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EL DRAMATURGO TITO COSSA REFLEXIONA A PARTIR DEL REESTRENO DE "YA NADIE RECUERDA A FREDERIC CHOPIN"

Ya no se habla en serio de política

Lo expulsaron del secundario por escribir una redacción en que mezclaba la muerte de Chopin con el 17 de octubre del peronismo. De grande, y durante el Proceso, estrenó una obra disparada por aquel incidente. Ahora la reestrena, en un contexto social ¿muy diferente?

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Por Hilda Cabrera


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Meterse en el pasado, en el universo de las cosas triviales pero sentidas como propias, y evadirse de una realidad y de un país que se consideran ajenos son comportamientos característicos de la familia de clase media que el dramaturgo Roberto Cossa retrata en Ya nadie recuerda a Frederic Chopin, obra que se reestrena el viernes en la Sala María Guerrero del Teatro Nacional Cervantes y que los lectores de Página/12 podrán ver en función especial el jueves, previo retiro de las entradas en la redacción del diario a partir de mañana (desde las 10). Escrita en 1981 y presentada por primera vez el 8 de julio de 1982 en la desaparecida Sala Planeta, la obra es dirigida esta vez por Omar Grasso e interpretada por un elenco que integran Roberto Carnaghi, Juana Hidalgo, Darío Grandinetti, María Ibarreta, Emilia Mazer y Pepe Novoa. Los personajes surgen del pensamiento y de la soledad de una mujer madura (Susy Galán), que un 17 de octubre de 1981, mientras se dispone a cumplir con un homenaje barrial a Frederic Chopin (en el aniversario 132 de su muerte), recuerda momentos de su vida, y entre éstos otro 17 de octubre, pero de 1945. Una jornada con diferentes significados dentro de la familia Galán. Para la madre de Susy era, ante todo, una fecha de homenaje a Chopin, y para el padre --un español anarquista--, el día en que las "hordas fascistas" desbordaron la Plaza de Mayo.

Estrenada tras la Guerra de Malvinas, la obra "quedó como una especie de mito" para los que asistieron a la Sala Planeta: unas cinco mil personas. Pocos espectadores para tres meses de funciones. Sin embargo, ninguno la olvidó. Dirigía Rubens Correa, y el elenco era "maravilloso", como apunta ahora Cossa en diálogo con Página/12. En cuanto a la puesta de Grasso, el autor declara tener grandes expectativas. Aceptó incluso introducir un cambio, mínimo pero significativo, que además piensa trasladar al texto original, en caso de reeditarse el libro. Se trata de la frase que Susy dice al final de la obra a Palumbo, guardián de un parque al que no visitan los pájaros: "A partir de ahora, lo que importa es el futuro". En este nuevo montaje, el "bocadillo" le pertenece al placero, especie de aprendiz de represor. "Las obras son como la arcilla, y hoy suena más justificado que lo diga Palumbo", opina Cossa.

 

--¿De dónde surgió la idea de enlazar el aniversario de la muerte de Chopin con la movilización peronista del 17 de octubre de 1945?

--De una broma que hice en el colegio y que me significó la expulsión. La profesora de música nos había pedido hacer una composición sobre Chopin para recordar su muerte. Era un 17 de octubre, y a mí se me ocurrió asociar la fecha con Perón. El escrito fue a parar al rector, que mandó llamar a mi padre. ¡Esto no puede pasar!, le dijo, y me echaron. Yo no era buen alumno, pero tampoco tan malo. No recuerdo bien cómo era la composición, pero sí sé que yo no era un humorista fino. Hice chistes sobre Chopin y Perón, y eso era demasiado para la época. Aquel peronismo era muy duro. Mucho tiempo después, aquella humorada se me hizo muy presente. Decidí que tenía que hacer algo con eso y escribí la obra. Fue una especie de reparación.

 

--¿Qué pensaba entonces del peronismo?

--Durante los dos primeros años de peronismo, no se hablaba más que de Perón, a favor o en contra. Para el padre de un amigo mío, la mala salud, la lluvia, todo era por culpa de ése (o sea, de Perón). Como todos los grandes cambios sociales, el peronismo lo había invadido todo. Una parte de mi familia era como ésta de la obra: vivía ajena a lo que pasaba, disfrutaba de la música clásica y era antiperonista por definición. Mi padre, en cambio, era un socialista muy vital, y comparaba al peronismo con el fascismo. Otro sector era proletario y peronista. Recuerdo que las reuniones de los domingos terminaban a los gritos, no míos, porque yo era muy chico, pero sí de mi viejo, mis tías...

 

--Más allá de esa antinomia, ¿cree que hoy se discute con la misma pasión?

