Del ’73
Tomando como hilo de Ariadna de su relato al joven Luis Alberto Spinetta inmerso en el proceso de creación de su disco más célebre, Sergio Pujol publica El año de Artaud, un libro en el que recorre el laberinto argentino de 1973 desde una perspectiva que intenta combinar la crónica política con el devenir no sólo del rock sino de toda la cultura del momento. Después de sus trabajos La década rebelde (2002), dedicado a los 60, y Rock y dictadura (2005), Pujol construye una fascinante instantánea de una época vertiginosa en un volumen dividido en doce capítulos, uno por mes. Aquí se anticipa un fragmento del dedicado a marzo, el mes de la victoria de la fórmula Cámpora-Solano Lima.
Imagen: Fabián Mauri

El 11 de marzo de 1973, el frente liderado por el peronismo reventó las urnas con casi 6 millones de votos, poco menos que la mitad del padrón. Si bien los números no alcanzaban para obviar la segunda vuelta –ese año regía por primera vez la doble vuelta con voto directo–, Balbín, todo un caballero, aceptó la derrota y le ahorró ansiedad y dinero al estado nacional: ganó Cámpora, no había nada que agregar. La nacionalización de la economía surgió como meta más urgente. Y la estrategia para lograrla fue “Cámpora al gobierno, Perón al poder”. El peronismo, cuyo mapa electoral no había cambiado demasiado desde los años 50, seguía siendo el movimiento político de la clase obrera, pero ahora la juventud, entendida como identidad poli-clasista pero de sesgo revolucionario, parecía ser la dueña del secreto de las grandes movilizaciones. En verdad, alrededor de la mitad de la población del país estaba por debajo de los 29 años de edad. En ninguna otra época la Argentina había sido tan joven. Era evidente entonces que el voto por el FREJULI no había sido producto de la nostalgia por el peronismo histórico. En todo caso, se había forjado a partir un hondo revisionismo del pasado reciente del país. No era extraño que así fuera: bastaba confrontar la realidad social de los últimos años con las estampas del peronismo histórico para saber en qué lado se ubican los intereses del pueblo trabajador.

Por su parte, algunos medios afirmaban que el gran poder movilizador de la juventud tenía una historia reciente: se había iniciado en noviembre de 1971, con la designación del montonero Rodolfo Galimberti como delegado nacional del sector.  Esa integración de la acción guerrillera a la vida política había resultado tan explosiva como eficaz. Fue entonces que Peronismo y Juventud se unieron en dos letras, JP., y a su lado se instaló el símbolo de los Aliados de la Segunda Guerra Mundial en clave plebeya: “V”. El poder de los símbolos.

No había rumor de conspiración antidemocrática que pudiera frenar una lluvia juvenil de votos. La Juventud Peronista copó las calles, festejando el triunfo del “Tío” Cámpora y el FREJULI como propio. Trasvase generacional: de eso hablaba Perón, de eso hablaban todos.  A la juventud que votó a Cámpora sólo le faltaba decir aquello que había podido leerse en las paredes parisinas de mayo del 68: “desconfía de toda persona mayor de 30 años”. Era como decir: “desconfía de la mitad de la población argentina”. Optimista, Perón aseguraba desde Madrid: “Con este triunfo desaparecerán las causas de la guerrilla”.  Y unos días más tarde la CGT, más confiada en la conducción a distancia del General que en lo que los jóvenes que se tuteaban con Cámpora pudieran realmente hacer, completaba la idea con una enorme solicitada en los diarios: “Un solo ganador: el Pueblo”.

Charla en buenos aires entre cortázar y el gato barbieri, con el periodista Nano Herrera, responsable del encuentro.

