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El misterio de Hitler

¿Maldad pura? ¿Agente de las fuerzas históricas? El debate sobre el autor del Holocausto es incesante y al parecer inagotable. En este ensayo de la revista "New York Review of Books" se discute una nueva obra, "Explicando a Hitler", que resume "la historia de las historias de esta figura oscura".

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El Führer a los seis meses

Por John Gross

t.gif (67 bytes)  En 1952, reseñando la primera edición de la biografía de Hitler de Allan Bullock, el historiador Lewis Namier comenzaba su artículo preguntando con una nota de asco, "¿Tenemos que hablar de Hitler?". El sabía que no hay opción: "Sí, tenemos, aunque el tema sea revulsivo". Casi cincuenta años después, la respuesta es la misma. Entre los libros recientes sobre el tema se distingue Explaining Hitler: The Search for the Origins of his Evil (Explicando a Hitler: la búsqueda del origen de su maldad), de Ron Rosembaum, editado por Random House en Estados Unidos.

Primero, porque es el trabajo de un periodista en una época en que Hitler es tema de estudiona18fo02.jpg (8825 bytes) exclusivo de los académicos. Segundo, porque el tema no es tanto la historia de Hitler mismo, sino la "historia de sus historias", de los intérpretes de Hitler y las conclusiones a las que llegaron. ¿Cómo se transformó en lo que era? ¿Cuánto de su carrera fue cálculo frío y cuánto fanaticismo? ¿Cómo explicar su desnuda crueldad? Buscando estas respuestas, Rosenbaum hizo un viaje solitario por los territorios de la academia y la especulación, entrevistando a historiadores, filósofos, teólogos, expertos variados. El autor describe sus encuentros, explica sus visiones y, como no es un oyente pasivo, discute los temas.

El resultado es que, como raramente ocurre en obras históricas, el autor transmite la sensación siniestra que emite la personalidad de Hitler, sus infinitas malas ondas. También ganan urgencia elementos que se tornaron rutina. Hitler fue descripto muchas veces como un criminal, una palabra que gana resonancia cuando Rosenbaum relata la campaña en su contra del diario Munchener Post, en los años '20, una campaña que acabó con la salvaje venganza de los nazis al llegar al poder, en 1933. El Post detectó a Hitler al comienzo mismo de su carrera y leer sus artículos sobre el partido y su Führer es entender qué poco wagnerianos y titánicos él y sus seguidores les resultaban a sus oponentes, qué tan acostumbrados estaban a crímenes como el asesinato, la falsificación de moneda y el chantaje. De hecho, sumergirse en los archivos del diario hace que Rosenbaum, siguiendo a Bertolt Brecht, defina a Hitler como un gángster primero, un ideólogo después, como un hombre que disfrazó sus instintos criminales con un ropaje ideológico.

na18fo03.jpg (10243 bytes)Un pequeño gángster, un agitador de café y, antes de eso, un homeless fracasado de las calles de Viena ... Y sin embargo, este hombre llegó a ser amo de Alemania y hundió al mundo en una guerra. Hasta en este siglo de convulsiones, su historia sigue siendo extraordinaria.

Hitler siempre se describió como un hombre del destino, y Mi Lucha está cruzada de invocaciones al destino. Los historiadores raramente compran una noción semejante, e insisten con que su carrera sólo fue posible por la Primera Guerra Mundial y por la Gran Depresión. También afirman que nunca hubiera llegado al poder sin los errores de sus enemigos y sin las maniobras de los que pensaron que podían usarlo. Todo esto es indiscutible hasta cierto punto, porque el actor necesitaba una audiencia y apoyo financiero. Este oportunista nunca hubiera llegado a nada sin oportunidades que tomar.

Pero a la vez es fácil relativizar de más la personalidad de Hitler. Para medir la diferencia que hizo su persona, hay que jugar al juego de la historia alternativa, sólo que este caso merece una consideración especialmente seria. Supongamos que Hitler hubiera muerto en el putsch de 1923 en Munich, como casi ocurrió. Es muy posible que de todos modos algún gobierno militarista y nacionalista hubiera llegado al poder en Alemania, pero es muy poco seguro que hubiera tenido el carácter del régimen nazi.

