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LOS POLITICOS ANTE UNA CRISIS QUE NO PUEDEN CONTROLAR
Un montón de gente estúpida con mucho estúpido dinero


Por Martín Granovsky

t.gif (67 bytes) Después del viernes negro de la Bolsa, muchos quisieran que éste fuera un fin de semana largo. El más largo de la historia. Como para no saber, mañana por la mañana, si empezó un crac, un bum, la depresión, el pánico o todo el infierno junto. Comparten el mismo sentimiento Boris Yeltsin y Graciela Fernández Meijide, Alan Greenspan y Fernando de la Rúa, Osama bin Laden y Roque Fernández, José Luis Machinea y Fernando Henrique Cardoso. Los acompaña un elenco de 6000 millones de personas.

Todos temen que se aplique a este momento una famosa definición del economista Walter Bagehot: "En determinadas épocas, un montón de gente estúpida tiene un montón de estúpido dinero. A intervalos, el dinero de esas personas (el capital ciego del país, como lo llamamos) es particularmente dilatado e insaciable; busca ser devorado por alguien y se produce una plétora; encuentra a alguien y se produce una especulación; es devorado y se produce el pánico".

En la Argentina el miedo se llama recesión y el pánico, o sea un repentino miedo sin causa se resume en una palabra que ningún economista se atreve siquiera a pronunciar en voz baja. Comienza con "devalua" y termina con "ción".

"El que habla de devaluación está loco", dijo Pablo Guidotti, número dos de Roque, sobre declaraciones de Claudio Sebastiani, presidente de la Unión Industrial Argentina. "Sólo hablé de tipo de cambio", se defendió, pero no mucho, Sebastiani.

En cambio, un grupo de economistas propios y ajenos transmitió el viernes a Fernández Meijide y Chacho Alvarez una definición mucho más tajante: "Devaluar es un delirio".

Coincidieron en ese diagnóstico Machinea, Guillermo Rosenwurcel, Oscar Quatromo, Arnaldo Bocco, Guillermo Calvo, Javier González Fraga, Roberto Lavagna y Federico Sturzzenegger.

También dejaron a los políticos un menú de opciones y consejos que podría sintetizarse así:

* En el mundo países realmente en problemas, por las cifras de su economía, son Rusia y Japón y, en América latina, Venezuela y Brasil.

* La Argentina está mejor, en parte porque el Gobierno recogió las críticas de los economistas durante el Tequila y cambió las normas de supervisión bancaria.

* El Gobierno acertó, también, en reescalonar los vencimientos de la deuda pública.

* Después del Tequila debió haber desplegado una política proexportadora más activa, pero ese cuestionamiento ya es histórico.

* El peligro en la Argentina no son los números de la macroeconomía ni la fragilidad del sistema financiero, sino las profecías autocumplidas. Hablar de miedo genera miedo. Pronosticar recesión trae una economía enfriada.

* La oposición no debe descargar irresponsablemente críticas sobre el Gobierno, pero tampoco pegotearse con él. "Sobreactuar en el apoyo al Gobierno también es un acto de irresponsabilidad, porque los mercados necesitan ver la posibilidad de una alternancia", dijo uno de los economistas convocados.

* Todos, el Gobierno y la Alianza, deben transmitir el mensaje de que la Argentina está en condiciones de amortiguar los efectos de la crisis, y el mensaje debe ser tan nítido que logre neutralizar la ignorancia de quienes manejan los fondos internacionales de inversión. "Algunos son tan poco sutiles como Lafer, el de la curva, que escribió un informe recordando que Alfonsín había sido presidente durante el desembarco en las Malvinas", se rió, aunque no tanto, otro participante.

* "La prioridad es evitar el pánico", fue la definición de un invitado. "Porque el pánico, acá, se realimenta."

El tintineo de las cucharitas fue el único toque discordante en un ambiente grave. Una sesión de la Reserva Federal norteamericana debe haber sonado más irresponsable que la merienda en Callao y Bartolomé Mitre.

El clima de la reunión cambió incluso el humor político de Chacho Alvarez y Graciela Fernández Meijide, que por la crisis y el miedo al pánico asignaron un contenido distinto a ese gran eufemismo de la política argentina que es la palabra "gobernabilidad".

Para el establishment, gobernabilidad significa que entre 1999 y el 2000 --el último año de Menem y, si todo sigue así, el primer año de la Alianza-- sólo un fin de año rodeado de la simbología de fin de milenio sacudirá la monotonía de un bienio ultraliberal, con rebaja de aportes patronales, desregulación sin límites, impuestos regresivos y Congreso obediente.

Para Carlos Menem gobernabilidad equivale a licuación del poder del Presidente, que entregará la banda el 10 de diciembre de 1999 con la pasión de un gerente jubilado a quien reemplaza otro, u otra, con miedo de fracasar.

