Alivio de luto
Imagen: Andres Macera

La última promesa del gobierno nacional ha sido la de sostener a precios asequibles poco más de una cincuentena de productos alimenticios de primera necesidad. No por vía de control de precios, sino por apelación a la voluntad de las principales empresas del sector, con las cuales el presidente se reunió el lunes pasado para sellar un pacto de buena predisposición, "entre caballeros", dijo el Ministro de Hacienda. A esa promesa el gobierno nacional, así como la prensa hegemónica, le ha dado el nombre nada inocente de alivio. Cualquier diccionario de idioma español define al alivio como sinónimo de consuelo, bálsamo, paliativo; como reducción o eliminación de una carga o un peso. Es evidente la distancia que separa al alivio del derecho humano básico a alimentarse.

Hace tiempo que desde el PEGUES sostenemos este axioma: en el neoliberalismo el Estado no se achica, sino que se reconfigura; no hay menos Estado, hay otro Estado. Un Estado que no se piensa como actor central e impulsor del desarrollo económico, sino como garante de las condiciones óptimas para la iniciativa privada, como creador de nuevos mercados, no como interventor sobre ellos. Lo que antaño fueran sus obligaciones en su rol de garante de derechos, es puesto a funcionar en el tire y afloje de la oferta y la demanda. Así, la educación, la salud, la vivienda, el empleo, la infraestructura cambian de cualidad y dejan de ser garantías sociales para pasar a ser elementos que amplían la brecha entre ricos y pobres.

En este marco, la desesperación y la desafiliación suscitadas por este arte de gobierno son grandes oportunidades para el llamado "tercer sector". Cada vez con mayor presencia, brotan de todos los rincones las asociaciones civiles, fundaciones, surtidas ONGs, sociedades de fomento, instituciones religiosas, que despliegan sus obras en múltiples esferas de lo social.

No es casual que en Argentina haya sido la década del '90 el momento de explosión del "oenegeismo", ocupando aquellos lugares de definición e intervención de problemas que antes desempeñaba frontalmente el Estado. En nuestro país, las asociaciones civiles y las fundaciones adquirieron fuerza en "la otra década infame" -como la llama Estela Grassi- a partir de la sanción de las leyes de Emergencia Económica y Reforma del Estado, la privatización de las empresas y servicios públicos y la descentralización de funciones del gobierno central hacia provincias y municipios. Los organismos internacionales de crédito alentaron su creación bajo el entendimiento de que esas entidades eran más transparentes, eficientes y estaban más capacitadas para desarrollar tareas que el Estado, asumía de forma costosa e ineficaz, según ellos.

Si a la reconfiguración del Estado y la crisis social resultantes de los '90, le sumamos el actual desprestigio de la política, los sindicatos, los partidos, como condimentos adicionales del clima de época, observamos cómo una racionalidad política que pretende tildar de malsano y corrupto todo aquello que tenga tufillo a político, encastra perfectamente con la proliferación de las ONGs como forma incontaminada capaz de encauzar la participación ciudadana y como expresión, además, de una nueva manera de comprender la solidaridad y el lazo social. La solidaridad de clase, intrínsecamente colectiva y comprometida con la transformación social, da paso a una solidaridad abstracta cuyo telos es menos el de la crítica estructural al capitalismo y más el de la filantropía y la buena conciencia.

En la actualidad, la gama diversa que compone el mundo del tercer sector (asociaciones civiles, fundaciones, ONGs, sociedades de fomento y fundaciones evangélicas, entre otras) organiza un sin fin de actividades destinadas, fundamentalmente, a jóvenes pobres de barrios populares, con apoyo financiero del Estado. A los fondos públicos en calidad de subsidios destinados a programas implementados por terceros, se le suman donaciones, apoyo internacional y recursos provenientes de la exención impositiva a grandes empresas a través de la figura de la responsabilidad social empresarial. Estos elementos configuran un cóctel que termina por producir instituciones con alto margen de movimiento económico y con escasa regulación estatal.

De esta forma, en el esquema neoliberal, el Estado está allí para crear el nicho y para financiar. Al tiempo que un tejido social cada vez más deshilachado es remendado por acciones privadas, individuales, altruistas, benéficas, que resignifican y vacían de contenido transformador la noción de solidaridad.

