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TOM FARER, UN PROFESOR EXPLICANDO A LA ARGENTINA

"CADA PAÍS TIENE SU CLASE CRIMINAL"

En 1979 integró la comisión de la OEA que produjo un informe demoledor contra la dictadura. En 1985 declaró en el juicio a los ex comandantes. Ahora volvió para escribir un libro. Y dejó interpretaciones para tener en cuenta.

"No cualquier sociedad llega a lo que llegó esta".

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Tom Farer, profesor de Leyes. Sabe cómo mata el hombre

Por M. G.

t.gif (67 bytes)  Pocos lo saben: uno de los personajes más importantes de la historia de este país es un profesor de Denver, Colorado. Dirige un centro de estudios internacionales, junta fondos para la universidad, coordina a expertos de la política y la economía. Es alto, flaco, viste clásico como un académico europeo y habla trabajosamente el castellano pero con maravillosa precisión su lengua, el inglés. Su nombre es Tom Farer. Y su papel en la historia es notable: en 1979 fue uno de los miembros de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la OEA, la Cidh, que viajó a Buenos Aires, recogió casi cinco mil denuncias sobre violaciones a las garantías individuales y, después, produjo un documento de nombre austero: Informe sobre la situación de los derechos humanos en Argentina.

Aunque había sido emitido por la OEA, fue prohibido por la junta militar y circulaba clandestinamente, como un samizdat ruso. El texto --seco, descriptivo, un anticipo del Nunca Más en pleno gobierno militar-- fisuró el dominio absoluto de los generales incluso tres años antes de la guerra de Malvinas. El gobierno de Jorge Videla lo entendió tan bien que montó entonces una de las campañas más violentas de xenofobia que se recuerden aquí. Aprovechó el Mundial Juvenil y con ayuda de José María Muñoz distribuyó adhesivos para el auto y postales para gritar la verdad a los extranjeros. Decían: "Los argentinos somos derechos y humanos".

--¿Lo intimidó el clima de hostigamiento contra la Cidh? --preguntó Página/12 a Farer, que está de visita en Buenos Aires buscando material para un libro.

--Teníamos tan poco tiempo y tantas cárceles para visitar, tantas denuncias que recoger, que francamente no le presté atención --dijo Farer.

Es su cuarta visita a Buenos Aires. La primera fue en 1971. La segunda, con la Cidh. Y la tercera para testimoniar en el juicio a las juntas. Fue el 2 de agosto de 1985. No había autoadhesivos pero cada defensor de los generales asumió aquella herencia fastidiando a Farer, el norteamericano que no entendía lo que había sucedido aquí. Como en 1979, Farer no se dejó intimidar. Su mensaje --la clase de un buen profesor de Leyes-- fue muy sencillo: "El estado de sitio permite suspender derechos como la libertad de expresión, pero no autoriza la derogación de otros como el derecho a la vida", dijo por ejemplo. Y se ganó nuevas críticas. Definitivamente, Farer no entendía la historia. Como decía la propaganda militar, "el contexto". --Uno de los días de la visita --recordó Farer volviendo su memoria al '79-- me encontré con un grupo de abogados. Todos eran jóvenes exitosos y estaban obsesionados por que yo comprendiera lo que ellos llamaban "el contexto". Me contaron qué terribles habían sido los años previos al golpe. La Triple A en las calles. Los atentados guerrilleros. La subversión metida profundamente en la mayoría de las instituciones. La dificultad para sostener la vida cotidiana. Y me dijeron que la mayoría quería el golpe para restaurar la paz y terminar con el caos. Por supuesto que había abusos, que había excesos. Eran lamentables. Pero, ¿no era peor una quasi guerra civil? Yo les dije que ni siquiera quería analizar su descripción, pero que me parecía obvia la necesidad de castigar lo que ellos llamaban abusos.

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Videla: "Era un hombre para nada antipático, con ojos de cocker spaniel, alto, bien vestido, educado, sin agresividad. Pero fue una charla de sordos".

--¿Qué le respondieron?

--Que posiblemente tenía razón, pero que la sociedad no podía ser juzgada. Y que, además, nadie tenía el derecho de hacerlo. Es verdad que yo era un extranjero, pero cierta experiencia tenía en poner las cosas en su contexto.

