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NOCHES

Por Antonio Dal Masetto

 

 

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T.gif (67 bytes) Entre las cosas que se extrañan de aquellos años están los boliches. Había dos o tres donde íbamos a cenar y luego nos quedábamos instalados charlando hasta el amanecer. Si nos encontrábamos para almorzar, las sobremesas se estiraban hasta la noche. Tomábamos vino barato, generalmente el suelto de la casa, tinto o blanco. Se hablaba de lo de siempre: libros, cine, mujeres. Eran épocas en que a todo el mundo le sobraba tiempo. De tanto en tanto, a lo largo de las madrugadas, los mozos nos recordaban que debían bajar la cortina durante algunas horas.

Me viene a la memoria cierto mediodía. Yo llevaba unas pocas semanas trabajando en una revista. Era mi primera experiencia en periodismo. El director se había enterado que Graham Greene estaba de incógnito en la ciudad de Corrientes. Seguramente después pasaría por Buenos Aires y daría una conferencia de prensa. Pero el director quería tener la primicia y ordenó que alguien volara a la provincia para entrevistarlo. El jefe de redacción me llamó y me propuso hacerme cargo del operativo Graham Greene. "Quedate los días que haga falta, hay que conseguir la entrevista sí o sí, es muy importante para el director", me dijo. Fue así como ese mediodía pasé por el Cañón, en el Bajo, y estuve un rato con los amigos antes de seguir viaje al aeropuerto. El vuelo era alrededor de las tres. Estaban Miguel Briante, Jorge Di Paola, Norberto Soares y algún otro que no me acuerdo. Osvaldo Soriano no estaba. Me hubiese envidiado la misión porque era un apasionado lector de Graham Greene y años después escribió unas páginas donde dejaba testimonio de su admiración. No almorcé y cuando me llenaron un vaso de vino apenas probé un sorbo porque tenía una tarea por delante. Me despedí abrazándolos a todos, me desearon buena suerte y tomé un taxi al aeropuerto.

Cuando bajé del avión en Corrientes lo primero que vi fue a Graham Greene parado en la explanada que daba a la pista. Estaba con tres personas a las que les llevaba limpia una cabeza. Evidentemente iba a tomar el mismo avión en el que yo había llegado. Me acerqué, me disculpé por la intromisión y le dije que había viajado especialmente para entrevistarlo. Graham Greene me hizo saber por uno de sus acompañantes que no hablaba castellano. Yo estaba seguro de que eso no era cierto. No sólo había leído sus libros, sino también numerosas entrevistas, sabía de sus conocimientos de los países de América latina. Mi inglés era nulo e intenté hacerle algunas preguntas a través de los tres hombres que estaban con él. No pude avanzar mucho. Rápidamente me dieron a entender que en esa reunión de despedida yo estaba sobrando. "¿Por qué Corrientes?", alcancé a preguntarle antes de retirarme. "¿Por qué no?", me contestó Graham Greene en inglés.

Hice marcar mi boleto y un rato después embarqué de vuelta a Buenos Aires, tres asientos detrás de Graham Greene. Durante todo el viaje permanecí atento a cada uno de sus movimientos y los registraba en mi libreta. No era mucho, pero algo tenía que llevar para la revista. La idea de aparecer y confesar que la operación Graham Greene había resultado un fracaso me tenía un poco preocupado. Para colmo el tipo que iba sentado a mi lado había empezado a darme charla. Era amable e inquisidor, me hacía preguntas muy personales. Yo contestaba sin perder de vista a Graham Greene. Ante cada una de mis respuestas el tipo se deshacía en elogios. Todo le parecía genial, original, inteligente, agudo. Cuando ya estábamos carreteando en la pista de llegada me confesó que lo había impactado el magnetismo de mi personalidad y me propuso ir a tomar algo a la confitería del aeropuerto para seguir conversando y conocernos más. Yo no quería ser descortés con alguien que había dicho cosas tan hermosas de mi persona, así que me desprendí de él de la manera más delicada posible y me fui detrás del rastro de Graham Greene. Lo estaban esperando y lo perdí unos minutos después.

Busqué un teléfono, llamé a la revista y hablé con el jefe de redacción. Le expliqué el estado de las cosas. "Necesitamos la entrevista, escribila sea como sea", me dijo. "¿Con qué la escribo?", dije. "Con lo que tengas: ciento cincuenta líneas para mañana." "Tengo muy poco, casi nada en realidad, por no decir nada del todo." "Lo que no tengas inventátelo: ciento ochenta líneas." Corté antes de que siguiera aumentando, me tomé un taxi y me fui al Cañón.

Seguían todos ahí, firmes en sus sitios. Cuando me vieron entrar me dijeron: "¿Cómo, no te habías ido a Corrientes?". "Fui y volví", dije. En la mesa todavía estaba el vaso de vino que me habían servido al mediodía y no había tomado. Así que me lo mandé de un solo trago y me puse a contar lo que había pasado. Graham Greene, Corrientes y el compañero de asiento del regreso dieron pie para que apareciera otra historia y luego otra y otra más. Cada uno tenía la suya. Habíamos pedido otro botellón de tinto y ya estábamos ingresando plácidamente en una más de las inagotables noches de los sesenta.

 

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