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MAÑANA VOLVERA AL ESPACIO UN VETERANO ASTRONAUTA DE 77 AÑOS
El abuelo que se pondrá en órbita

Fue el primer estadounidense en recorrer la órbita terrestre. Ahora es senador y vuelve a la carga, a bordo del Discovery.

John Glenn está desde ayer en Cabo Cañaveral para participar de los preparativos del viaje.
Deberá tragarse un termómetro para que se registren las variaciones de temperatura de su cuerpo.

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Por Mónica Flores Correa desde Nueva York

t.gif (67 bytes) A John Glenn casi le costó más persuadir a su esposa Annie de que lo apoyase en su proyecto de volver a ser astronauta, que convencer a los científicos de la NASA de que él podía volver al espacio. Erróneamente, su mujer durante cincuenta y cinco años había creído que la inclinación por las misiones peligrosas del primer estadounidense que dio vuelta a la órbita de la Tierra en una pequeña cápsula espacial eran cosas del pasado. “Decir que Annie recibió la noticia con frialdad sería una forma benigna de describir su reacción”, confiesa el senador demócrata con una sonrisa traviesa que intensifica las arrugas bien ganadas en 77 años de vida. Después de un tira y afloje, la señora Glenn se resignó a un destino que le es muy conocido, el de mujer de un militar de la NASA, y con estoicismo comenzó a colaborar en el entrenamiento de su cónyuge. Mañana, Glenn será uno de los siete tripulantes de la nave espacial Discovery y, siguiendo su costumbre de ser primero en algo cuando se trata de volar, será el primer anciano flotando en el ambiente ingrávido del espacio.
Su misión específica en los nueve días que durará el viaje es la de conejito de indias. En las respuestas de su organismo, la NASA estudiará el proceso de envejecimiento humano en el espacio. Los críticos dicen que es una decisión insensata, por el eventual peligro que entraña la misión en sí misma y especialmente para un septuagenario. Y que el interés de la agencia en la investigación geriátrica no es tal sino que envía a Glenn a levitar y rebotar en el cohete como un gesto de relaciones públicas.
A pesar de estos rechazos, muchos consideran que hay algo conmovedor en la obstinación de este viejito que nunca se rindió a la idea de que no iba a regresar a su verdadera pasión de rebotar y levitar a millones de millas de la Tierra. Sobre gustos, desde ya, no hay nada escrito.
Su hazaña la protagonizó el 20 de febrero de 1962, cuando se convirtió en el primer norteamericano que circunvoló la órbita terrestre. Luego, Glenn se encontró con la reiterada negativa de sus superiores cada vez que se ofrecía para integrar otra misión. Al comprobar que era dejado sistemáticamente de lado cada vez que se elegían las tripulaciones para los programas Géminis y Apolo, decidió renunciar a la NASA en 1964. Según se enteró años después, el presidente John Kennedy jugó un papel importante en la frustración que arrastró por décadas. El motivo de su postergación lo leyó posteriormente en un libro. “Leí que Kennedy había dicho que no quería que yo regresase allá arriba”, contó Glenn. “No sé si temía las consecuencias políticas si yo me moría, pero cuando yo descubrí esto, él ya hacia tiempo que estaba muerto y no se lo pude preguntar.”
Luego de su retiro de la NASA, Glenn paso una década trabajando para la industria privada. En 1974, optó por la carrera política y fue elegido senador demócrata por el estado de Ohio. Su historia con el espacio parecía haber concluido para siempre.
Sin embargo, en 1995 Glenn encontró un atajo para volver a ponerse la escafandra. Como miembro de la Comisión Especial para el Envejecimiento, del Senado, estaba hojeando un libro sobre fisiología en el espacio cuando se le ocurrió un pensamiento que fue una epifanía. Los médicos habían identificado en los astronautas cambios similares a los que se dan en el envejecimiento. Por ejemplo, cambios cardiovasculares, motores y alteración de los ciclos del sueño.
“Pensé que podíamos aprender mucho si enviábamos una persona mayor allá arriba y estudiábamos los cambios en el sistema corporal”, comentó Glenn. Por supuesto, entendió que la “persona mayor” sería él mismo. Y así empezóa hacer lobby con la NASA, primero aproximándose a algunos de sus médicos y finalmente hablando con Daniel Goldin, el director de la agencia.
Goldin no tomó la decisión a la ligera. Se convenció sólo cuando los científicos y doctores de la NASA atestiguaron que tanto la salud y el estado físico de Glenn, como su proyecto, eran excelentes. A principios de este año, Goldin lo llamó a Glenn al Senado y le dijo que sí, que volvía al espacio y que se aprontase para empezar el entrenamiento.
Entre sus tareas, la misión del Discovery lanzará un satélite para estudiar el sol y llevará a cabo más de 80 experimentos, como probar piezas nuevas para el telescopio espacial Hubble. La nave transporta un laboratorio presurizado, donde Glenn llevará a cabo la mayor parte de su trabajo procesando muestras de orina y sangre de los otros tripulantes y prestándose a una serie de tests. En la Tierra, los médicos analizarán la función inmunológica y los niveles proteicos de su sangre, lo que requerirá extraer múltiples muestras durante el vuelo. Tantas muestras que Glenn llevará implantado en su brazo un catéter permanentemente para evitar la pinchadura de una aguja cada vez que se someta a un análisis.
El uniforme de Glenn estará “adornado” con sensores que medirán su sueño y tendrá que tragar un termómetro del tamaño de una píldora, que informará la temperatura del hombre a medida que se desplaza por su cuerpo. Pero a Glenn, si el hecho de que lo lancen al espacio en un cohete no lo intimida, mucho menos lo amedrenta que le saquen sangre casi sin parar. Todo lo contrario, se podría decir que esos exámenes tan desagradables hasta lo ilusionan. “Todo esto nos da el potencial no sólo para tratar con las fragilidades de nuestra población vieja sino para ayudar a los jóvenes a que eviten los problemas a medida que van envejeciendo”, explicó.
En tanto, ¿dónde estará la paciente Annie mañana? Como en 1962, observará el lanzamiento en Cabo Cañaveral, pero esta vez podrá tomar de la mano a sus dos hijos cuando comience la cuenta regresiva con la que el jefe de la familia iniciará el cumplimiento de su sueño. La primera vez, el hijo y la hija no fueron porque los padres prefirieron que no interrumpiesen la asistencia al colegio. También estarán los nietos mirando al abuelito en su traje de astronauta amarillo. A Glenn le encanta repetir que estos chicos tienen la misma edad, 14 y 16 años, que la que tenían sus hijos cuando él se fue a circunvolar la Tierra en el Mercurio.