Hasta el jueves, la Alianza, y sobre todo el Frepaso, interpretaban la gobernabilidad casi como Menem. Era un paquete atado y bien atado del que sólo podían darse la libertad de admirar el moño. Alvarez estaba tan irritado con la presión del establishment que apuntaba a diferenciarse de éste marcando por lo menos un criterio distinto. "Acordemos todo lo que haya que acordar, pero nosotros ponemos la agenda de discusión, y no los empresarios", decía el jefe del Frepaso. Su razonamiento tenía, además, una lectura desde la pelea Graciela-De la Rúa por la fórmula presidencial. Si el Frepaso sobreinterpreta su cuota de responsabilidad más allá del reclamo social, a Fernández Meijide le será muy difícil distinguirse de un De la Rúa cuya imagen seria ni fue desgastada por el escándalo de su escribano general de Gobierno. "Una parte de la gente lo critica por el caso de Jorge Gómez, pero son minoría al lado de los que piensan que estuvo bien cuando en 12 horas dejó a Gómez fuera del gobierno y en 24 horas fuera del partido", dijo a este diario un miembro de la administración porteña.

La lógica completa de la Alianza varió con la catástrofe financiera del viernes, cuando "gobernabilidad" pasó a significar "ninguno quiere locuras" y cada una de las fuerzas se posicionó a su modo para el fin de semana largo. El Frepaso, con su discurso tranquilo. Los radicales, pidiendo que la Argentina impulse una respuesta común del Mercosur a la crisis. Y todos, más allá de cualquier teoría, mirando de reojo a Brasil. Frase realista (y modesta) recogida ayer por Página/12 de boca de un ex ministro radical:

--Por más vueltas que le demos, estamos en medio de un terremoto y lo único que podemos hacer es ponernos debajo del dintel esperando que no se caiga la casa del vecino sobre la nuestra.

 

LA TENDENCIA
Los nervios se acercan

El comentario arranca así: "Cuando Bill Clinton bombardea Afganistán y el Parlamento ruso pide la renuncia de Boris Yeltsin, los mercados caen en todo el mundo. Poco lógico, ¿no es cierto? Sí y no". Y explica: "Ninguna de las dos noticias tiene ni la más remota relación con el cálculo de ganancias de las empresas en la mayoría de los países occidentales. Pero lo que cambió, tanto ayer (por el viernes) como durante las últimas, tórridas semanas, es el apetito de los inversores por el riesgo. Y, dado que la valuación de los fondos está en función de cuánto riesgo los tenedores de acciones están dispuestos a soportar tanto como en función de la capacidad de generar ganancias, un crecimiento del riesgo se torna preocupante".

Publicada ayer en la página editorial del Financial Times de Londres, la nota es uno de los análisis más lúcidos de la prensa de todo el mundo sobre el futuro que puede venir tras el viernes negro del 21 de agosto.

Un tramo más: "Ahora los nervios están más cerca de casa. Por ejemplo, los dos mercados europeos más dañados el viernes fueron Alemania, por la exposición bancaria respecto de Rusia, y España, cuya economía está muy ligada a América latina. Los mercados latinoamericanos, además, fueron golpeados por el efecto dominó de la devaluación y el default de Rusia. No pasó casi nada en Venezuela o Brasil. Pero para economías frágiles, una caída en el ánimo de los inversores podría ser self-fulfilling. Y los nervios de América latina están incómodamente cerca de los Estados Unidos".


EL TEXTO
Comiendo con la mafia

Un mafioso es asesinado. Estaba comiendo spaghetti. Dos matones liquidan a un juez en medio de un restaurante. Simulaban comer tallarines con tuco. Una banda festeja la supresión de otra. Levantan sus tenedores y sus cucharas, y la pasta se estira lánguidamente. Esos son los estereotipos más comunes sobre la relación entre la mafia y la comida. En La Mafia se sienta a la mesa. Historias y recetas de la Honorable Sociedad, que acaba de distribuir Tusquets, los periodistas Jacques Kermoal y Martine Bartolomei investigaron una historia más rica, literalmente hablando. El libro incluye recetas, por supuesto. Está el menú que degustaron en Agrigento en 1963 los capos locales con Frank Sinatra. Empezaba con pierna de cordero y remataba con flan de castañas. También figura la comida entre el primado de Sicilia y el alcalde mafioso Calogero Vizzini, en 1948. Además de la pasta, una caldereta de pescados blancos y sorbete de naranja. El antecedente más notable es el menú que los sicilianos ofrecieron a Garibaldi tras la liberación de la isla. Incluía trece variedades de platos para festejar a lo grande. El libro de Kermoal y Bartolomei es apto para gourmets pero también para gente sin otro apetito que enterarse de los estilos de la mafia, de su estética, de la escenografía que monta para sus arreglos y el modo en que adorna el cinismo de quienes están a la vuelta de todo, menos del dinero fácil.

 

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