Principal RADAR NO Turismo Libros Futuro CASH Sátira

A LOS MAESTROS,
CON CARIÑO

 

Por Miguel Bonasso *

na36fo01.JPG (11579 bytes)

T.gif (67 bytes) Agradezco con emoción esta distinción que me ha conferido el Consejo Académico de la Facultad de Periodismo de La Plata. Por lo que esta casa ha representado y representa y porque, además, lleva por nombre el de Rodolfo Walsh.

Es la segunda vez que un libro mío recibe un Premio Rodolfo Walsh. Hace exactamente diez años, la Asociación Internacional de Escritores Policíacos me entregó en España, el Premio Walsh a la mejor novela testimonial por Recuerdo de la muerte. Ahora esta facultad me lo otorga por la investigación periodística que supuso El presidente que no fue. Y esta significativa y gratificante reiteración, me parece, no es una casualidad sino una causalidad. Pertenezco a una generación de periodistas que leyó con devoción Operación masacre, El caso Satanowsky y Quién mató a Rosendo y trató de seguir el camino trazado por él mucho antes de que los norteamericanos descubrieran la non fiction con Truman Capote o el new journalism, con Tom Wolfe.

Desde mis posibilidades he tratado de seguir sus pasos, practicando el género de la no ficción en sus múltiples variantes. Pero también en la medida de mis posibilidades he tratado de seguir su guía moral, denunciando a los criminales y los corruptos. Porque el gran ejemplo que Walsh nos ofrece a los que lo sobrevivimos y tratamos de prolongarlo es esa coherencia, esa integralidad, renacentista, donde se combina el escritor, el periodista y el intelectual orgánico que preconizaba Antonio Gramsci.

Un día como hoy, hace 21 años, me enteré en la Argentina del terror que Rodolfo había desaparecido. Yo estaba en la clandestinidad y el golpe fue terrible, por todo lo que Rodolfo representaba para nosotros pero, además, porque en mi caso especial yo había estado tratando de tomar contacto con él para tratar de convencerlo, en nombre de la organización Montoneros, (que ambos integrábamos) que saliera del país. Algo que él, que ya estaba muy crítico con respecto de la Conducción Nacional, muy probablemente no hubiera aceptado. En ese entonces yo no sabía todavía de la existencia de su antológica "Carta a la Junta Militar" que leí en el exterior.

Nada más emocionante entonces que recibir hoy, por segunda vez, un premio con su nombre, justo en la fecha en que eludió el zarpazo de los secuestradores de la ESMA, batiéndose a tiros como un hombre de honor.

Quiero también, si ustedes me lo permiten, dedicar este premio tan valioso para mí a otro periodista de una generación anterior, que fue maestro en esta casa. Un periodista que se suicidó en el exilio, acosado por el cáncer que ya le impedía trabajar, pero también por el asco que le produjeron esas dos grandes claudicaciones de la democracia que fueron las leyes de Obediencia Debida y Punto Final que fueron, solamente, derogadas y que en algún oscuro día de justicia podrán ser anuladas. Hablo de otro de mis maestros. Gregorio Selser. Con él no compartí la militancia, ni siquiera la identidad política porque yo era peronista y él, en broma, solía jactarse de ser "gorila de izquierda". Aunque sí compartimos dos exilios: el primero en el Perú de Velazco Alvarado y el segundo en el México que cobijó todos los destierros de América. Muchos años antes había descubierto gracias a él a ese gran tapado de la historia oficial que era Augusto César Sandino. A Selser, entonces, la vieja fórmula consagrada: al maestro con cariño.

Quiero decirles también, en un plano menos serio y emotivo, que este premio que ustedes me otorgan me compensa sobradamente de todos los brulotres que cayeron sobre mi cabeza por El presidente que no fue. Los previsibles ataques de los historiadores oficiales del peronismo, por la crítica implícita y explícita que hago de Perón terminal que vino a dejarnos a Isabel y López Rega.

Los no menos previsibles ataques del antiperonismo más cerril y señoragordesco que a veces se disfraza de progre. Para no hablar del celo de quinteros con que algunos académicos me vieron avanzar entre sus minúsculos tomates, violando la ley que ordena no contar la historia hasta que pasen, por lo menos, trescientos años.

Esos ataques previsibles quedan sepultados ante un reconocimiento como el que ustedes, tan generosamente, me brindan esta noche. Ante el recuerdo de los miles de lectores anónimos que pude saludar en mis giras por todo el país. En audiencias multitudinarias donde primaban los condenados de la tierra.

Me siento, por último, orgulloso de recibir el premio junto a otro maestro al que leí cuando no me atrevía, ni de lejos, a publicar libros. Me refiero al maestro Rogelio García Lupo, que nos enseñó cuántas hectáreas tenía Joe Martínez de Hoz antes de ser ministro de la dictadura y hundió para siempre los afanes caballerescos del general Lanusse al calificarlo como "general de ganadería". A Pajarito, también, mi felicitación con todo cariño.

 

 

* Palabras pronunciadas en la Facultad de Periodismo de La Plata, al recibir el Premio Rodolfo Walsh a la mejor investigación periodística por su libro El presidente que no fue.

.

PRINCIPAL