--¿Por qué piensa usted que sus interlocutores, esos abogados jóvenes, razonaban de ese modo?

--Era el dilema de mucha gente de buena fe. Por un lado había un centro sistemático de exterminio. Un poder centralizado, en absoluto inorgánico.

--¿Y cuál era el dilema?

--Cualquiera que conociera la existencia de ese poder centralizado tenía dos posibilidades: protestar o callarse. Si callaba, siguiendo un natural sentido de supervivencia individual, infligía un daño a su conciencia. Si protestaba, su vida correría un gran peligro. Entonces era natural que esa gente quisiera creer que no tenía frente a sí un poder centralizado sino algunos abusos.

--Era tranquilizador.

--Eso es. Tranquilizador.

--¿Por qué la Argentina llegó a la peor masacre de su historia, a la degradación social más tremenda?

--No cualquier sociedad puede llegar a eso. Salvo que padezca el correspondiente juego de presiones. Le nombro varias, sin agotar, ni mucho menos, el espectro completo. Al mismo tiempo se daba la existencia de movimientos guerrilleros de clase media, bien educados y con dirigentes más o menos competentes, difíciles de reprimir porque son urbanos, con simpatía por parte de la gente. Se daba la Triple A. Y, sobre todo, se había perdido el sentido de progreso. Mucha gente creía en el famoso "cambio fundamental" que transformaría radicalmente las cosas. Le agrego el fenómeno peronista, que distorsiona la actividad política. Le sumo, también, que la mayoría quería restaurar el orden, y apoyaría, como lo hizo, un golpe de Estado. La combinación de caos del Estado más guerrilla, más frustración, más una cierta idealización del pasado argentino (los argentinos exageraban su decadencia porque creían que habían caído desde muy arriba) es explosiva. Trae inseguridad.

Viola: "Tenía modales de empresario. Como Videla, demuestra que en la Argentina el terror centralizado fue una obra de arquitectura colectiva."

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--¿Qué tipo de inseguridad?

--La más primaria. La inseguridad física. Y cuando hay un sentimiento de inseguridad física, cualquier experiencia autoritaria es posible.

--¿Usted cree que, como esa historia ya existió, no se repetirá? ¿Que, como decían los griegos, la historia es maestra de vida y evita cometer errores?

--Bueno, la historia sola no garantiza nada. Nosotros le damos sentido al mirarla desde la actualidad.

--¿Desde qué perspectiva la miramos?

--Siempre simplificadora. Tenga en cuenta que la mente simplifica la vida para ordenarla. Pero yo la voy a complicar un poco. Como es evidente, la democracia actual no es la ateniense, con su juego de participación directa. Es una democracia de burocracias y repúblicas representativas. O sea que carece de excitación moral y es, en cambio, más práctica. Por eso, los malos resultados la debilitan. Y los malos resultados permanentes la jaquean. La Argentina no tuvo ni siquiera gobiernos mediocres. Lo tuvo a José López Rega. Y con López Rega nadie podía hacer planes.

--¿Qué tipo de planes?

--La democracia, para que funcione y sea aceptada, debe exhibir un orden razonable, debe ofrecer la posibilidad de que la gente pueda hacer planes: ir de vacaciones, progresar en el trabajo... Y hasta salir a la calle. En la Argentina ni siquiera se podía salir a la calle. Hasta eso era una aventura, fíjese hasta qué punto llegaba la imposibilidad de planear la propia vida.

--¿Esa situación pudo alimentar el fascismo?

--Elementos fascistas hay en cualquier sociedad. Siempre hay grupos con una personalidad sociopática. Grupos a los que les gusta la violencia. A veces la izquierda cae en este tipo de pensamiento. Pero se trata de un elemento determinante de la derecha. Cada sociedad tiene su clase criminal. El problema es cuando esa clase es importante y llega al Estado, a las Fuerzas Armadas, al gobierno. Cuando se impone esa sociopatía que exalta las sociedades beligerantes, victoriosas.