Nada muestra más la habilidad política y la suprema autoconfianza de Hitler que su éxito en unificar bajo su mando a la derecha radicalizada alemana, después del fracaso de Munich en 1923. ¿Alguien más podría haber hecho esto? ¿Gregor Strasser tal vez, el pequeño líder volkisch que aparece al pasar en todas las historias del período? Nunca lo sabremos, pero no parece posible. Hasta suponiendo que hubiera muerto en el poder, en los años '30, ¿es pensable que sus sátrapas hubieran seguido el mismo rumbo? Es más, ¿se hubieran puesto de acuerdo sobre un sucesor?

Los estudiosos describen a Hitler como un dictador "débil", y se maravillan de su indolencia tras haber llegado al poder, de la cantidad de decisiones que delegaba. Pero esto es racionalizar una situación irracional: por mucho tiempo que desperdiciara Hitler desde el punto de vista normal, había dos funciones esenciales para el régimen que cumplía 24 horas al día, la de ser su foco emocional y la de mantenerlo unido.

Rosenbaum no intenta explicar el nazismo y se concentra en los aspectos más íntimos y básicos de la personalidad de Hitler. Hay tres temas que le interesan en particular: el intento de entender a Hitler en términos psicológicos, el de entenderlo moralmente, y la historia del desarrollo de sus ideas.

La psicobiografía no es una disciplina que haya dado sus frutos, pero Rosenbaum dedica algunas páginas aunque sea a demoler sus extremos. Por ejemplo, al "partido de la perversión", los historiadores que afirman que Hitler tenía y actuaba fantasías sexuales anormales, como "lluvias doradas". No hay que ser terapeuta para sentir que algo oscuro había en la sexualidad de Hitler. Pero, aun si la Escuela de la Perversión pudiera probar su caso más allá de toda duda, ¿qué demostraría? Muchísimos hombres cumplieron las fantasías que se le atribuyen a Hitler, y, que se sepa, pocos se comportaron como él en otros aspectos. Con la misma lógica, ¿habría que concluir que hubiera sido más "normal" si se hubiera casado felizmente, como Himmler?

En el fondo, la distancia entre sus roñas personales y la miseria que desató sobre la humanidad es demasiado vasta para ser entendida. Lo que no quita que si se considera al nazismo en conjunto, hay una cierta validez simbólica en las especulaciones sobre neurosis sexuales. Las atrocidades nazis se caracterizaron por un nivel sin precedentes de sadismo, no simple brutalidad. La tortura constante e institucionalizada fue tan importante para los nazis como el asesinato: por algo sus uniformes se incorporaron al imaginario pornográfico, donde, es tentador pensar, pertenece Hitler.

Lo que no es defendible es el departamento de la psicobiografía que intenta ligar el antisemitismona18fo03.jpg (10243 bytes) de Hitler con una "fuente judía", ya sea un ancestro judío o un infortunado encuentro con judíos. En el mejor de los casos, esos intentos acaban en formas indirectas de culpar a las víctimas (tiene que haber un judío responsable del Holocausto). Rosenbaum destruye esta disciplina y en el camino encuentra una historia de esas que no podrían haberse inventado.

El médico de la familia Hitler durante su infancia en Linz era Eduard Bloch, un judío. Esto resulta remarcable en sí mismo y unido al hecho de que la madre de Hitler, Klara, fue atendida por Bloch en la enfermedad terminal que la mató, dio pie a muchas especulaciones. Klara, cuyo hijo la adoraba con devoción, murió de cáncer de pecho cuando él tenía 18 años, sufriendo fuertes dolores que fueron agravados por aplicaciones de gasa iodada. Una especulación es que Bloch equivocó el tratamiento o que Hitler asumió que lo había hecho, con lo que quedó traumatizado y lleno de odio por el médico judío. En contra de esta teoría, hay dos hechos establecidos: Hitler expresó su cálida gratitud a Bloch (hasta le regaló una de su acuarelas, dedicada) y, mucho más importante, al anexar Austria en 1938 le dio un permiso especial para dejar el país, lo que le permitió emigrar a EE.UU. Va sin decirlo que para los que creen en la teoría del resentimiento, esto indica que el odio de Hitler era subconsciente. Pero la mayoría prefiere reservarse su juicio.

La historia no termina aquí. Bloch se instaló en barrio del Bronx, en Nueva York, donde en 1942 fue visitado por Walter Langer, que estaba escribiendo un estudio secreto sobre la personalidad de Hitler para la OSS (la antecesora de la CIA), y una de sus asistentes, una refugiada austríaca llamada Gertrud Kurth. Más de medio siglo después, Kurth, con 92 años pero todavía perfectamente lúcida, le contó la entrevista a Rosenbaum.