 

Lo que hizo en la Tierra    

Hace unos años, un rival político hizo campaña contra el insistente astronauta con el siguiente slogan: “¿Qué diablos hizo John Glenn en esta Tierra?”. La frase suena mucho más graciosa en inglés –”What on earth has John Glenn done”– porque juega con la intraducible expresión ‘what on earth’ (que significa “qué diablos”, pero literalmente es “en la Tierra”).
Su interés por la política es bastante menor que el que siente por el espacio. Así y todo, es un senador respetado que hizo algunas cosas en esta Tierra y no únicamente usufructuar su fama de héroe de la conquista del espacio. En 1994 se aprobó como legislación su proyecto de sanción a la proliferación nuclear, que en los últimos tiempos se aplicó para castigar a India y Pakistán por sus rebeliones atómicas.
En enero, Glenn se jubilará como senador demócrata. Dice que extrañará un poco pero no desesperadamente. “Nunca he sentido una alegría feroz en hacer campaña. Y especialmente no me ha gustado recolectar dinero para ello. Es lo más espantoso de todo”, confesó.
Pese a los aspectos negativos de la política y pese a que, claro, no es lo mismo que volar, Glenn sigue pensando que el llamado “arte de lo posible” es una de las profesiones “más honorables”. A su entender, “cuando alguien dice que la política es tan sucia que no quiere tener nada que ver con ella, lo que está diciendo es que no quiere ensuciarse con la democracia”, sostiene. Por supuesto, tiene planes para después del Discovery. “Enviaré mis papeles a la universidad de Ohio, que planea abrir un instituto en mi nombre. Estoy ansioso por volver allí y también por trabajar en Muskingum College, la escuela a la que fuimos Annie y yo”, dice.


Menem y el sueño del pibe
Por Sergio Moreno

Era la primera vez que pisaba la NASA. Durante treinta minutos los directores del centro espacial le contaron la historia de la conquista del espacio y los próximos pasos a dar. Entre ellos, el viaje que mañana iniciará John Glenn. Uno de sus guías fue otro veterano astronauta, John Young, uno de los doce hombres que caminaron por la Luna. Con Young entró al simulador de vuelo del transbordador y ejecutó un despegue y un regreso por desperfectos técnicos. Debió aterrizar en condiciones adversas y, al decir de los presentes, lo hizo aceptablemente. Bajó del simulador con una sonrisa, exultante, entusiasta como un adolescente. La imagen de John Glenn aún se reflejaba en sus ojos. Glenn tiene 77 años, él cumplió 68 el 2 de julio. El aterrizó perfectamente el transbordador, con todo en contra. Si John Glenn sale mañana nuevamente para el espacio, a sus 77 años, ¿por qué no podría hacerlo él dentro de un tiempo? Sus ojos eran dos brasas. Le pusieron los micrófonos y no se pudo contener. “En los próximos cuatro años, cuando deje la Presidencia, voy a hacer un curso de astronauta”, dijo. Todos sonrieron. Pero, media hora después, cuando debió explicarles a los empresarios más poderosos de Texas por qué les había inflingido un plantón de 45 minutos, volvió sobre el tema. “Estaba en la NASA”, comenzó su relato Carlos Menem ante su impaciente audiencia de petroleros y lobbystas. “En los próximos cuatro años, cuando deje la Presidencia, voy a hacer un curso de astronauta”, repitió textualmente. La imagen de John Glenn, con sus 77 años –nueve más que él–, estaba de nuevo en su cabeza. Aún seguía sonriendo.

 

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