Principal RADAR NO Turismo Libros Futuro CASH Sátira

NUESTRA IMAGEN EN EL ESPEJO
Por Osvaldo Bayer
Desde Bonn (Alemania Federal)

na32fo01.jpg (12988 bytes)

t.gif (862 bytes) Ante el sol más potente del siglo los alemanes se preparan para las elecciones generales de setiembre. En la antesala del médico oigo el siguiente diálogo de circunstancia entre dos hombres de más de setenta y una mujer que aparenta menos pero tiene más. Parcos, sus juicios son contundentes. "Hay que insistir con Helmut", dice uno de ellos luego de dejar sobre la mesa la revista de actualidad que estaba leyendo. "No hay otro", contesta totalmente de acuerdo su vecino. La mujer calla, pero se nota que es de la misma opinión. (Helmut es Helmut Kohl, el actual primer ministro conservador, que va a la re-re-re-reelección, 140 kilos de peso, trece años de mandato ininterrumpido.) "Si gana el otro --agrega el primer paciente-- en la Wehrmacht, los soldados van a tener que ir en bicicleta." (Cuando dice "el otro" se refiere a Schroeder, el candidato socialdemócrata, y la "Wehrmacht" es el antiguo ejército alemán en tiempos de Hitler; el ejército alemán actual se llama "Bundeswehr". ¿Tal vez sólo un "lapsus linguae", o un tropezón del corazoncito? ¿Qué pensaría Freud? No pensemos mal, pero ninguno de los otros dos veteranos --hombre y mujer-- lo corrigen. La mujer me observa, no se siente cómoda y por eso dice una frase para dar por terminada la conversación, por lo menos en su cauce político: "De él no nos podemos quejar, tenemos nuestras buenas entradas y no le tenemos miedo al futuro. ¿Para qué vamos a cambiar si ya no nos puede pasar nada?". Los hombres asienten. Claro, si les va bien, por qué cambiar, por qué intentar otra cosa. ¿Cuatro millones de desocupados? Por algo será.

Se produce un silencio. Se sienten reconfortados a sí mismos. Aprovecho la total ausencia de sonidos para decir en voz alta.

--Alemania, la tierra de los poetas y filósofos... globalizados.

--Digo "Deutschland" con voz fuerte y el resto de la frase con voz apenas audible, como si fuese el verso de un poema.

Uno de los hombres sonríe con cierta inseguridad; el otro me mira como si yo correspondiera no a la sala de espera de un urólogo sino a un consultorio para psicópatas. La mujer me observa con cierto aire protector, tal vez me cree muy enfermo, y me ofrece caramelos.

Esa fundamental escena sin importancia me daba la pauta para interpretar a fondo la actualidad histórica. Hay quienes están a salvo, hay otros que están sí en la cubierta del "Titanic" pero sin botes salvavidas, y los otros, incomunicados en la tercera clase, sin esperanzas ni de llegar a cubierta, ni siquiera de intentar tirarse al mar. Pero todos tienen esperanzas de los que se pusieron a salvo. Sí, esa escena de la sala de espera del consultorio es clave para mí. Releo a Stefan Wolle en lo que podríamos llamar: "retirada hacia la moral privada": "Igual que el caricaturista o el humorista, el historiador elige de todo el contenido material, aquellos ejemplos que le parecen especialmente típicos o importantes. Porque la esencia de la cosa --así como él la ve-- no se aproxima a través del valor estadístico medio. Equilibrio y proporción no son las metas del ejercicio. Sólo el espejo ustorio de lo grotesco deforma la cosa para ayudarnos a llegar a la verdadera caracterización".

Por ejemplo, esta semana el ozono terminó con la disciplina de siglos de una sociedad disciplinada. El sol y el calor, primero, enloquecieron la tabla de valores de ozono. Cuatro estados de Alemania ordenaron a los ciudadanos abstenerse del auto a quienes no tenían catalizador. Con excepciones: todos aquellos que iban al trabajo o tenían problemas urgentes. Esto último debía hacerse sobre la base de la autorresponsabilidad, ya que no se exigían comprobantes. Resultado: nadie renunció, todos tenían urgencia o decían ir a trabajar. La disciplina social quedó de lado. El auto über alles. El auto ha corrompido todo y a todos. Sálvese quien pueda. Mejor dicho, el que tiene auto.