Algo que Kurth y Langer querían confirmar era la persistente leyenda de que Hitler tenía un solo testículo. ¿Era verdad?, preguntaron. Y allí, en el Bronx, en el medio de la guerra, llegaron tan cerca como puede llegarse de tener una respuesta definitiva. Bloch, que había examinado a Hitler durante su adolescencia, contestó que no, que no tenía ninguna anomalía genital. Todo estaba bien en ese departamento.

No fue este momento de la verdad que dejó la impresión más profunda en Kurth, sino un comentario de Bloch. Al terminar la entrevista, y cuando se iban, el médico les repitió una y otra vez que Hitler era "un muchacho tan simpático". Langer y Kurth no contestaron, salieron a la calle, se alejaron y sólo entonces, comenzaron a reír y reír con "una risa amarga". Sin duda, era la reacción más apta en 1942, ésa o el enojo. Pero a esta distancia en el tiempo, la escena gana en drama, sobre todo porque Kurth nunca dudó de la exactitud de los recuerdos de Bloch.

Claramente, el doctor vio al joven Hitler en su mejor faceta. Otros relatos pintan una escena menos rosa, sugiriendo que el muchacho era difícil, cambiante, testarudo, fácil de enojar. A la vez, no se conoce nada demasiado terrible sobre él, nada que pueda resultar particularmente ominoso visto desde el futuro. Si Hitler atormentó a otros chicos, si torturó animales o cometió crímenes juveniles, no quedaron registros.

Como bien destaca Rosenbaum, éste siempre fue el dilema de los explicadores de Hitler: cómo y por qué este relativamente inofensivo muchacho se transformó en el más temible asesino en masa; cuánto tiempo estuvo cociéndose su veneno. Y en conexión con estas preguntas incontestables está el problema más amplio y más racional del desarrollo político de Hitler. ¿Cómo se formó su visión del mundo? ¿Hasta dónde podemos identificar un punto de inflexión?

Si le creemos a Hitler, sí hubo una experiencia crucial: la visión que tuvo mientras se recuperaba de un ataque con gas mostaza en el hospital militar de Pasewalk, en Pomerania, en noviembre de 1918. Abrumado por las noticias de la rendición alemana, sufrió una devastadora crisis nerviosa, de la que emergió convencido de que su misión era salvar al país de aquellos que lo habían traicionado. Sobre todo, descubría con enorme claridad en ese momento, de los judíos. Naturalmente, este relato invita al escepticismo, porque era útil para su leyenda maximizar el drama de lo que sea que ocurrió en Pasewalk, construyéndolo como una experiencia casi mística. La mayoría de los historiadores piensan que el terreno estaba bien abonado, en particular por las influencias antisemitas de la época. Aun así, algo debe haber pasado en ese hospital. La rendición alemana, un desastre público, parece haberlo golpeado mucho más duramente que los desastres personales que había sufrido hasta entonces, incluyendo sus años de vivir en la calle en Viena. Este evento tuvo un lugar central y permanente en su pensamiento político.

¿Podría Hitler haber entrado en la política en cualquier circunstancia? Probablemente, pero menos de un año después de su experiencia en Pasewalk tuvo un golpe de suerte: el departamento de información del ejército alemán, creado para contrarrestar la propaganda espartaquista, lo envió a un curso de instructores. En ese curso, Hitler descubrió su talento como agitador. Entonces, en setiembre de 1939, se unió al Partido Alemán de los Trabajadores, un minúsculo grupo extremista al que pronto le agregó lo de Nacional Socialista en el nombre. En cosa de semanas se había establecido como su orador estrella y, en abril de 1920, ya anunciaba que "no descansaremos en la lucha hasta que el último judío sea eliminado del Reich alemán".

Otros elementos clave de la ideología nazi --el principio del Führer, la noción de Espacio Vital-- aparecieron gradualmente durante los años '20, pero la capacidad nazi para el genocidio estuvo implícita en los discursos de Hitler desde el mismo comienzo. Esto no significa que ya había planeado el Holocausto en términos claros. Estamos hablando de perfiles de pensamiento más que de planos de construcción, con intenciones a medio formular y posibilidades que el mismo perpetrador no puede admitir ni a sí mismo y que sabe que no puede compartir con otros. Sólo podemos adivinar hasta qué punto el Hitler de los años '20 entrevió a dónde llegaría, pero lo que importa es que se movió en la dirección en la que siempre quiso ir. Desde el principio, su carrera política fue una carrera en la maldad.

