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panorama politico
Rehenes del miedo
Por J.M. Pasquini Durán

t.gif (862 bytes) Pertinaz, esta semana el presidente Carlos Menem volvió a reclamar “mano dura y tolerancia cero” para restablecer la seguridad pública en el país. Los mismos temas –la seguridad pública y la procuración de justicia– concentran la atención de los vecinos de la capital de México. Allí, el jefe de gobierno, Cuauhtémoc Cárdenas, en su primer informe a la asamblea legislativa, expuso otro enfoque: “La impunidad en cualquier nivel y circunstancia es el mejor caldo de cultivo de la criminalidad; una justicia proba, independiente y flexible es la garantía única de que el crimen y la delincuencia no quedarán impunes”.
En el reciente informe de Transparency International sobre corrupción, México mereció una calificación de 3,3 y la Argentina 3,0. O sea, no hay grandes diferencias; lo que cambia es el enfoque político para corregir esa realidad. Mientras aquí el gobierno concentra su interés en el poder de policía, en aumentar las penas o en restringir las libertades de la prensa, allá Cárdenas propuso la formación de “una red de inteligencia ciudadana” para que actúe en apoyo y control de la labor policial.
El razonamiento es éste: “Son los habitantes de esta gran urbe los que han sufrido las consecuencias de la ineptitud gubernamental en materia de seguridad pública. Son ellos los que saben dónde hay que vigilar, dónde hay que buscar delincuentes, dónde se cometen más delitos. Son ellos los que pueden sugerir modos, métodos y acciones específicas para mejorar la lucha contra la delincuencia, la corrupción y la impunidad”. Los cardenistas en México aclaran que todos los esfuerzos serán nulos “si no emprendemos ya una lucha frontal y vigorosa contra la pobreza”.
Quizá aquí el inédito contacto de la APDH (Asamblea Permanente por los Derechos Humanos) con la Policía Federal, a propósito de ofrecer condolencias por la muerte de uno de sus miembros, sea el primer paso hacia una, también inédita, relación activa entre la sociedad y las fuerzas de seguridad urbana. De ser así, otra vez una organización no gubernamental le habrá ganado la iniciativa a las fuerzas políticas, tanto del menemismo como de la oposición.
El columnista Juan Cruz en El País de Madrid recordó hace pocos días que España, primero por la represión franquista de mano dura y tolerancia cero y luego por el terrorismo de la ETA y la delincuencia común, no tuvo oportunidades de “paz para pensar, tranquilidad para hablar, sitio para crear, lugar para tener ideas” (La sombra del plomo). Otro tanto podría decirse de la Argentina, saturada de desconfianzas y temores por décadas de inestabilidad institucional, de censuras y violencias y de antagonismos políticos polarizados. Hay múltiples cicatrices y aún heridas abiertas en el cuerpo social a causa de esos desgarramientos. “Cayeron las expresiones visibles de un orden autoritario y corporativo francamente agotado; permanecieron indemnes, en cambio, ciertos rasgos propios de la práctica política antes dominante”, escribió Natalio Botana en El siglo de la libertad y el miedo.
La incapacidad de los poderes para reconstruir el pasado con parámetros de verdad y justicia le dio un sentido decadente a la política, desplazándola del poder real de decisión, que fue a parar a manos de grupos económicos concentrados. En los regímenes autoritarios, describió el checo Vaclav Havel, “el centro del poder se identifica con el centro de la verdad”, por lo cual todo lo demás es despreciable o equivocado. Así funcionó el pensamiento único en el último cuarto de siglo en América latina y el mundo. Deshumanizada y elitista, ese tipo de economía política les permitió a los conservadores evocar los miedos (a la inflación, a la evasión de capitales, a perder el trabajo o al “gatillo fácil” del rencor) para proponerse de inmediato como salvaguarda del orden, mientras recreaban la imagen del caos como sinónimo de todo cambio. Era “el fin de la historia”. El empleo de “mano dura”, cuando hacen falta “manos limpias”, no ofrece ninguna garantía contra el crimen. Nunca hubo tantos crímenes impunes como bajo la dictadura. Lo que busca es un resultado político: la ciudadanía atemorizada suele eludir los riesgos de las novedades.
La mayor novedad mundial, sin embargo, es que la economía del capitalismo salvaje (y con ella el “pensamiento único”) está colapsando los sistemas financieros internacionales. Estas estrategias de mundializar el modelo, apuntó el semanario alemán Der Spiegel, fracasaron y “han conseguido ante todo una cosa: La caída de los Estados en crisis”. Der Spiegel aseguró que hay más de 30 mil asesores –entre ellos Domingo Cavallo– pululando en Rusia. “Aparecían por todas partes como ladrones de cadáveres, siempre a la caza de buenos encargos de asesoría”, pero eso no significó que Yeltsin consiguiera buenos consejos porque todos recitaban el mismo verso, ya insuficiente para paliar tanto daño.
Pocos equipos como el del actual gobierno nacional tienen los reflejos tan apegados al dogma conservador. Ante el huracán financiero, lo primero aquí fue suspender créditos y elevar las tasas de interés. Eso contribuye a la ruina a la nación, según dice Massimo D’Alema, arquitecto de la coalición Olivos que gobierna Italia con suceso desde hace más de dos años. Explicó que en Italia “la deuda pública muy alta, determinando una alta tasa de interés, favorecía la renta financiera y así, la riqueza financiera se reforzaba pero el mundo productivo del trabajo se debilitaba”.