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Todo esto llevaba música, la banda sonora de la gran victoria. Guitarras y bombos esparcieron canciones testimoniales e himnos partidarios aquí y allá. Muchos recordaban –cómo olvidarlo– que el peronismo había tenido un pasado pródigo en música popular. 48 horas antes de las elecciones nacionales, sobre el filo de la veda electoral, jóvenes del FREJULI y el Centro Cultural Enrique Santos Discépolo organizaron el Primer Festival de la Canción Peronista. El escenario elegido fue el Salón Español de Avenida de Mayo. El plan era simple y al mismo tiempo enorme: hacer una historiografía del movimiento peronista a través de su música. La conducción estuvo a cargo de Edgardo Suárez, un sobrio locutor de corazón justicialista cuyos intereses culturales solían extenderse hasta la música progresiva, inclusive, aunque esta vez se trataba de subrayar aquello que venía del pasado popular, esa nota pedal de la historia argentina. En ese sentido, las presencias de la actriz y cantante Marilina Ross (30) y del cantor de tango Hugo Marcel (31) no alcanzaron para equilibrar en términos generacionales un elenco marcado por los años. Allí destacaban, muy ampliamente, el gran poeta del tango Cátulo Castillo y el cantor Oscar Alonso. El resto era variopinto. Había un grupo previsiblemente llamado Las Cuatro Guitarras de Perón, el dúo que ya había olvidado el arte de afinar Berón-Sauce y el excelente pianista de tango moderno Osvaldo Manzi. 

 Pero la estrella de aquel ejercicio de historiografía musical fue Francisco Grillo, un bandoneonista y director de tango de mucha actividad en los años 40 y 50. En aquel tiempo Grillo había conducido la Orquesta estable de Radio Belgrano y alternado con algunos de los grandes nombres de la música porteña. En realidad, ahora se presentaba como candidato a concejal por el FREJULI. La ciudad de Buenos Aires era un distrito difícil para el peronismo; se suponía que el nombre de Grillo, al que tanto la proscripción del 55 como los aires insolentes de la década del 60 habían terminado de barrer de las programaciones durante todo el tiempo que duró el gran silenciamiento nacional, resultaba tanto un candidato atractivo para los votantes porteños de emoción tanguera como el eficaz compositor de las marchas camporistas “Al poder” y “Juventud Argentina Peronista”, ambas grabadas por el cantante pop defenestrado por los rockeros Carlos Bisso.

 Cuando Grillo subió al escenario del Salón Español se desencadenó una ovación: por una vez, tango y juventud estaban unidos. Pero no todos tenían el mismo nivel de expectativas. “¡Qué se saque la corbata!”, le gritaron unos muchachos embanderados en la Juventud Peronista.  Educado en épocas más formales, Grillo se excusó. Intentó explicar, entre vítores y sin perder la sonrisa, que debía irse a una reunión, que la política lo reclamaba más allá del tango y las marchas partidarias. Y lo reclamaba con corbata, para que nadie pensara que era un croto recién llegado. Quedaba claro que, a sus 58 años, Grillo no podía ir por el mundo así nomás. Ya habría tiempo para sacarse la corbata y descamisarse.

Afiche del fallido festival, con la lista de los grupos y solistas que nunca llegaron a tocar por la lluvia

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El entusiasmo que la coyuntura despertaba trascendía las fronteras. La Argentina de marzo de 1973 estaba en la mira del mundo entero. Días antes de las elecciones, el cantautor catalán Joan Manuel Serrat había llegado a Buenos Aires con un repertorio de canciones basadas en poemas del mártir de la Guerra Civil Miguel Hernández. Así seguía Serrat la senda que había inaugurado un tiempo antes con las musicalizaciones de los poemas de Antonio Machado. El nuevo disco de Serrat era hermoso: “Elegía”, “Nanas de la cebolla”, “Para la libertad”. Como los mártires de Trelew, Hernández había muerto en la cárcel, a los 31 años. No lo habían fusilado, lo habían dejado morir de tuberculosis, una muerte horrible y evitable. ¿Cómo habían hecho los españoles republicanos para sobreponerse a tanto infortunio? Franco era un anciano que todavía gobernaba España. Pero “¡España late!”, había prorrumpido Serrat horas después de su llegada, respondiendo así a una pregunta sobre la cultura y la censura en su país. “No está adormecida, qué va. Por lo bajo, late.”  

Otro arribo destacado de aquel mes fue el de Julio Cortázar. Contagiado por el entusiasmo de tantos, el 12 de marzo el gran autor del boom latinoamericano llegó a Buenos Aires para ver con sus propios ojos el nuevo paisaje político de su país. Se sorprendió al escuchar la expresión “patria socialista”, mientras la ciudad de su ya lejana juventud estaba en pleno festejo post-electoral. Cortázar había vuelto al país para presentar Libro de Manuel, una suerte de Rayuela en clave política. Quería donar los derechos de autor de su nueva novela a los presos del ERP y Montoneros. Una madrugada se apareció por la cárcel de Devoto con una valija llena de dinero que esparció entre los presos, frente a un sorprendido Paco Urondo que le aconsejó manejar el asunto con un poco de prudencia.  

