artistas modernos locales, además de Grela.

La hipótesis de Fantoni es que Vila Ortiz conocía las vanguardias históricas desde antes de viajar: el surrealismo quizá gracias a los dibujos oníricos de Gambartes, y también el dadaísmo que se expresa en el espíritu juguetón de sus collages (obras estas, cabe agregar por nuestra parte, menores en comparación con las más sígnicas o geométricas). La diversidad de influencias de su tiempo explicaría entonces la rica complejidad de la obra de Vila Ortiz, quien navegaba con soltura por el lirismo organicista sin perder de vista las balizas de la composición basada en la sección áurea, diríamos al modo del músico de jazz que protagoniza "El perseguidor": uno de aquellos que improvisaban sobre un standard y que iban creando en el momento una melodía inspirada, llena de swing. "Dibujar es llevar una línea a dar un paseo", decía Paul Klee. Y Vila Ortiz lo hace.

Cabe esperar que este rescate sea el primero de muchos y marque el final de un injusto olvido. Un dato curioso es que los hermosos relieves que adornan la pesada puerta del Archivo de Protocolos del Colegio de Escribanos (Dorrego 558) llevan la firma de Jorge Vila Ortiz. Nada más lejos, sin embargo, de la levedad y la delicadeza de estos papeles recobrados.

"Dibujar es llevar una línea a dar un paseo", decía Paul Klee. Y Vila Ortiz lo hace.

 

 

                          

 

 

 

 

 

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