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GUEVARA Y MARCOS
Por José Pablo Feinmann

t.gif (67 bytes) La característica que define al hombre de derecha (porque todavía hay derecha y hay izquierda, y no sólo por la existencia del libro de Bobbio) es que el hombre de derecha acepta la desigualdad como un dato de la naturaleza; en cuanto tal no transformable ni deseablemente transformable, ya que expresa un sabio equilibrio que sería imprudente y blasfemo quebrar. "Las cosas son así", dice. O también: "Pobres habrá siempre". Hace del orden social una facticidad inmodificable. Si es inmodificable, ¿por qué indignarse ante ella? Lo esencial del hombre de izquierda es negar esta facticidad. O historizarla: "Esto es así ahora. Y es modificable y me indigna la praxis de quienes lo impiden, de quienes viven a su costo, de quienes dicen que esta facticidad es lo real y que no sólo es así, sino --sobre todo-- que es así como debe ser". Esta actitud surge de una ruptura esencial. Una ruptura ante lo dado, ante la facticidad, ante el orden que ha establecido el Poder. Esta ruptura, a su vez, establece una inmediata actitud existencial: el compromiso con aquellos que padecen la injusticia. Es lo que dice Ernesto Guevara en el párrafo final de esa carta de 1965 en la que se despide de sus hijos: "Sean siempre capaces de sentir en lo más hondo cualquier injusticia cometida en cualquier parte del mundo. Es la cualidad más linda de un revolucionario". Es, también, la cualidad esencial de un revolucionario. Sin este pathos no existe el hombre de la ruptura: el hombre que dice no, esto está mal, esto no es ni debe ser necesariamente así. Tal vez Guevara escribió "cualidad más linda" porque la carta está dirigida a sus cinco hijos (a quienes nombra Hildita, Aleidita, Camilo, Celia y Ernesto) y deliberadamente le dio un matiz de ternura, no frecuente en otros de sus escritos. Pero, si hay algo esencial en el hombre que quiere hacer algo por cambiar la realidad en el sentido de la justicia, es no poder sino sentir como propia toda injusticia, aun la cometida en el más remoto rincón de este devastado mundo.

Con frecuencia, en los debates posteriores a la puesta en escena de Cuestiones con Ernesto Che Guevara, la gente pregunta por las semejanzas y diferencias entre el Che y el Subcomandante Marcos. La primera, fundante semejanza está en ese pathos del rechazo a lo instituido, a lo establecido y el consiguiente compromiso con todos aquellos que sufren los rigores de la injusticia. El Subcomandante insurgente Marcos --o, si se prefiere, el zapatismo-- lo dice en un texto de particular expresividad y belleza: "Marcos es gay en San Francisco, negro en Sudáfrica, asiático en Europa, chicano en San Isidro, anarquista en España, palestino en Israel, indígena en las calles de San Cristóbal, chavo banda en Neza, rockero en CU, judío en Alemania, ombudsman en la Sedena, feminista en los partidos políticos, comunista en la post guerra fría, preso en Cintalapa, pacifista en Bosnia, mapuche en Los Andes, maestro en la CNTE, artista sin galería ni portafolios, ama de casa un sábado por la noche en cualquier barrio de cualquier ciudad de cualquier México, guerrillero en el México de finales del siglo XX, reportero de nota de relleno en interiores, mujer sola en el Metro a las 10 p.m., jubilado de plantón en el Zócalo, campesino sin tierra, editor marginal, obrero desempleado, médico sin plaza, estudiante inconforme, disidente en el neoliberalismo, escritor sin libro ni lectores, y es, seguro, zapatista en el sureste mexicano. En fin, Marcos es un ser humano cualquiera en este mundo. Minoría intolerada, oprimida, resistiendo, explotando y diciendo su 'Ya Basta'. Los intolerados buscando una palabra, los eternos fragmentados, nosotros. Todo lo que incomode al Poder y a las buenas conciencias". (La ternura insurgente, Cartas y Comunicados del EZLN, Arcadia, 1996, p. 54).

De este modo, a Guevara y a Marcos los iguala la elección radical por los desamparados. Guevara exigía sentir como propia toda injusticia. Marcos quiere ser negro en Sudáfrica, palestino en Israel y judío en Alemania. Los diferencia su concepción del Poder. Para Guevara --marxista ortodoxo, formado por las lecturas más clásicas y directas del marxismo-leninismo-- era imperioso tomar el Poder y luego, desde él, instrumentado el Estado, establecer una dictadura que llevara a la creación de una sociedad sin injusticias, sin desigualdades. El Subcomandante insurgente Marcos detesta tanto al Poder... que no quiere tomarlo. Escribe: "La guerra siempre ha sido privilegio del Poder; para los desposeídos quedaba sólo la resignación, la sumisión, la vida miserable, la muerte indigna. Ya no más. Los mexicanos hemos encontrado en la palabra verdadera el arma que no pueden vencer los grandes ejércitos. Hablando entre nosotros, dialogando. Los mexicanos caminamos contra la corriente. Frente al crimen, la palabra. Frente a la mentira, la palabra. Frente a la muerte, la palabra" (Ob. cit., p. 54).

Marcos, el insurgente, reflexiona a partir del fracaso de los socialismos reales. Su reflexión lo lleva a concluir que la toma del Poder acabó por contaminar a los insurgentes, quienes establecieron un nuevo Poder que se transformó en la contracara de la insurgencia originaria, en la contracara y en su negación. De aquí que no proponga una lucha por transformar la totalidad. La totalidad es el Poder, y el Poder deviene --por su propia esencia-- totalitario. La lucha por lo particular --o, si se prefiere, por eso que Sartre, en la Crítica de la Razón Dialéctica, texto que es la antítesis del stalinismo, llamaba totalidades parciales-- es, ahora, el horizonte. Tal vez parezca menos grandioso. Pero lo grandioso guarda en sí la tentación fascista, totalitaria, negadora de los particularismos y de las diferencias. Marcos no propone liberar al hombre, propone liberar a los negros en Sudáfrica, a los palestinos en Israel, a los judíos en Alemania, y también --y no en un grado de menor esencialidad-- a los gays en San Francisco, a los mapuches en Los Andes, a esa mujer que viaja sola en el Metro a las 10 p.m. y a las abatidas amas de casa de los sábados por la noche. Por eso no propone una violencia absoluta. No propone uno, dos, muchos Vietnam. Propone la insurgencia y la palabra. No faltará quien diga que Marcos es la versión light de Guevara. Preferiría decir que Marcos es Guevara más la experiencia y la sabiduría de los años transcurridos, los fracasos, los muertos, la sangre derramada. Su pathos esencial no es menor que el de Guevara: está tan indignado como él y como él sufre en carne propia todas las injusticias cometidas "en cualquier parte del mundo". Pero busca otro camino, más cercano a la palabra que al fusil, implacablemente alejado del Poder y sus tentaciones, sus trampas, sus abismos totalitarios. Si el camino del fusil y el Poder fue tan mal, ¿por qué no darle espacio y tiempo al que propone Marcos?

 

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