Tadeys, en el Teatro Nacional Cervantes
Resonancias de una fábula político-sexual
Analía Couceyro y Albertina Carri adaptaron con acierto al teatro un complejo texto inconcluso de Osvaldo Lamborghini.
Dentro de un buen elenco, Diego Capusotto se luce en un rol diferente del que tiene acostumbrado a su público.Dentro de un buen elenco, Diego Capusotto se luce en un rol diferente del que tiene acostumbrado a su público.Dentro de un buen elenco, Diego Capusotto se luce en un rol diferente del que tiene acostumbrado a su público.Dentro de un buen elenco, Diego Capusotto se luce en un rol diferente del que tiene acostumbrado a su público.Dentro de un buen elenco, Diego Capusotto se luce en un rol diferente del que tiene acostumbrado a su público.
Dentro de un buen elenco, Diego Capusotto se luce en un rol diferente del que tiene acostumbrado a su público. 

 

Un texto difícil, tan soez como poético, la aparición de Diego Capusotto en un rol y una lógica diferentes y la mixtura de lenguajes artísticos son algunos de los condimentos de Tadeys, obra en la que la dupla conformada por Analía Couceyro y Albertina Carri se unió en una misión para nada fácil: volver teatro a la ¿novela? inconclusa y más deforme de Osvaldo Lamborghini. La versión teatral reluce la vigencia del texto –escrito en los ochenta– e impacta a partir de múltiples resonancias sobre el poder, el género, la propiedad de los cuerpos y la cultura popular.

  Lamborghini escribió esta fábula político-sexual en 1983 en Barcelona. El manuscrito de Tadeys se hallaba en tres carpetas sin ordenar y fue publicado luego de su muerte. Para dar forma teatral a un material de tal complejidad, las directoras hicieron foco en una de sus anécdotas: con un clima de ciencia ficción y que recuerda a La naranja mecánica, la acción transcurre en un buque de amujeramiento. En este escenario inclinado, a medio inundar, el aparato del Estado transforma a los jóvenes violentos en mujeres a través de la sodomización y el adoctrinamiento. El proyecto se llama “Método para dulcificar las costumbres de adolescentes violentos”, y popularmente se lo conoce bajo el nombre de “Minones”.

  Otra decisión importante que tomaron las directoras fue retomar la propuesta lamborghiniana del cruce de lenguajes. Buscaron que la fluidez de géneros operara en todo sentido, no sólo en relación con las preguntas que arroja la trama. La estructura parece la de un collage. En el espectáculo conviven interrogatorios con una coreografía pop, televisores encendidos con escenas de telenovelas de los ochenta y los noventa, un final operístico y una película en blanco y negro protagonizada por Couceyro, que muestra otra parte del universo de la novela. La de los tadeys –raza sodomita de monos lampiños parecidos a los humanos– y su descubridor, Maker. Este universo aparece cruzado con la figura de Lamborghini.

  Uno de los atractivos de esta comedia bufa es la posibilidad de ver a Capusotto en el teatro oficial, volviendo a hacer teatro de autor después de casi tres décadas. Aquí encarna a la araña Ky, el psiquiatra que ideó el método para feminizar a los adolescentes de “La Comarca” –territorio ficticio donde ocurre la historia–. Los detalles los brinda al comienzo: sin castración ni hipnosis, los jóvenes capturados por la policía son sodomizados la primera semana. “Después, en apariencia, el tratamiento se dulcifica” con la enseñanza de modales femeninos. La homosexualidad entre las flamantes “damitas” está prohibida. El brazo armado del operativo es  “La Hiena” Jones (Javier Lorenzo).

  Entre Capusotto y el público subyace un contrato previo, de simpatía hacia el actor, que demuestra una vez más lo bien que le queda el papel de facho. Pero no hace falta decir, después de lo expuesto, que Ky va bastante más lejos que Micky Vainilla. Y que, lejos de la lógica televisiva, exige al artista el despliegue de otras herramientas. Puede que, a pesar de lo fuerte de la trama y el texto, los espectadores terminen riéndose en algunos pasajes (a lo mejor del espanto). La dimensión del Salón Dorado, con capacidad para 70 personas, hace su aporte a la asfixiante atmósfera de Tadeys. La cercanía permite valorar cada gesto de los actores, que en conjunto hacen un gran trabajo: aparte de hacerse cargo de un texto tan complejo, deben adaptarse a los diferentes registros que formula la multiplicidad de lenguajes. Destaca Iván Moschner, en el rol de La exuberante, el exponente más exitoso del siniestro operativo.

Por momentos es tal el torbellino que la propuesta se torna confusa. Pero eso no opaca ni el gesto valiente de las directoras ni el carácter singular de la obra. Con todo, Tadeys se aleja del teatro concebido como entretenimiento, y se sumerge en aguas profundas de potente actualidad: la construcción de géneros binarios y su correlato político, lo femenino erigido como símbolo de docilidad y sometimiento, la elección de las masas de ser sodomizadas. Hay discursos de los personajes que funcionan como llaves. Sobre todo: “¿El Estado era hombre o mujer? Por aquella época, la respuesta sin ambigüedad era ‘hambre para todos’”. En la asfixiante atmósfera de Tadeys, hasta el teatro es puesto en cuestionamiento, atrapado en las omnipotentes redes de la araña Ky.

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