Si todo salía bien, el acto de presentación de Libro de Manuel no sería en el salón de alguna librería de Avenida Corrientes sino en la sede de la CGT de los Argentinos. Su amigo el periodista y escritor Vicente Zito Lema había hablado con el gremialista Raimundo Ongaro, y este había dado el visto bueno. Qué la literatura se convirtiera en mitin político, eso quería Julio. Que se hablara a calzón quitado. “Es la primera vez que siento la necesidad de estar presente personalmente durante el lanzamiento de un libro mío”, afirmó. “Y es la primera vez en mi camino de escritor que trato de establecer una convergencia entre lo puramente literario y las circunstancias sociopolíticas, algo difícil de hacer y que provocará seguramente muchos malentendidos”. 

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Una tarde de marzo, en una habitación del Hotel Alvear, Cortázar se encontró con otro argentino que no se rendía en la búsqueda de afinidades entre militancia y arte: Leandro “Gato” Barbieri. Gato ya tenía fecha para tocar en el Gran Rex. A partir del trepidante éxito de Último tango en París, su notoriedad internacional parecía no tener límite. Se hablaba de él casi tanto como del realizador Bernardo Bertolucci o del primer actor Marlon Brando. Reunidos merced a la gestión del promotor de jazz Nano Herrera, Cortázar y Gato conversaron animada y admirablemente, sin prisa. Y para cartón lleno, al rato se les sumó el director de cine brasileño Glauber Rocha, otro que andaba por estos lares y no quería perderse el espectáculo del regreso del peronismo al poder. 

Cortázar dominó la palabra. Era capaz de llevarla a pasear por Cuba, la revolución, la literatura comprometida y su descubrimiento del jazz, allá en la Buenos Aires de finales de los 20. También se detuvo, en una de las pocas ocasiones que le prodigó a la nostalgia, a recordar el día que descubrió a Charlie Parker. Rocha, que había leído con atención a Cortázar y había trabajado con Gato poco antes de que este se instalara en Italia, asentía y brindaba ejemplos de cine comprometido, siempre en generosa escala continental. Menos locuaz, Gato les describió a sus recientes amigos la fusión de folclore del altiplano, música de Brasil y free jazz que acababa de inventar con su saxo tenor. También les contó que en julio se presentaría en el festival de jazz de Montreux, en Suiza. 

 “Yo te descubrí en la banda sonora de la película que Renán hizo con El Perseguidor”, avanzó Cortázar, refiriéndose en realidad al filme rodado por Osías Wilenski en los albores de los años 60. Allí Barbieri había “doblado” musicalmente a Sergio Renán. “La película no me gustó, realmente, pero vos hiciste un gran homenaje a Parker”, elogió Cortázar. Pero el tema que sobrevoló tan extraordinario encuentro fue el futuro de América latina. Los tres estaban muy esperanzados en los cambios que se estaban operando en la región. Y los tres creían que las artes debían cumplir un rol definido en la construcción de una patria grande socialista. Cortázar, que antes de pisar la Argentina se había reunido con el presidente Salvador Allende en Chile, contagiaba de entusiasmo a sus recientes amigos, tal vez un poco más cautos o introvertidos. Una generación mayor que el saxofonista y el cineasta, el narrador lucía notablemente rejuvenecido a partir de su conversión a la izquierda.

Campora jura como presidente

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De pie, en larga espera y bajo amenaza de lluvia, estaba la gente que en el penúltimo día del mes se había propuesto colmar las gradas de la cancha del club Argentino Juniors. La música joven, hasta hace poco acusada de carecer de intereses nacionales, se aprestaba a protagonizar el primer festejo masivo por el triunfo del 11 de marzo. No todos los músicos “progresivos” abrazaban el peronismo, pero en un momento de grandes definiciones, el rock no podía quedar al margen. 

La organización del Festival del Triunfo Peronista corrió por cuenta del productor Jorge Álvarez a quién, según se rumoreaba, el propio Perón desde Madrid le había solicitado que montara un espectáculo de esas características. A su vez, Álvarez les había pedido ayuda a Oscar López y Billy Bond. A los tres –pero quizá más a Jorge– les divertía imaginar al rock y a las juventudes militantes como aliados en un estadio de fútbol, aunque el hecho no fuera totalmente novedoso. En el cierre de campaña del FREJULI, llevado a cabo en la cancha del Club Independiente, no había pasado inadvertido un gran cartel que decía “El rock está con Perón”.  