El símbolo extrapolado del espejo ustorio que refleja hoy nuestra sociedad es el vestido cocktail de Monica Lewinsky con las manchas del pecado. En esa imagen está todo dicho: el hambre de características infamantes en Africa, la impotencia de toda la sociedad ante el juicio de los dos chicos norteamericanos asesinos de sus compañeritas a tiros como si se tratara todo de un juego electrónico, la guerra de Kosovo con armas vendidas por el primer mundo, los talibanes que prohíben a su pueblo escuchar música y prohíben a sus mujeres enfermas concurrir a los hospitales porque es pecado, y la desocupación y la miseria, la miseria, la miseria en todos los meridianos y paralelos del globo.

Los argentinos también tenemos una imagen en el espejo ustorio que nos define en todos los aspectos de nuestra moral que aparece cada vez que cada uno de nosotros se mira al espejo. Esa imagen tiene un nombre: se llama Ricardo Dátoli, agente de la SIDE, ingresado a la misma en 1976. Repito, 1976. Dátoli se dio el gran gusto de su vida: apretar el botón para que la puerta de hierro de entrada de la Escuela Nacional de Inteligencia, repito, Escuela Nacional de Inteligencia, fuera aplastando poco a poco e inexorablemente a una anciana judía que todos los días iba a alimentar a sus amigos los gatos. Todo fue lento e impávido, como debe ser el placer máximo: siguió apretando el botón y mirando desde la pantalla de su circuito cerrado cómo el cuerpo de la anciana estallaba en chorros de sangre y órganos. El rostro de la indefensa. Un rostro indefenso de cara al horror. Nos imaginamos esos segundos de libídine del agente de la SIDE, Dátoli, su masturbación máxima, su orgasmo en el momento del aliento final de la anciana indefensa de total indefensión. Ya estaba, había cumplido con su sueño: imitar al guardián SS cuando observaba por el visor de la cámara de gas cómo en el momento final los judíos alargaban el cuello para aspirar el último soplo como el gallo lo estira para dar su kikiriki: sí, nuestro agente Dátoli, gozó en ese momento igual que el aviador norteamericano en el momento de tirar su bomba atómica sobre Hiroshima, representándose cómo todo moría achicharrado como gusanos en sartén: gozó como el obispo ante el quemado en la hoguera de la Inquisición al cual le alcanzaba con un palo largo la cruz para que la besara pidiendo perdón a Dios nuestro señor misericordioso hosanna en las alturas, sí, sí, nuestro agente argentino Ricardo Dátoli gozó como los médicos militares de Videla en el momento en que las jóvenes prisioneras daban a luz con las manos esposadas y los ojos tapados; más que eso, en el momento en que le quitaban al recién nacido; sí, ése, el orgasmo más argentino de las fuerzas armadas argentinas. Ricardo Dátoli y su botón de la puerta de hierro. Insuperable. No. Sí, fue superado. Por el juez Vicente Cisneros. Repito, juez, que le creyó a Dátoli cuando éste le dijo que todo había sido un accidente, que tropezó con los cordones de su zapato y al caer apretó el botón. Una sublime paparruchada. Cómo se deben haber reído los muchachos de la SIDE, y el propio juez ante el chiste del brillante héroe, Ricardo Dátoli. Vicente Cisneros, juez jovial, grabemos su nombre con letras de oro en el partenón de la justicia argentina, 1998. Y los otros, que ayudaron al campeón de los juegos solitarios: el jefe de la SIDE, Anzorreguy, que le dio una ayudita al ocurrente muchacho y lo cambió de sección. Y el ministro y el presidente, todos bien, gracias, y a mí por qué me mira y a todos los que se callaron la boca.

El martes pasado los jueces Luis Escobar y Carlos Elbert, de la Cámara Nacional de Apelaciones, rechazaron la opinión del juez Cisneros, volvieron a caratular el homicidio como homicidio y pidieron la captura de Dátoli. Pero Dátoli, claro, ahora no aparece. ¿Seremos capaces los argentinos de lograr que el agente Ricardo Dátoli siga sus placeres solitarios de por vida en una celda? ¿Y que los argentinos seamos capaces también de mandar a la cárcel a todos aquellos que practican hoy el mismo placer solitario repitiendo en sus cerebros las escenas insuperablemente argentinas de las jóvenes parturientas humilladas hasta el hartazgo y robadas del fruto bendito de sus vientres?


PRINCIPAL