El progreso requiere invertir la proporción entre el trabajo y la riqueza. El gobierno del Olivo convocó a la población a un esfuerzo, ya cumplido, que le permitió bajar la tasa de interés al cinco por ciento anual y ahora se propone llegar a tres puntos y medio, como en Gran Bretaña y Alemania. En la Argentina, las tasas de interés no dejan de subir.
Eugenio Scalfari, legendario editor del matutino italiano La Repubblica, en su análisis de esta semana (Ganancias en alza, trabajo en caída) sostuvo que “la insistente demanda de flexibilidad del trabajo de parte de los empresarios corresponde a la tendencia general de limitar la expansión de la base productiva [...] con la consecuencia de que el aumento de las ganancias y de la acumulación del capital no constituye más la premisa y la condición de una fase expansiva del desarrollo”. Como evidencia aportó estos datos: “El aumento de las ganancias y del ‘cash flow’ de las empresas –que ha sido una constante de la economía italiana desde 1950 hasta hoy– nunca dio lugar a la plena ocupación”. ¿Suena conocido?
Michel Camdessus, del Fondo Monetario Internacional (FMI), en un brusco cambio de discurso, en lugar de aperturas irrestrictas ahora recomienda “ciertos controles” nacionales para el flujo y reflujo de capitales internacionales. El gurú Paul Krugman auspicia “control de cambios”. El economista español Joaquín Estefanía acaba de sugerir: “Más importante que tranquilizar a los mercados despavoridos es dar a los países pobres una participación en el futuro compartido”. Fue más allá todavía George Soros, el financista internacional que reconoció una ganancia neta en el primer semestre de 36,8 millones de dólares con su empresa IRSA en Buenos Aires, cuando advirtió al Congreso norteamericano sobre el riesgo de desintegración del capitalismo en su modalidad actual.
Los cambios de opinión son innumerables, pero la mayoría, menos los fundamentalistas, acepta que el dominio de los mercados globalizados no posee la cualidad taumatúrgica de la “mano invisible” de Adam Smith. Tampoco ésta es una crisis pasajera, más bien parece un final de época. La”revolución conservadora” no puede más que comerse las propias entrañas, porque si continúa puede arrastrar al mundo a una caída sin precedentes.
Ante esa posibilidad, de todos lados llegan voces pidiendo o proponiendo alternativas que incluyan relaciones diferentes entre el Estado y el mercado, entre la política y la ciudadanía. El británico Tony Blair hizo escuchar su opinión: “La derecha fue capaz de hacer panaceas universales de la privatización y de la libertad de mercados. Pero creó una falsa oposición entre derechos y responsabilidades, entre compasión y ambición, entre los sectores público y privado, entre una economía de empresa y la lucha contra la pobreza y la marginación”, que habrá que superar de aquí en adelante.
No importa cómo se resuelva esta crisis, ya nada será igual. Lo que hoy aparece como una necesidad es la reconstrucción de un poder político que se haga cargo del barco en la tormenta. En Estados Unidos, Bill Clinton está descartado después de que todos los enemigos políticos zapatearon sobre su bragueta, y en Alemania, la otra potencia económica mundial, recién cuando pasen las elecciones de mañana, domingo, podrá atisbarse hacia dónde se encamina.
Blair ha propuesto lo que llama “la tercera vía” como “una re-evaluación seria, que extrae su vitalidad de unir las dos grandes corrientes de pensamiento del centroizquierda –el socialismo democrático y el liberalismo– cuyo divorcio durante este siglo contribuyó tan claramente a debilitar la política de signo progresista a lo largo y ancho de Occidente”. “La tercera vía” considera a la educación “una prioridad absoluta” y a la reforma de la seguridad social “en un camino hacia el empleo”.
Lo contrario, exactamente, de los criterios con los que el Gobierno actual elaboró el proyecto de Presupuesto nacional para el próximo año. Sus previsiones, además, dependen de las elecciones de mañana en Brasil y de los recursos de los cuales pueda disponer el ganador para desactivar la bomba que late en los cimientos de su economía. Si estalla, todas las predicciones argentinas volarán por los aires y si no estalla las restricciones serán tantas que de todos modos habrá mutaciones inevitables. Por lo pronto, los anuncios de futura recesión comienzan a encontrar sustento en los datos del consumo que cae. El coloquio del Instituto para el Desarrollo Empresarial de la Argentina (IDEA) está mostrando, en síntesis, que las corporaciones económicas también están pendientes de los liderazgos políticos porque el “modelo” hace agua.
Sin un rumbo definido, las sociedades son rehenes del miedo. Las tensiones aumentan y los pronósticos se modifican en horas. Todo se vuelve incierto y desconfiable, al borde del escepticismo. Para algunos todo es posible de suceder, hasta para los que piensan que tal vez, en la confusión generalizada, pueda abrirse una brecha para colar otra vez la idea del tercer mandato menemista. Que la crisis y la indefinición de los otros lo vuelva indispensable, es el razonamiento de los continuistas.
Por su lado, en la Alianza la polémica pública sobre las transparencias administrativas en la Ciudad, emergente de múltiples desacuerdos reservados, también quedó atrapada en los temores. Ninguno de sus líderes quiere hacerse cargo de la responsabilidad por el riesgo de la ruptura. Temen que la reacción pública castigue con la indiferencia o el desdén al que pueda aparecer como “culpable” de otra expectativa frustrada. “En este mundo, se dice, lo moderno es entenderse”, escribió Cruz en El País. Bueno, mientras nadie crea que entenderse significa pacto fraudulento o, peor aún, asociación ilícita.

 

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