 Cualquiera fuera la forma de producción, en los créditos públicos del recital del 31 de marzo no figuraron Álvarez y sus amigos, sino una rama juvenil del Justicialismo autodenominada Brigada Juventud Peronista. Algunos la vinculaban a la agrupación Guardia de Hierro, lo que significaba que tomaba distancia de Montoneros. La Brigada trabajaba arduamente en las villas, especialmente en la de Lanús Oeste. La idea de fusionar militancia con rock había nacido del vínculo personal de algunos “brigadistas” de La Paternal con los integrantes de La Banda del Oeste. La iniciativa había contado con el aval de la hinchada de fútbol de Argentinos Jrs. El dato terminaba de corroborar que si en los comienzos de su breve historia el rock argentino parecía haber sido la expresión de jóvenes de clase media urbana, en el 73 expresaba también a la juventud del cordón industrial. O mejor dicho, era esa juventud de familias trabajadoras la que acababa de descubrir que el mundo del rock no estaba limitado a la Manzana Loca del centro porteño.

 Los grupos y solistas que comprometieron su participación en el Festival “del Triunfo” –o “de la Victoria”, como lo llamaban algunos– eran lo suficientemente representativos del movimiento del rock argentino como para condensar en un par de horas la breve e intensa historia de la música joven en la Argentina: Aquelarre, Billy Bond y La Pesada, Pappo’s blues, Pescado Rabioso, Sui Generis, Dulces, La Banda del Oeste, Vivencia, Miguel y Eugenio, León Gieco, Gabriela, Raúl Porchetto, Escarcha, Color Humano, Pajarito Zaguri y Litto Nebbia. En el afiche promocional, algunos nombres figuraban mal escritos (“Porchieto”, “Sui-Generis”, “León Giecco”, “Dulces”), pero no correspondía exigirles a los muchachos de la imprenta cultura rock. De la lista original, a último momento se bajó Aquelarre.  Se decía que muchos habían dado el “sí” intimidados o asustados por las formas menos delicadas de hacer política de la época, pero por más que hubiera algo de verdad en aquella denuncia, no podía desconocerse que ningún otro género de música popular de la Argentina de 1973 estaba en condiciones de auto-gestionar un encuentro para más de 15.000 personas, reuniendo sobre un mismo escenario su propia historia y la historia reciente del país.   

 Pero las nubes amenazaban el futuro más inmediato. ¿Llovería? ¿Habría desbande de las bandas? Por lo pronto, con el optimismo de la voluntad, se montó un escenario en el centro del campo de juego. A las 5 de la tarde las tribunas ya estaban repletas. Sobre uno de los costados, un enorme escudo peronista con los rostros de Perón y Evita copaba el campo visual de quienes, una vez superados algunos desperfectos técnicos, en cuestión de minutos subirían al escenario. Ellos cantarían para la gente, para Perón y Evita, y en menor medida para el sector juvenil del MID, el partido de Arturo Frondizi que había avalado con sus votos al FREJULI y cuyo distintivo partidario se había hecho presente en Argentinos Juniors junto al del peronismo y otros más puntuales y movilizadores, como “Liberación o Dependencia” y “Perón o Muerte”. En el marco de un recital de rock, lo de “liberación o dependencia” podía generar alguna interpretación equivocada entre los sectores más nacionalistas. La golpiza que recibió un joven que vestía una campera de jean con la bandera estadounidense reveló el grado de contradicción que podía alcanzar la afiebrada reunión del peronismo con el rock.  

 Mientras los técnicos terminaban de poner a punto el sistema de sonido, el locutor Edgardo Suárez dio lectura a la lista de adhesiones de otras ramas políticas del Movimiento y pidió por la pronta liberación de los presos políticos. Entonces subieron a escena Billy Bond y La Pesada: 15 minutos de rock duro a viva voz. En ese entorno, circunvalada por banderas y máximas de política urgente, la voz de Bond sonó como una feroz despedida al régimen autoritario que había irrumpido en 1966 y que ahora buscaba la retirada más sigilosa posible. La salida a escena de La Pesada estuvo precedida de algún entredicho con la organización del evento. Bond estaba visiblemente molesto. No le gustaba el clima político faccioso –de facciones en pugna, según él entendía estaban sucediendo las cosas tras bambalinas–, y al mismo tiempo creía que su música, la música aguerrida de la Pesada, era una de las mayores contribuciones que la juventud argentina estaba haciendo para que Perón regresara finalmente al país. En definitiva, el grupo tocó sólo cuatro canciones y, tras excusarse por problemas con el sonido, optó por mandarse a mudar enseguida.  

