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Con un estilo más vívido del que habitualmente caracteriza a la diplomacia vaticana, el vocero Navarro-Valls sostuvo ayer que las muertes son el producto de "un ataque de locura que se desarrolló en una mente en la que latían lacerantes pensamientos". La mente era la del cabo Cedric Tornay y los pensamientos, un fondo vago de resentimiento y subestimación. En la reconstrucción policial de los hechos a cargo del portavoz vaticano, "el cabo se lamentaba ayer por la tarde con algún compañero de estar amargado al no ser bien considerado en la Guardia Suiza". La base de su contrariedad sería no figurar en la lista de los soldados que serían condecorados el miércoles en la jura de 40 nuevos reclutas. El acto fue suspendido por el Papa. Además, el pasado 12 de febrero, añadió Navarro-Valls perfeccionando su explicación del móvil del crimen, Estermann había amonestado por escrito a Tornay por una serie de incumplimientos reglamentarios, especialmente por una ausencia injustificada, fuera del cuartel, que se prolongó durante toda la noche. Aparentemente, según una entrevista a Estermann publicada ayer en Suiza por el diario Matin, la última antes de su muerte y la primera después de su breve promoción a la jefatura de la guardia, el nuevo jefe no era desafecto a una mayor severidad, que conduciría según sus miras a una mayor profesionalización del cuerpo de elite. Por otra parte, hasta Navarro-Valls tuvo que admitir que, pese a la amonestación, no había para el cabo ningún riesgo de ser expulsado. Los datos disponibles de la autopsia confirmarían la verosimilitud de las declaraciones de Navarro-Valls, y provienen de las mismas fuentes vaticanas. El Vaticano, que cuenta con un sistema judicial propio, lleva a cabo solitariamente las investigaciones y afirma que no hay motivo para pedir la colaboración italiana. Como oficialmente no se registran crímenes en el Estado más pequeño del mundo, hasta ahora sus investigadores no son los que han acumulado más experiencia en estas tareas. La explosión de los disparos, o "explosión de furia" según Navarro-Valls, se produjo en el domicilio vaticano de Estermann, en el segundo piso de un edificio cercano a los límites del Estado, junto a la Porta Sant'Anna, a tiro de piedra de las habitaciones privadas del Papa. Allí se habrían encontrado los cadáveres de Estermann, de su esposa y el del cabo Tornay, bajo el cual se encontró el arma homicida, una Stig-65, de fabricación suiza, calibre 9. La pistola del presunto homicida-suicida fue la única arma que se encontró. Tenía en el cargador sólo una de las seis balas habituales, por lo que cinco fueron disparadas. Hasta ahora, dos balas se encontraron en el cuerpo de Estermann, y una en el techo. De todos modos, para Navarro-Valls los datos ulteriores "no cambiarán básicamente la actual reconstrucción de los hechos". Pero la explicación oficial deja más misterios que soluciones. Por ejemplo, el Vaticano dice simplemente que el cabo entró en la vivienda de los Estermann. Si las relaciones entre Estermann y su cabo díscolo y resentido eran tensas, parece que no lo eran tanto como para que el joven de 23 años tocara el timbre del matrimonio sin hijos y fuera admitido sin más a las nueve de la noche. Tampoco se menciona que el comandante en jefe de la Guardia Suiza, un cuerpo de elite de 100 hombres que acompaña al Papa en sus viajes y colabora con las policías locales, tuviera un edecán o custodio de ningún tipo en su residencia vaticana. Y el cabo después de suicidarse cayó sobre su propia arma, lo cual también tiene su misterio. El Papa pidió a Roland Buchs que vuelva a ocupar el puesto al frente de la Guardia
Suiza, que abandonó seis meses atrás. El actual responsable de los servicios de
seguridad del Parlamento helvético aceptó, y se espera que venga hoy para el funeral de
su ex subordinado y su esposa doctora en teología, para hacerse luego cargo del puesto en
forma interina. |