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LA BATALLA DE FRANCIS FORD COPPOLA CONTRA LOS ESTUDIOS DE HOLLYWOOD
Ahora la pelea incluye a Pinocho

El director estadounidense viene peleándose con las compañías de la "fábrica de sueños" desde los '60, pero el caso tomó ribetes cómicos: ahora demandó a Warner para imponer su versión del célebre muñeco de madera

Matt Dammon, Coppola y Danny De Vito durante el rodaje de "El poder de la justicia".
En ese film, pensó en los estudios de Hollywood cuando masacró a la corporación Great Benefit.

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Por Guillermo Ravaschino

t.gif (67 bytes) Mucho se habló acerca de los dardos que, más o menos veladamente, habría lanzado Francis Ford Coppola contra los grandes estudios de Hollywood desde sus películas. En la batalla ficcional que libra Matt Damon contra el pulpo legal Great Benefit en El poder de la Justicia, estrenada este año en la Argentina, se vio la metáfora de la añeja confrontación del artífice de El Padrino contra las principales corporaciones del cine. Tal vez no sea para tanto. El esquema de producción del film, su esqueleto narrativo y las trampas del guión responden tan claramente a las viejas mañas hollywoodenses que mal podrían ser el vehículo de su defenestración. En Tucker, la historia de un fabricante de autos al que derrotan las grandes fábricas, hubo una alusión más clara que en este film a su posición personal respecto a la industria.

Sin embargo, Coppola fue convocado una y otra vez por las majors, conscientes de su destreza impar, y otras tantas chocó con ellas debido a las consecuencias inevitables de ese talento: historias que esquivan las fórmulas "seguras"; ideas brillantes, cuya concreción suele demandar cifras de dinero que a los estudios se les antojan altas. En ocasiones Coppola filmó lisa y llanamente por encargo (el proverbio nunca desmentido dice que lo hizo para recaudar fondos para los proyectos que verdaderamente le interesan), y ése es el caso de Jack y El poder de la justicia. Algunas veces apretó los dientes y recortó jugosas secuencias para no rebasar límites presupuestarios. Otras, la sangre llegó al río de los pleitos tribunalicios. No ya en metáfora, sino con alegatos reales y abogados de carne y hueso buscando torcer el brazo de los estudios. El último round de este combate de larga data hoy enfrenta a Coppola con la Warner Brothers, el más persistente de sus archienemigos.

La Corte Suprema de Los Angeles es el escenario. Coppola, el querellante. Y la demanda no escatima ribetes cómicos, ya que el más célebre muñeco de madera está en el foco de la cuestión. Todo empezó en 1990, cuando Francis se obsesionó con filmar una versión no animada de Pinocho, idea que lo llevó hacia las oficinas californianas de la Warner. "Yo no sé por qué las historias infantiles me están conmoviendo tanto", declaró días atrás el director de La conversación en su última deposición frente al tribunal. Y explicó de qué modo, tras haberle dado la venia para desempeñarse como director, guionista y productor ejecutivo, el estudio frustró la empresa por cuestiones de presupuesto. Nada menos que 100 millones de dólares había solicitado Coppola para su Pinocho. Se justificó ante los jueces con lágrimas en los ojos: "Iba a cambiar el contexto clásico del cuento para concentrarme en un grupo de huérfanos que huyen de Francia a España, en la Europa ocupada por los nazis".

Ante el veto de la empresa, Coppola fue a golpear las puertas de la competencia. Pero apenas se había sentado frente a los mandamases de Columbia cuando la Warner metió la cuña, proclamando derechos exclusivos sobre la versión. La furia del director puso blanco sobre negro algo que muy pocos de sus colegas se atreven a verbalizar: "El negocio del cine evolucionó de tal forma que seis compañías son las dueñas absolutas de la pelota. Si querés jugar, tenés que rogarles que acepten ideas tuyas y esperar dos años, sin pago, para que te manden a reescribir ciertas líneas del guión. La otra alternativa es agarrar lo que ofrecen ellos".

La puja con Warner viene de lejos, aunque no todas fueron espinas entre el realizador y los dueños de Bugs Bunny. En 1969, el surgimiento de American Zoetrope, la productora de Coppola y George Lucas, contó con un amplio backup financiero de Warner. La armonía se quebró dos años después con THX--1138, la fallida opera prima de Lucas distribuida contra la voluntad de la Major. Las deudas fueron saldadas al año siguiente, gracias a la extraordinaria recaudación de El Padrino (que rodó Coppola bajo la divisa de la Paramount), pero el resentimiento permaneció. Y Pinocho no fue el único en reavivarlo. El 30 de diciembre de 1996, Coppola arremetió contra Carl Sagan cuando el cadáver del pope astronómico ni siquiera se había enfriado (falleció el 20 del mismo mes). La curiosa demanda post mortem clamaba derechos sobre Contacto, el largometraje protagonizado por Jodie Foster que estaba en pleno rodaje por entonces. Coppola aseguró que la idea del film, como la del best seller en que se inspiró, le pertenecía. Aportó un contrato de 1975, firmado por Zoetrope y el escritor, por el cual Sagan se comprometía a compartir con Coppola los dividendos de la venta del libro y de la eventual comercialización del guión. Obviamente, la productora que hizo caso omiso de ese contrato fue Warner Bros. Muerto Sagan, el pleito siguió su curso contra la compañía. Pero no prosperó, pese a los módicos 250 mil dólares que reclamaba Coppola en concepto de daños y perjuicios. ¿Qué pasará ahora que, para resarcirse del affaire Pinocho, el prodigioso hombre de barba gris pide nada menos que 23 millones?

 

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