 Junto a Pajarito Zaguri, que se pasó la velada gritando “¡Viva Perón, carajo!”, la Banda del Oeste expresaba la adhesión más clara a la causa del Frejuli. Antes de su número, pidió un minuto de silencio a la memoria de Evita. Acto seguido, casi pisando los segundos postreros de la invocación a la gran ausente que parecía estar más vigente que nunca, tomó la palabra el vicepresidente electo. No obstante haber hecho experiencia política en el conservadurismo, Solano Lima tenía buen diálogo con los jóvenes y muchas chances de sobrevivir a la guerra del cerdo. Rápidamente invitó a los concurrentes a entonar el Himno Nacional Argentino con la “V” en alto, mientras Charly García buscaba apresuradamente los acordes en el teclado.  

 Tras la alocución de diez minutos del vicepresidente electo –un discurso de barricada que propugnó por la unidad de todos los jóvenes bajo los lemas peronistas– se presentó sobre el escenario La Banda del Oeste. Previa lectura por parte de su líder Diego Villanueva de un texto de Perón sobre los jóvenes, el grupo arrancó con su rock and roll de guitarras con distorsión. Tocó los dos temas de su disco simple: “En el principio” y “Tema de la banda”. Se encendió la popular, pero por poco tiempo: la lluvia terminó frustrando el desarrollo del acto/recital, y todos se fueron a sus casas, a seguir festejando el triunfo peronista con discos de música progresiva.

Billy Bond retratado para la tapa de su primer disco con La Pesada

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Rock y política era una conjunción complicada, surcada de equívocos mutuos, pero, después de todo, era menos problemática que la que había intentado reunir en un mismo estadio, al son de la música joven, a sectores disímiles del peronismo. Billy Bond y Solano Lima podían abrazarse sin problemas, por más que pertenecieran a mundos generacionales muy diferentes. ¿Era eso posible entre la izquierda y la derecha del movimiento nacional? 

 Como a tantos de su edad, a Spinetta le inquietaba imaginar qué cosa hubiera sucedido si la lluvia no cortaba súbitamente aquel encuentro. A medida que pasaban los minutos, la tensión entre las Brigadas y Montoneros había ido in crescendo. El propio Billy Bond había padecido aquella tensión al recibir indicaciones cruzadas a favor de Perón y a favor de Evita, como si la pareja mítica de la historia argentina hubiese estado integrada por enemigos íntimos. No era descabellado suponer que, de continuar aquello tal como venía dándose, la violencia entre facciones habría sido irrefrenable. Varios habían asistido al estadio armados. 

 ¿Podía la música funcionar como violencia simbólica para liberar a la gente de una buena vez? Spinetta no pensaba en términos de violencia, pero sí de sacudón vital, de una fuerza que pudiera cambiar la vida de la gente: el rock era el instinto de vivir.  Pensaba que la creatividad era un nudo interior que había que desatar, porque si uno se expresaba plenamente, sin restricciones ni prejuicios, contra los tabúes de la civilización, las cosas tarde o temprano cambiarían radicalmente. Nadie podía permanecer indefinidamente atormentado.  En definitiva, la invitación del título pata-físico del primer LP de Pescado Rabioso –Desatormentándonos– expresaba el deseo de muchos argentinos jóvenes del último tramo de la dictadura. 

“La cabellera de los torturadores sangra en mi carro. Nosotros: desatormentándonos para siempre”, había escrito Spinetta en la lámina interna del primer Lp de Pescado Rabioso. Era una descripción potente y en cierto modo realista. A menudo las imágenes surrealistas resultan ser las más realistas. Lo mismo pensó Miguel Grinberg aquella tarde que, desde las puertas del Teatro Municipal General San Martín, vio a su amigo Luis subido a un camión repleto de militantes de la JP enfervorizados por el triunfo de Cámpora-Solano Lima.

Afiche del fallido festival, con la lista de los grupos y solistas que nunca llegaron a tocar por la lluvia

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