¿Y qué vamos a hacer con estas manos?, de Eugenio Ferrante
Acciones para tratar de encontrar la luz
“Este tipo de cosas dan sentido al teatro independiente”, dice el director de la obra que se presenta en Sala de Máquinas.
“Es una obra muy física, en contraposición a toda la carga de la palabra”, define Jerez Ferrante.“Es una obra muy física, en contraposición a toda la carga de la palabra”, define Jerez Ferrante.“Es una obra muy física, en contraposición a toda la carga de la palabra”, define Jerez Ferrante.“Es una obra muy física, en contraposición a toda la carga de la palabra”, define Jerez Ferrante.“Es una obra muy física, en contraposición a toda la carga de la palabra”, define Jerez Ferrante.
“Es una obra muy física, en contraposición a toda la carga de la palabra”, define Jerez Ferrante. 
Imagen: Leandro Teysseire

La mayoría de las obras que escribió Eugenio Jerez Ferrante comienza con una pregunta. En la concepción de este joven director, la pregunta es verbo: “Acciona e interpela”. “Las que me aparecen son en relación, siempre, al contexto sociopolítico y cultural. Aunque sean de carácter filosófico, están en relación con lo que estamos respirando todo el tiempo”, dice a PáginaI12. Su último trabajo traslada directamente la interrogación al título. ¿Y qué vamos a hacer con estas manos? plantea un cruce entre el sistema patriarcal y lo peor del capitalismo. No se instala sólo en la crítica, sino que además predica “la necesidad de defender ciertos territorios, zonas ganadas, ante las maquinarias opresivas”.

La acción transcurre en un barrio privado “de cosas esenciales”. Un boliche cerró, y los chicos se reúnen a bailar en un predio abandonado. Una comisión de vecinas junta firmas para cuidar el silencio. Los personajes, más que como eso, operan como arquetipos. Sus nombres revelan sus funciones en la historia: Pilar es el tipo de mujer que sostiene casi todo y por eso padece una gran contractura; Cansino, su marido, trabaja sin salir de su casa (con una caja en la cabeza); Tierno, hijo de ambos, es un chico que aún no llegó a adulto. Lumbre representa la luz en medio de tanta oscuridad. Los otros personajes son la Tierra, “que no habla, pero dice lo que puede como puede” –anticipa el texto al presentarla–, y una vecina que junta las firmas.

En este barrio sin nombre, los hombres inventan su poder en las sombras y las mujeres dejaron de sangrar. Muchas de las escenas tienen resonancias en la actualidad. Difícil no detenerse ahora en lo que la obra plantea sobre la brutalidad y la impunidad en relación a los cuerpos de los adolescentes. Deseo, libertad, opresión, la relación entre jóvenes y adultos, poder, género, relaciones familiares: todos estos conceptos se condensan y despliegan, en mayor o menor medida, a partir de la premisa de un territorio en disputa, en una metáfora que contrapone cemento y barro, racionalidad y cuerpo.

A Jerez Ferrante, que sólo tiene 28 años y también actúa en la pieza, le interesa construir experiencias con una vinculación directa con la realidad que diariamente se respira, sin dejar de lado la poesía. “No me interesa bajar línea, pero sí no estar en otra película. Me sorprende mucho cuando voy a ver obras en un contexto como el actual y digo ‘estos tipos están viendo otra película’. ¿Por qué hacer ciertas obras, en este contexto y de esa manera, cuando hay necesidades más imperiosas, algo más inmediato que necesitan los cuerpos y, creo, el público de teatro?”, se explica.

Aunque no es fácil atribuir un único tema a su último material, hubo uno que lo inspiró a la hora de sentarse a escribir: el feminismo, especialmente el de sus hermanas y amigas. “Además, tenía escrito un texto muy costumbrista, que había hecho como ejercicio, porque nunca trabajo en esa línea. Lo escribí cuando asumió Macri, y era sobre un matrimonio peronista en el marco de la derrota. Algo acerca del dolor del matrimonio y de la dificultad de la juventud dentro del nuevo contexto, se terminó extrapolando a Las manos”, detalla Jerez Ferrante.

Entonces, el espectáculo “establece una relación entre el sistema patriarcal, como esa máquina arcaica, antigua y eterna, de la cual hemos heredado todas nuestras construcciones, con el capitalismo y cómo funcionan las instituciones de poder”, describe el artista. “Es una obra muy física, en contraposición a toda la carga de la palabra, que se pone muy densa por momentos. Hay un relato físico en paralelo al de la palabra”, define.

Una singularidad es que predica “la necesidad de defender ciertos territorios, zonas ganadas, ante las maquinarias opresivas”, no sólo mediante el contenido sino también a través de la forma. Los actores y actrices se mezclan entre el público antes de que comience la función. Saludan cálidamente, conversan, bailan. Y también el espectáculo promueve un amoroso contacto entre espectadores y artistas. “No hay cuarta pared en ningún momento. Algo de ese encuentro me parecía importante. Este tipo de cosas dan sentido al teatro independiente. Tener un encuentro más íntimo; darte las manos. Contar con menos público es una potencia, una posibilidad”, desliza el director de obras como Ensayo sobre ruinas de un concierto nacional, Querernos, A todas las bestias con nombre y Lo que cubren las flores.

En el espectáculo, que se presenta a la gorra los domingos a las 16.30 en Sala de Máquinas (Lavalle 1145), actúan Julián Castro, Inés García Bolo, Mariana García Guerreiro, Macarena Luz Entizne y Jerez Ferrante, quien advierte: “El sector cultural está en una situación crítica. Este tipo de trabajos y abordajes apunta a una construcción colectiva de la mano del público. Ese espacio, ese territorio debemos sostenerlo entre todos. Todo es muy oscuro. Está bueno encontrar zonas de luz, naufragando en la oscuridad”.

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