En los barrios crecen de manera exponencial las asociaciones que apadrinan la desesperación, se erigen como referentes indiscutidos frente a los problemas cotidianos. Con un amplio repertorio de soluciones se hacen respetar; proponen actividades lúdicas, terapéuticas, espirituales, deportivas, educativas, intervienen en la familia, aportan alimentos, útiles escolares, etc. En sus diversos formatos, el renovado tercer sector actúa gestionando la marginalidad, disminuyendo la conflictividad social y, fundamentalmente, produciendo un tipo de sujeto según sus lineamientos. Las ONGs, a través de proyectos diversos en torno al empoderamiento, de desarrollos empresariales o del emprendedurismo y la autoayuda, son engranajes de aquella razón de gobierno que abandona las contradicciones sociales, las diferencias y el conflicto como matriz explicativa del orden, depositando en los propios individuos y comunidades la responsabilidad por su destino y también por su miseria presente.

A diferencia de las asociaciones sindicales, el tercer sector no se orienta hacia la conquista de derechos. Moviliza enormes cantidades de personas, pero no con una consigna de lucha o de disputa de poder, sino más bien en pos del crecimiento de la propia organización. En ese sentido, los individuos que conforman estas asociaciones no se ven a sí mismos como sujetos cuyos derechos deberían ser protegidos por el Estado, sino como fieles, miembros, socios. Les trabajadores de estas organizaciones pasan a concebirse como voluntaries, acompañantes, mano de obra precarizada maquillada con la romántica idea del trabajo artesanal. El contrato por hora abunda en estas asociaciones, así como la incertidumbre y la precarización laboral. La falta de recursos infraestructurales y materiales se suple con cuidado, cuando no con entretenimiento. Trabajadores sociales y psicólogues son convidades a trabajar en clave de animadores sociales, una especie de distracción sin coordenadas claras, cuando no religiosas.

En momentos de creciente incertidumbre y falta de referencias sólidas, el tercer sector contiene herramientas que lo erigen como un espacio de apoyo y de disminución del malestar. Jóvenes, desempleades, mujeres y niñes, personas en situación de consumo problemático de sustancias, obtienen recursos para paliar las desavenencias de la vida cotidiana. De cierta forma, operan con una lógica del intercambio que emula aquello que Robert Castel tan bien describiera como economía de la salvación: te brindo contención, alimento, cobijo, y vos venís a misa, me contas de tu vida, construís un tapial, haces terapia.

Como atinadamente señala Álvaro García Linera en referencia a Bolivia, "este activismo oenegeista, reproductor de lógicas de dominación colonial sobre las organizaciones populares, no sólo es impulsor de una práctica de patronazgo mercantil y padrinazgo ideológico sobre algunos dirigentes sociales, sino que también recoge y amplifica a plenitud y sin rubor alguno, las falacias, mentiras e infamias con las que la derecha neoliberal y la derecha empresarial mediática ataca al Gobierno de los Movimientos Sociales".

Al activismo oenegeista se le da muy bien la promesa del alivio, de ayudarnos a "aguantar", de pagar el precio de haber derrochado y hacerlo con alegría, de sacrificarnos de buena gana en pos de un futuro promisorio. Se le da muy bien convencernos de renunciar a los reclamos, de arreglarnos con lo que tenemos, de valernos por nosotres mismes, de no quejarnos tanto y poner el hombro. El renovado -y empresarializado- espectro del tercer sector viene teniendo éxito en la neutralización del conflicto social, o al menos en su apaciguamiento. Quizás encontremos allí un hilo del cual tirar para construir explicaciones acerca de por qué alcanza con prometer consuelo, bálsamo, paliativo, alivio, en lugar de mejoras concretas, contantes y sonantes, en la calidad de vida de enormes sectores de la población que se encuentran en niveles inéditos de degradación material y subjetiva. Quizás sea una de las tantas vías para reflexionar acerca de por qué -aunque se prediga, se huela, incluso se aliente- el orden social que nos asfixia no estalla por los aires.

Facultad de Ciencia Política y Relaciones Internacionales/ UNR.

foucaultiate@gmail.com

 

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