--Con mi familia casi no me reúno, pero con la gente de teatro, con la que sí me junto, ya no se habla en serio de política. A veces, pero solamente de algo muy puntual. No se discute. Tampoco sobre literatura. He comprobado que hoy los problemas con una computadora son todo un tema en las cenas con amigos. A mí me gusta reflexionar sobre la realidad política: soy lector de diarios, oyente de noticieros... Me interesa todo lo que se vincula con la realidad y acostumbro preguntarme qué puedo hacer con eso. Compruebo sin embargo que, a pesar de su importancia y de su impacto, todo ese material que uno lee y ve no genera el mismo estímulo que producen los encuentros y las discusiones en grupo. Yo mismo, que tengo espacios en Página/12 y en Clarín, a veces pienso escribir sobre un tema, pero después me voy desinflando. Mi impresión es que no voy a tener respuesta.

--¿Cree saber por qué?

--Creo que faltan proyectos comunes, y también el convencimiento de que el debate une. Obviamente, cuando la discusión se da entre personas que coinciden en lo ideológico. Quiero decir, que quieren vivir en democracia, que no discriminan...

 

--¿Piensa que hoy la clase media está, como Susy, entregada?

--Cuando escribí la obra, en 1981, el futuro de Susy --la única que quedaba-- era ir a bailar con el fascismo (Palumbo). Pero ni ella ni su familia eran toda la clase media. Esa era su conducta. Pienso sí que hoy la clase media está entregada, arrasada por la cultura menemista. Claro que hay excepciones: los maestros de la carpa blanca pertenecen a la clase media, y siguen resistiendo. En el '81 pensaba sobre todo en la caída del socialismo. Todavía existía alguna expectativa a pesar de su decadencia. Nosotros habíamos podido organizar Teatro Abierto, después se produjo la Guerra de Malvinas y el poder militar comenzó a resquebrajarse. Hoy ese sector social que en los años 40 tenía una idea romántica de la cultura y escuchaba a Chopin y Beethoven, está invadido y disfruta con esos programas de televisión que violan la personalidad, brutales y de mal gusto.

 

--En todo caso se muestra tal cual es...

--Pero es una derrota.

--¿De todos?

--No, todavía hay focos de resistencia, reacciones puntuales sobre hechos que tocan muy profundamente a la sociedad. Eso demuestra que tenemos reservas. Pero los proyectos políticos colectivos no aparecen. En materia económica, la izquierda argentina propone casi lo mismo que la derecha, y el abismo entre lo que piensa la gente común y los que manejan el poder es cada vez más profundo. Hay protestas, cortes de ruta, la agrupación HIJOS escracha a los represores..., pero esto al poder le resbala. Sigue firme, negociando e imponiendo la continuidad de un modelo. No sé cuánto va a durar esto, pero algún día la gente que no acepta vivir de esta manera va a reaccionar. Vemos que en esto las agrupaciones políticas se han quedado. Los políticos se diferencian nada más que por la confianza o la simpatía que despiertan, pero no están en condiciones de convocar a la gente común. Todo un barrio se moviliza para pedir que le instalen un semáforo, pero no se encolumna detrás de un proyecto social y colectivo.

 


¿Y el teatro más joven?

--¿Qué opina del teatro joven de Buenos Aires y qué lugar ocupan los teatristas de su generación?

--En Buenos Aires, el teatro joven --que se ubicó en las pequeñas salas y se mostró como un teatro de arte-- fue siempre resistente a lo establecido. Eso de matar al padre es una cosa lógica. En este momento hay un movimiento importante. En mi opinión, una sumatoria de francotiradores, porque falta un mayor vínculo entre las distintas partes del teatro (aunque en este sentido se ha hecho una interesante experiencia en el Centro Cultural Ricardo Rojas). Es cierto que hoy los jóvenes escriben y actúan, o escriben y dirigen como Daniel Veronese, que tiene gran talento, pero en general trabajan para un público cómplice. Separo de esto a Ricardo Bartís, que no es tan joven, pero es único y atrae a todos. Los de mi generación seguimos las pautas que aprendimos desde que éramos chicos: que los espacios hay que pelearlos. Con otros dramaturgos de la Fundación Somigliana nos metimos en el Teatro del Pueblo buscando un espacio de libertad, que a veces curiosamente se encuentra en los teatros oficiales, como en el taller que estoy haciendo ahora en el San Martín. Por otro lado, está en vigencia la Ley Nacional de Teatro, y estamos pidiendo otra para Buenos Aires. En lo estético, éste es un momento de gran variedad. Cabe todo. Afortunadamente, el teatro es un arte ecléctico.



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