--Recuerdo una frase muy impactante en ese sentido escrita en una revista de la época por Mariano Grondona, que después se arrepintió públicamente por su actitud durante la dictadura. Decía que, así como existía Extremo Oriente, la Argentina era Extremo Occidente. Más pura en la guerra contra el comunismo que el propio Occidente.

--Es impresionante.

--¿Dónde se ubica, profesor Farer, en la discusión de la culpa colectiva y la culpa invididual? ¿La culpa es de cada individuo o de la sociedad?

--Yo tengo un poco de Burke y un poco de Mill. Soy muy conservador en ese sentido. Una sociedad democrática debe pensar igual sobre ciertas cosas. Si yo tengo una lapicera, usted me puede decir si le gusta o no y hasta puede robármela. Lo único que no puede hacer es atacarme con el argumento de que la mía no es una lapicera sino un revólver. La misma claridad debe darse frente a un delito. O alguien atacó y mató, y debe ser condenado, o no lo hizo, y es inocente. Y punto. ¿Qué diferencia al ser humano de los animales? No el dolor, por ejemplo. Los animales también sienten dolor. La gran diferencia es la posibilidad de elegir. De matar o no matar. En una sociedad no todos son culpables. Pero una sociedad donde nadie es culpable mina la más remota posibilidad de convivencia.

--Todos no son culpables, está bien. Pero los culpables, ¿son iguales?

--No, no lo creo. No es lo mismo matar que callar ante el asesinato. Es difícil que la gente pueda resistir el terror impuesto desde un poder centralizado. El promedio no lo resiste. Por ese motivo el gobierno actuó clandestinamente. Por ese motivo los medios publicaban "enfrentamiento" en lugar de secuestro o asesinato, en lugar de aclararle a la gente lo que de verdad pasaba. Por esa razón la represión fue selectiva. No fue el Holocausto, que secuestró y asesinó a todas las familias judías. Y así se alimentaron las esperanzas de que, a mí, no me tocaría. Mire, yo de ningún modo creo que sea lo mismo la aquiescencia ante el delito que la acción de cometerlo.

--Durante su visita, ¿qué lo impacto más?

--(Contesta sin vacilar) Las condiciones de vida de los presos políticos en la unidad nueve de La Plata. Estaban peor los presos políticos, a disposición del Poder Ejecutivo, que los asesinos. Los convictos por asesinato jugaban al fútbol o leían libros. Los políticos tenían prohibido el ejercicio, los libros, el estudio. Y estaban sometidos al permanente cambio de reglas sin aviso previo, que es la mejor manera de intentar que una personalidad se quiebre.

--Usted estuvo con Jorge Videla. ¿Qué impresión le causó?

--Le conté mi visita a la cárcel. Dijo que nada podía justificar el maltrato a un preso. Era un hombre para nada antipático, con ojos de cocker spaniel, alto, bien vestido, educado, sin agresividad. Distinto a Harguindeguy, el ministro del Interior.

--¿Cómo era Albano Harguindeguy?

--Brusco, brutal. El prototipo del militar latinoamericano, al revés de Roberto Viola, que tenía maneras de empresario mediano o gerente de una fábrica. Por supuesto, ninguno de los tres admitió más que algunos abusos, y los tres esgrimieron la teoría de la guerra sucia. Es decir que fue una conversación de sordos, porque también hablaron del famoso contexto y se preguntaron quién podría poner a la Argentina en el banquillo de los acusados.

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Harguindeguy: "Era brusco, brutal. El sí encarnaba el prototipo del militar latinoamericano. Y también habló y habló de la guerra sucia."

--¿Videla, Viola o Harguindeguy daban el physique du rol de un asesino?

--No, y aquí hay un punto muy interesante. Que sus personalidades no importen, y que ellos hayan estado en el núcleo del terror centralizado, demuestra hasta qué punto el terror de Estado fue una acción colectiva a cargo de personas diferentes, con historias diferentes y con valores diferentes. Y, por otra parte, fue deliberadamente una acción colectiva: así se borrarían las culpas y las pruebas.

--¿Qué decían los miembros de la Comisión a los generales?

