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Las historias de los chicos que desaparecen sin saberse por qué

Padres de todo el país, organizados para reclamar la aparición  de sus hijos, denunciaron públicamente la falta de respuestas.  Todos temen que sus casos terminen archivados en la Justicia.

Los padres hicieron una denuncia pública en el Congreso.
Son 13 casos que llevan varios años sin ser resueltos.

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Por Horacio Cecchi

t.gif (67 bytes) “Nadie puede desaparecer de la tierra porque sí. Me lo robaron”. Miriam Maldonado hace una pausa, trata de tragar el nudo que lleva encarnado como un anzuelo desde el 20 de octubre del ‘96, cuando vio por última vez a Luciano Velázquez, su hijo de 3 años. “Ahora, Luciano tiene casi 5”, dice, queriendo suavizar la herida. Miriam vino desde Chubut para que la opinión pública la escuche. No es la única: con ella hay otros 12 padres, de Tucumán, de Corrientes, de Buenos Aires, todos reunidos por el mismo motivo: buscan a sus hijos, insisten en que fueron secuestrados y se resisten a convivir con la idea de que sus casos se transformen en expedientes archivados en la Justicia o en circulares policiales de búsqueda de paradero. “No es un objeto perdido, me lo robaron.”
Son 13, entre madres y padres, cada uno de ellos en representación de sus hijos, de sí mismos, y de otros 80 casos asumidos por PIBE (Prevención, Investigación, Búsqueda y Estudio), un programa creado por la Fundación para el Desarrollo Cultural de Tucumán “por la cantidad de casos no esclarecidos de menores que desaparecen sin saberse por qué ni quién se los llevó”. PIBE funciona desde el 18 de octubre del ‘96, dos días antes de que Luciano Velázquez desapareciera en el pueblo de Sarmiento, Chubut, frente al río Senguer. “Habíamos ido a festejar el Día de la Madre. Ahí, en Sarmiento, la orilla del río es el único lugar para pasar el día. Luciano estaba con su hermano mayor. En un momento lo dejó solo y cuando volvió, Luciano ya no estaba. Pensamos que se había caído al río. Lo buscamos desesperadamente –recuerda Miriam–, desde las siete de la mañana hasta las diez de la noche. Durante cuatro meses, sin pausa”, dice y traga saliva. “Había mucha gente, pero nadie vio nada.”
“A mí me quieren hacer creer que eso es mi hijo”, dice Clara de Fernández, la madre de Duilio, de 3 años, que desapareció en el balneario Las Salinas, Tucumán, el 1º de enero de 1996, y cuyo caso fue el disparador de la creación de PIBE. “Eso” eran los restos óseos de una criatura cubierta con la ropa de Duilio, pero cuyo ADN no coincidía con el del chico desaparecido.
“Con su hermano mayor habían ido a preguntarle a un heladero cuánto costaban los helados. Su hermano volvió a pedirnos plata. ‘Dejá que yo te lo cuido’, le dijo el heladero, y nunca más lo vimos. A la tarde se desató un temporal y toda la gente se fue. Hicimos la denuncia, en ninguna heladería lo conocían. La policía hizo un identikit, durante dos meses nos instalamos en una carpa en el mismo lugar, lo buscamos hasta en el fondo del río, en el monte, amigos, familiares, todos, y no encontramos nada. Ciento ocho días después, el 17 de abril, recibimos una llamada de la policía. Nos pedían que nos presentáramos en el mismo balneario. Creímos que lo habían encontrado, pero nos llevaron al monte, donde habíamos buscado hasta debajo de la tierra, y me quisieron hacer creer que eso era mi hijo. El médico forense hasta me dio el certificado de defunción. Y lo sepultamos, pero la Justicia no nos permitió hacer las pruebas genéticas. Recién un año después conseguimos que admitieran el estudio. Primero lo hicimos en el Hospital Durand, después en Tucumán. No era mi hijo: en los dos casos dio negativo. ¿Cuál es la conclusión que saco? Que perdimos un año, que el secuestrador tuvo un año para manejarse tranquilo. Tiempo después recibimos una llamada anónima”. “Duilio está en Noruega”, dijo la voz. Clara habló con el embajador: “En el país no ingresó legalmente”, fue la obvia respuesta.
Los ojos de los 13 padres se agolpan alrededor de la mesa del bar, mientras aguardan entrar en un estudio de televisión donde repetirán sus historias. ¿Quién habla ahora, de quién es el turno de rescatar la memoria?, parecen preguntarse. No hay desesperación, son ojos grises los que cuentan. Todos recuerdan con precisión la fecha en que todo empezó de cero. “Fue el 26 de setiembre de 1993”, incorpora su relato Carlos Alberto González, padre de Carlos Fernando. “Tenía dos años. Hace tres díascumplió siete”, explica, como lo hizo cada uno de ellos. “Mi hijo está en Alemania. Se lo llevaron de una fiesta de cumpleaños en Santa Lucía, en Corrientes. Vinieron en un Ford Escort rojo, que después chocó. Por el choque y unos testigos pude seguirle el rastro. Pasó por la ciudad de Corrientes y entró en Asunción, donde estuvo dos o tres días y después lo vendieron a Alemania. Los cinco secuestradores cayeron, pero pusieron dos testigos falsos, porque después la investigación demostró que habían recibido 10 mil dólares y un auto. Me fui a Asunción y descubrí que la Casa Cuna estaba investigada por 62 casos de venta de chicos. En el negocio hay metidos jueces, en Paraguay y acá, en Goya especialmente.”
María Eugenia Cartes habla de su hijo Raúl Alfredo. María del Pilar Postai, de María Virginia. Marta Barría, de Fernando. Juan Bautista Pessi, de Angel Antonio. Ninguno se resigna al silencio. Reclaman porque lo que las carátulas llaman “búsqueda de paradero”, para ellos es un nudo en la garganta.

 

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