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LA IMPORTANCIA DE LLAMARSE

Por Roberto Cossa

 

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T.gif (67 bytes) En los años de mi infancia se decía que en un pueblito de provincias vivía un paisano que se llamaba Abrense los Tribunales López. Ocurre que sus padres, apegados a la costumbre de bautizar a sus hijos de acuerdo con el santoral, a la hora de elegir el nombre del nuevo vástago consultaron el almanaque. Había nacido un 1º de febrero.

Vaya a saber cómo habrá sido la vida de Abrense los Tribunales, cómo habrá transcurrido su infancia entre los amigos del pueblo y luego en el colegio. Vaya a saber cuál fue la reacción de aquella niña que en un baile le preguntó con coquetería de quinceañera: "Yo soy Luciana. ¿Y vos cómo te llamás?

El caso de Abrense los Tribunales no es, de todas maneras, tan grave. De última el buen paisano podía recurrir al apellido, López. Y además vivía en el campo donde las relaciones sociales son, por lógica, más escuetas.

Mucho más complicado es llamarse Remigio Culo y trabajar en una dependencia pública. La vida en las oficinas, todo el mundo lo sabe, es rutinaria. Eso quiere decir que cualquier pizca de ridículo que circule por el aire es atrapada y utilizada hasta el hartazgo para quebrar el aburrimiento.

Remigio Culo agotó durante 30 años todas las posibilidades humorísticas que su apellido provocaba en un edificio de diez pisos. Encima era ordenanza, de manera que nadie tenía motivo para privarse de la broma. Según cuenta la leyenda, el día de su muerte se descubrió que Culo era su segundo apellido, que en realidad se llamaba Quintana y que pudo haber evitado tan desafortunada herencia. Durante el velorio, la desconsolada viuda confesó que el pobre Remigio era feliz con las bromas. "Necesitaba que lo tuvieran en cuenta", dijo entre lágrimas abrazada a un jefe de despacho.

La conducta del buen ordenanza no es la más habitual. Todo lo contrario, quienes heredan un apellido ridículo suelen ocultarlo. Algunos intentan cambiarlo, pero la ley argentina es muy rigurosa y, lo que es peor, imprecisa. Acepta la sustitución pero sólo en el caso, dice la letra escrita, de que haya "justos motivos". Pero la misma ley 18.248 no aclara cuándo los motivos pueden alcanzar la categoría de justificables. Un conocido jurista interpreta que sólo debe aceptarse el cambio cuando exista una "causa grave, razonable y poderosa capaz de violentar el principio de estabilidad del nombre" y agrega: "Por consiguiente, se excluye toda razón frívola, intrascendente".

Claro que quien esto dice es un Bidart Campos, apellidos que el jurista seguramente pronunció con orgullo y en voz alta cada vez que la vida lo obligó a identificarse. Quisiera saber a qué conclusiones hubiera llegado el doctor Bidart Campos si a los seis años de edad hubiera tenido que ingresar en la trituradora de una escuela pública llamándose Cossa.

Nacer con apellido extravagante obliga a elegir una estrategia ante la vida. Algunos apelan al seudónimo, como los actores, pero la mayoría de los mortales anda por el mundo con su apellido verdadero a cuestas. Y las historias de las gentes y sus apellidos son innumerables.

Una parienta lejana mía, por ejemplo, rechazó las propuestas matrimoniales de un muchacho que conoció en un viaje en el mismo momento en que se enteró de que su apellido era Gato.

--Nunca seré la señora Cossa de Gato, dijo entre sollozos.

Es que el apellido, como la belleza física o la clase social determina, en gran parte, el destino de las personas. Un gran sociólogo, cuya identidad debo mantener en reserva, me explicaba:

--Si usted tiene un apellido ridículo, no tiene lugar en la historia grande. Fíjese que el único apellido extravangante que escaló posiciones, Culacciatti, no pasó de ministro del Interior de un gobierno desprestigiado. Otro que quiso contrariar el destino fue el demócrata progresista Albito Mantecón. No pasó de candidato a concejal; ¿cómo va a tener futuro en la política alguien con una identidad tan bondadosa?

Y a continuación sentenció:

--¿O usted cree que hubiera existido el 17 de octubre si Perón se hubiese llamado Perita? Más aún, estoy convencido de que después de la muerte de Gardel en la Argentina sólo pueden alcanzar niveles de grandeza los que llevan un apellido de dos sílabas. Como Perón, Borges o Monzón.

--¿Y cómo explica a Maradona? --le pregunté.

--Maradona no es un grande; apenas es un famoso. Maradona podría haberse convertido en un mito si se llamara Pelé.

En cualquier caso es injusto que el destino de los hombres dependa de una herencia de la que no son responsables. A veces es cuestión de suerte. De última, mi apellido vino de Italia y se injertó en un país cuyo idioma le había dado, por fonética, un significado preexistente. Si mi bisabuelo se hubiera quedado en su lugar, hoy podría, con orgullo, tomarme una grapita en un bar de la calle Pietro Cossa, en pleno Trastevere.

Diferente es el caso de uno de los mayores dramaturgos de El Salvador, Alvaro Menem Desleal, autor --entre otras obras-- de El circo y otras farsas.

Menem Desleal camina por las veredas tropicales sin ningún problema. El único inconveniente que le trae su identidad es que difícilmente lo inviten a participar en la Feria del Libro de Buenos Aires.

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