Por James Neilson |
Se trata de una estrategia inteligente que podría funcionar, pero su eventual éxito depende de que los líderes de la Alianza acepten cumplir los papeles que les están proponiendo sus adversarios peronistas. En cambio, si estos líderes prestan atención a la gente, entenderán que la atracción de la Alianza se debe a la sensación de que es un movimiento auténticamente nuevo, no un mero artilugio coyuntural, fruto de otra maniobra habilísima urdida por Raúl Alfonsín con la ayuda de Chacho Alvarez. Además, a los aliancistas no les convendría interpretar al pie de la letra los resultados de la interna abierta: reflejan la voluntad de los comprometidos y de los "movilizados" por los respectivos aparatos, uno eficaz, otro artesanal, pero distorsionan el sentir menos explícito del sector incomparablemente más amplio que se dice decidido a votar por la Alianza en 1999. Los peronistas esperan que la interna aliancista continúe al
esforzarse los radicales por aprovechar al máximo la hazaña del fin de semana, pero es
del interés de la Alianza cerrar este capítulo cuanto antes para dar comienzo a la
externa. Si esto sucede, el oficialismo no tardará en darse cuenta de que el año que
siguió a la irrupción triunfal de la Alianza le resultó fácil porque "la
alternativa" estaba totalmente ensimismada por sus propios asuntos, pero que en
adelante tendrá que convivir con un movimiento en alza que es mucho más imponente que la
UCR que enfrentaba en otras épocas y que, con la adición de algunas
"estructuras", podría convertirse en el natural partido de gobierno. |