No hay otra figura histórica que tenga la misma aura de maldad. La palabra se pega a Hitler, mientras que para otros déspotas alcanzaría con "crueldad". Y no es simplemente una cuestión de números, de estadísticas de asesinatos. Stalin mató a más gente, probablemente Mao también, pero si se trata de medir los extremos de la maldad, hay en Hitler una indefinible cualidad que le da ventaja. Hacia el final de su libro, Rosenbaum cita a Robert Conquest, un historiador que sería la última persona en disminuir los efectos malignos del stalinismo. Pero hasta Conquest admite que, si tuviera que compararlos, "diría, con reservas y subjetivamente, que el grado de maldad de Hitler es peor que el de Stalin".

Hay otros entrevistados que reflexionan sobre la maldad hitleriana. El filósofo Berel Lang amplía su tesis de que, lejos de creerse rectos y honestos, Hitler y sus secuaces sabían que estaban haciendo algo monstruoso y se alegraban de ser "artistas de la maldad", orgullosos de su originalidad. El teólogo Emil Fackenheim postula lo que Rosenbaum llama "una diferencia radical entre la naturaleza humana y a naturaleza de Hitler", diferencia que "sólo Dios puede entender". Para el historiador Yehuda Bauer, por el contrario, la barbarie nazi, por más extrema que sea, fue "desafortunadamente normal" en el contexto de la historia humana: Dios no tiene nada que ver.

Como destaca Rosenbaum, hasta el ateo Bauer no vacila en usar el término maldad en conexión con Hitler, aunque es una palabra con asociaciones teológicas. En esto, el historiador es representativo. La mayoría de los humanistas tienden a rechazar una palabra con tantas posibilidades oscurantistas, pero en el caso de Hitler suelen hacer una excepción. Y aunque puede ser que simplemente quieren mostrar la profundidad de su odio, el uso de esa palabra también implica que hay un nivel en que la explicación racional de la mala conducta --la explicación social, psicológica, histórica-- ya no parece adecuada. Al tratar de entender a Hitler, tarde o temprano se entra en el territorio de lo inexplicable.

La mayoría de los entrevistados en el libro concuerdan. Para Trevor Roper, "Hitler sigue siendo un misterio que asusta". Para Emil Fackenheim, lo que ocurre es "que entre más se acerca uno a una explicación, más se ve que nada puede explicar a Hitler". Esto no significa que piensen que hay que abandonar la búsqueda de sentido: por el contrario, todo lo que pueda rescatarse de la oscuridad debe ser rescatado.

Hay una voz en disidencia. Para Claude Lanzmann, el realizador de la película Shoah, intentar explicar a Hitler y el Holocausto no es apenas futil sino también una forma de sacrilegio que él y sus discípulos se ocupan de denunciar con estridencia. Rosenbaum relata la hostilidad con que fue recibido por Lanzmann, la violencia con que el cineasta ataca a estudiosos del Holocausto que quiebran su tabú, que se resume en "no buscarás saber por qué". El retrato de Lanzmann deja la pregunta de cómo el autor de una obra maestra como Shoah puede resultar una persona tan insoportable y violenta.

Curiosamente, la persona con la que Rosenbaum muestra más afinidad es una que no pudo entrevistar para su libro porque había muerto en 1990, la historiadora Lucy Dawidowicz. Existe una división entre los historiadores del nazismo entre "intencionalistas" y "funcionalistas", entre los que piensan que Hitler planeó la solución final y los que opinan que se encontró con ella, llevado por los eventos y por las decisiones y pedidos de subordinados que no controlaba realmente. Naturalmente, hay posiciones intermedias en este argumento, y en el espectro entre los extremos, Dawidowicz estaba en la postura más intransigentemente intencionalista. En su libro La guerra contra los judíos, publicado en 1975, la autora argumentó con energía que Hitler concibió la misión de destruir a los judíos --esto es, destruirlos físicamente-- ya en 1918, y que esta noción fue su verdadera fuente de energía. Es un libro potente, de formidable erudición y un fuerte sentido de justicia. Tal vez por eso habría que tomar distancia del libro, pero se entiende que Rosenbaum simpatice. Leyendo a los funcionalistas y viendo cómo responsabilizan "al sistema", uno recuerda la frase de Baudelaire de que el mejor truco del diablo es convencernos de que no existe. Dawidowicz nunca le permitió a Hitler desaparecer en la multitud.

