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La historia del aparato que medía la vanguardia

Algunos dicen que nunca existió, pero en enero de 1953 se registró un invento, ideado por Pierre Boulez, capaz de determinar la modernidad de una obra: el “contemporaniómetro”.

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Por Diego Fishcerman

t.gif (67 bytes)  Una de las pasiones de las vanguardias es la caracterización del enemigo. Como en todas las revoluciones, la identidad depende más de los defectos ajenos que de las virtudes propias. Y la estética que monopolizó la vida musical europea de los años ‘50 llevó esa pasión hasta un extremo peligrosamente parecido al absurdo. El compositor Albert Gill, famoso por acompañar en sus siestas al sueco Bo Nilsson durante las conferencias de Theodor Adorno, solía bromear acerca de la existencia de una “policía serial”, encargada de vigilar el grado de disonancia de las obras musicales estrenadas en esos años. “La detección de un acorde mayor, aunque fuera casual –decía–, equivalía a la deportación.” Hablaba, claro, de la deportación de los Festivales de Verano de Darmtadt, en donde el serialismo derivado de las últimas obras de Anton Webern se había convertido en única palabra posible. Pero, como siempre, la realidad parece haber superado a la ficción.
Aunque algunos –empezando por el propio Pierre Boulez, gestor del proyecto– se encargan dena28fo02.gif (1111 bytes) negar los hechos y otros sostienen que sólo se trata de una leyenda urbana más, el contemporaniómetro tiene todo el aspecto de haber existido realmente. Con número de patente de invención 170009 R/122, registrado en enero de 1953, este aparatito, ideado por Boulez y construido por el ingeniero Jean-David Clouard, tenía como fin, sencillamente, detectar el nivel de vanguardismo de una obra y llegó a ser utilizado en el Festival de Darmstadt del ‘54, obviamente para excluir a las obras que no eran suficientemente progresistas –por ejemplo, la que presentó el inglés Rodney-Bennett–. O sea: aquellas que no se ajustaban al modelo weberniano de distribución de sonidos y silencios con los que estaba diseñado el pequeño policía electromagnético.
Una bobina de inducción señalizaba acústica y lumínicamente el nivel de aproximación a las estadísticas webernianas insertadas en sus circuitos y con eso podía decidirse, sin discusión, qué obras eran válidas y cuáles no. La música de Webern, caracterizada por su poética del sonido en sí mismo y por cierto puntillismo (los sonidos aparecen allí como puntos suspendidos en el espacio) se había convertido, años después de la muerte del compositor, en la biblia de la vanguardia. Y la vanguardia la usaba como modelo de corrección contemporánea. El contemporaniómetro, sin embargo, cayó en desuso y fue depositado en el IRCAM. Allí fue visto por última vez en 1980. Al poco tiempo, había desaparecido.

 

LOS GRABADOS OCULTOS DE DALI

Por un puñado de monedas

t.gif (862 bytes) Un terrateniente de San Pablo, Lover Ibaixe, decidió este fin de semana, después de 22 años de silencio, revelar que posee una colección desconocida de grabados del pintor español Salvador Dalí, que compró directamente al artista durante un viaje a España en 1976. Ibaixe, que guardó estos 100 grabados durante 22 años en un cofre en un banco de Goiania (centro de Brasil), se decidió a mostrarlos y a contar cómo los adquirió porque considera que “es un patrimonio demasiado valioso para permanecer dentro de una caja de seguridad”.
Una tarde de mayo de 1976, Ibaixe fue hasta la casa de Salvador Dalí y de su esposa Gala, en Figueras, con la intención de comprar un cuadro. El brasileño fue presentado por un amigo de la pareja a Gala, a la cual le manifestó su interés por adquirir un cuadro de Dalí. “En esta casa no se habla de dinero”, le respondió Gala, según señaló Ibaixe a la prensa. Nervioso por la respuesta, el hacendado brasileño comenzó a juguetear con una moneda de oro austríaca que le servía de amuleto. La pieza llamó la atención de Gala, que le preguntó si tenía más. El brasileño respondió que tenía otras 300 en su país y ella prometió “varios cuadros del loco” a cambio de las monedas. Días después, Ibaixe abandonó España con 100 grabados de la serie “La divina comedia”, inspirados en la obra del poeta italiano Dante Alighieri, todos ellos con las iniciales “e.a” (épreuve de i’auteur, o sea prueba del autor) y están firmados por Dalí. La serie, aparentemente fue encargada al artista –y nunca adquirida– por el gobierno de Italia.

 

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