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PENSAMIENTO
Por Antonio Dal Masetto

t.gif (862 bytes) El amigo Luis es un tipo más bien apático, temeroso, torturado por las dudas. Salvo cuandona36fo01.jpg (13200 bytes) está enamorado. Entonces no hay quien lo pare. Lo conozco desde hace años y lo he visto en acción. Su última aventura empieza cuando Martita mete sus cosas en un par de bolsos y desde la puerta le grita:

--Estoy podrida de vivir con un seco, siempre fuiste un seco, nunca dejarás de ser un seco.

Luis la persigue por el pasillo, trata inútilmente de retenerla, después levanta el puño al cielo y grita:

--Si hay alguien ahí arriba lo tomo por testigo de que muy pronto dejaré de ser un seco, lo juro.

--Seco, seco, sos un seco, siempre serás un seco --repite Martita mientras abre la puerta de un taxi.

Lo que Martita no sabe es que Luis dispone de un arma secreta. Desde hace tiempo está asistiendo a un curso de control mental. Así que a partir de este momento una sola y gran idea comienza o ocupar su cabeza. "Quiero dejar de ser un seco, quiero dejar de ser un seco", se repite mentalmente día y noche. Prepara su propio bolso y se dispone a partir hacia la costa donde un amigo posee un departamento que utiliza únicamente en verano y donde Luis se someterá a un retiro espiritual para templar su voluntad y aplicar lo que aprendió en control mental. Camino a Retiro no deja de pensar: "Quiero dejar de ser un seco". Mientras recorre la estación, se le cruza un predicador y, bendiciéndolo con la mano en alto, sentencia:

--El agua de vida te alcanzará borrando de ti toda sequedad.

Luis le da unas monedas e interpreta el encuentro como una señal prometedora. Antes de subir al ómnibus, una nena, jugando, le arroja un vaso con agua mientras grita:

--Agüita fresquita.

Durante el viaje se larga a llover. Luis se queda dormido pensando en que quiere dejar de ser un seco y se despierta con el pantalón mojado por una gota que se filtra por la ventanilla y lo salpica. La compañera de asiento es una anciana que se durmió con la cabeza apoyada en el hombro de Luis y mientras sueña llora sin parar y sus lágrimas le empaparon abundantemente el saco. Cuando llegan a destino sigue la lluvia, las calles están inundadas y Luis las recorre con los zapatos en la mano. En el edificio hay un corte de electricidad y por lo tanto tiene que subir por escalera. El departamento del amigo está en el último piso, el 21. Por suerte hay velas. Luis descubre una buena cantidad de latas, arroz y fideos. Esto lo tranquiliza porque entonces no habrá necesidad de interrumpir su aislamiento y sus meditaciones. Antes de dormir Luis se concentra en su pensamiento mágico y proyecta con fuerza su determinación de dejar de ser un seco.

Se despierta en la mitad de la noche, nuevamente empapado, ahora a causa de una gotera en el techo que da justo en el medio del colchón. Corre la cama y al amanecer descubre que la del cielorraso no es la única filtración y que el piso es un gran charco. Sigue el temporal. Un golpe de viento abre la ventana y junto con la lluvia entra una gaviota. La gaviota se queda a vivir con Luis y le hace compañía, lo mira concentrarse en su pensamiento y rápidamente aprende a abrir las latas a picotazos, por lo cual Luis debe guardarlas bajo llave porque corre el riesgo de quedarse sin provisiones.

Llega otra vez la noche y luego la mañana y nuevamente la noche y sólo hay lluvia y lluvia. De tanto en tanto Luis corre a cerrar la ventana que el viento abre. Hacia fuera no se ve nada, ni mar ni tierra. Luis está solo allá arriba, aislado del mundo, con su pensamiento único y la gaviota glotona. La ventana se abre una vez más y lo que entra no parece ser sólo lluvia y viento, sino una ola de grandes dimensiones, y lo que se ve cruzar y luego desaparecer en ese torbellino tiene todo el aspecto de un pez volador.

Entonces una antiquísima amenaza sacude la sangre y la memoria de Luis. Sin duda, se dice, el agua ha estado subiendo y subiendo y tal vez ya esté por alcanzar los pisos altos. Ahora Luis abre él mismo la ventana, toma la gaviota y la arroja afuera. La gaviota vuelve al cabo de las horas pero no trae un ramo de olivo en el pico sino un alga marina. Luis busca y encuentra herramientas y clavos y se dispone a construir algo que flote y donde ponerse a salvo con la gaviota cuando las aguas lleguen finalmente al piso 21.

Por ahora ahí lo dejamos al amigo Luis, doblado sobre las tablas, martillando y martillando, un poco desconcertado por el giro de los acontecimientos, pero todavía firmemente empecinado en demostrar que puede dejar de ser un seco y recuperar así el respeto y el amor de Martita.


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