Si se acepta su tesis, se deduce que Hitler fue un maestro del disimulo. Sus aparentes vacilaciones sobre poner en marcha el genocidio serían gambitos, la vaguedad de sus amenazas serían deliberadas. Por supuesto, había razones políticas para disimular lo que se preparaba y la mayoría no buscaría más explicación que ésa. Pero Rosenbaum, siguiendo una nota al pie de Dawidowicz, ve algo más: un secreto deleite, "la risa de alguien que sabe lo que está haciendo y lo disfruta hasta el tuétano, disfruta del lenguaje cifrado en que habla del tema, disfruta el hecho de la broma que sólo es entendida por unos pocos".

Si se cree lo que decía en público, Hitler estaba obsesionado por la idea de que los judíos se reían de él. En tres discursos importantes --enero de 1939, enero de 1941 y setiembre de 1942-- se describió a sí mismo como el objeto de la constante burla judía. A tres años del comienzo de la guerra, todavía podía concitar la imagen de los judíos burlándose, aunque prometía que no lo harían por mucho tiempo más. La primera reacción es pensar qué profundas eran sus fantasías de persecución aun en la cima del poder. En algún rincón de su ser, debía encontrar la idea de que se burlaran de él totalmente insoportable. Pero Rosenbaum argumenta convincentemente que la fantasía del "judío riente" es en realidad un desplazamiento. En verdad, el que se estaba divirtiendo era Hitler, disfrutando de una alegría obscena que proyectaba en sus víctimas. Esta imagen del "Hitler riente" es una que Rosenbaum nos deja grabada.

¿Por qué no? Se podría escribir un libro sobre el humor del Holocausto. Hay abundante evidencia, de los campos y de otros lugares, de que para los que lo perpetraron el Holocausto era una fuente de gran diversión, una gran broma que daba el espacio para practicar infinitas bromas menores. Rosenbaum podría haber mencionado la anécdota de Eichmann, que una vez le contó a un amigo que la idea de haber ayudado a matar a millones de judíos "me va a hacer saltar de risa hasta en la tumba".

Explicando a Hitler nos presenta un panorama y no una tesis. Rosenbaum escucha a los expertos y rescata puntos de valor en cada uno, pero hacia el final del libro asoma su preferencia por la imagen de un Hitler que es un genio malvado, un motor primario, una excepción que actúa más allá de la experiencia humana normal. Su simpatía por Dawidowicz se refuerza con otro entrevistado, Milton Himmelfarb, que hace quince años publicó un ensayo cuyo título dice todo: "Sin Hitler no habría Holocausto". Rosenbaum encuentra esta idea convincente; su Hitler es una figura movida por el odio que tenía un plan y lo siguió hasta el final.

Si nos quedamos con la tesis del "genio malvado" terminamos como comenzamos, con una sensación de desbalance. La idea de que un hombre pudo destruir tanto sigue siendo insoportable como antes, y el hombre mismo, por más poderes oscuros se le atribuyan, continúa la misma figura arrugada y desprolija que siempre pareció ser, "un hombre pequeño". Lo único que puede achicar el misterio, si bien no puede disolverlo, es volver al contexto histórico más amplio. Que no habría habido un Holocausto sin Hitler es una verdad que necesita ser ampliada. Sin colaboradores y aliados dispuestos, tampoco hubiera habido Holocausto. Y esto porque Hitler no fue sólo un malvado sino que fue además el instigador de la maldad en otros: de iniciativas malvadas, no meramente de obediencia a sus órdenes. Tal vez el historiador Louis Micheels exageró un poco cuando le dice a Rosenbaum que antes de Auschwitz no sabíamos qué tan mala puede ser la naturaleza humana. Tal vez, dada la evidencia que ya existía, habíamos adivinado a medias. Pero fue Auschwitz lo que hizo ese conocimiento inescapable. Es por esa razón, no menos que por el contexto de razones políticas mundanas, que Hitler no puede ser pensado aisladamente. Hasta los intencionalistas, si realmente quieren entenderlo y explicarlo, tienen que mirar más allá del hombre.

(La obra más reciente del autor de este artículo es Shylock: A legend and its Legacy.)

 

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