--Hacíamos preguntas concretas, y al opinar no nos salíamos de un concepto. Que, en coherencia con la propia Constitución argentina, el gobierno debía mantener el orden y la seguridad, pero que no podía hacerlo de cualquier manera. No podía derogar, eternamente, la libertad de prensa, la de asociación, la de expresión. No podía siquiera detener a una persona por sospechosa. Pero aunque suspendiera alguna de esas garantías, jamás podía "suspender" el derecho a la vida, o cambiar un juicio justo por la ejecución sumaria y el debido proceso por la tortura. Recuerdo que en una reunión con abogados (otros, no los jóvenes exitosos) tuve que escuchar la obligada introducción sobre el contexto y enseguida les dije lo que acabo de contarle a usted. Varios de ellos se miraron entre sí, sonrieron y uno por fin dijo: "Estamos de acuerdo con ustedes". Fuimos a comer, más distendidos, y más tarde me asombré al escuchar: "Ustedes no entienden que ésta fue una guerra sucia". Era la ambivalencia constante. Y consideraba una situación que a mí me parecía evidente. Si en 1976, unos días antes del golpe, se hubiera hecho una encuesta preguntando qué camino debía seguirse, si detener a los sospechosos e instruirles un juicio con tribunales un poquito especiales, lo cual llevaría mucho tiempo, o exterminar a los irregulares rápidamente, como los franceses en la Kashbah argelina, la mayoría hubiera optado por la segunda variante. Porque aquí muchos creían que Lenin se aprestaba a tomar el poder cuando la verdad es que ya a fines de 1977 la guerrilla estaba liquidada.

--Usted estuvo en el juicio a los ex comandantes de 1985. Después de su testimonio los militares fueron condenados, otros quedaron desprocesados por el Punto Final, otros más inmunes por la Obediencia Debida y los condenados de 1985 fueron perdonados. ¿Cómo siguió ese proceso?

--Sin la capacidad de distinguir bien los matices como para darle una opinión seria. Sólo le quiero decir dos cosas. Una, que el juicio argentino a las juntas es único, histórico, extraordinario y no debe ser menospreciado. Piense en la matanza de Mi Lay, en Vietnam. El teniente Calley mató personalmente a mujeres y niños, pero fue condenado a sólo 18 meses de prisión. Y la otra cosa es que, visto desde la actualidad, tal vez las leyes exculpatorias debieron ser combinadas con un método como el que está siguiendo Sudáfrica para investigar el pasado. Si el acusado confiesa, cuenta qué hizo con las víctimas y cómo lo hizo, si dice dónde está el cadáver, queda libre. Esto hubiera sido muy útil para recoger información sobre la suerte de los niños y hubiera dado un sentido de reparación, al menos parcial, que siempre es necesaria.

--¿Cuántos años tenía cuando vino con la Comisión?

--Cuarenta y tres.

--Tiene sesenta y dos. ¿La visita le cambió la vida?

--Hay cosas que no olvidaré jamás, pero no me cambió la vida. No varió lo que yo pensaba sobre ciertas cosas por formación familiar: el odio a la brutalización, a la agresión. Tengo ideales, pero no una visión romántica de la sociedad y el ser humano. Sé cómo mata el hombre. Visité El Salvador, donde los hombres mataban sin fin. Guatemala, con su campaña de liquidación de pueblos enteros. Etiopía.

--Y la Argentina. ¿Cómo se mataba en la Argentina?

--Bueno, no era clase contra clase ni se trataba del exterminio de grupos enteros. En términos sociales, incluso eran unos miembros de la clase media contra otros miembros de la clase media. Aquí los militares eran gente bastante bien educada, y la sociedad era mucho menos desigual que en el resto de América latina.

--Cuando recuerda la Cidh, ¿qué piensa que la Comisión le cambió a la Argentina?

--Después de nosotros comenzó a decaer el apoyo a la Junta. Comenzó una crisis de respaldo, sobre todo en el establishment, que incluso fue previa al gran quiebre de la guerra de Malvinas. Una sola cosa me asombró del establishment. Yo venía de recorrer muchos países de América latina. ¿Y sabe cuál fue el único país en el que ningún obispo con funciones directivas en la Iglesia Católica nos ayudó?

--Deje que lo adivinen los lectores, profesor.

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