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Europa como desafío La mayor parte de las conversaciones sobre la nueva Europa han tratado sobre economía, pero hay otra cuestión a menudo pasada por alto en este debate, un problema que penetra hasta el corazón y el espíritu del continente. Me refiero a la crítica cuestión de cómo se ve hoy Europa a sí misma y cómo entiende, más allá de sus propias fronteras, su relación formadora con el resto del mundo. ¿Qué ideas tiene Europa de sí y de los demás países? Europa occidental ha experimentado la emergencia de un espacio económico en el que resuenan voces de comercio común y tarifas comunitarias, mientras que respecto a Europa del Este hemos asistido a un dramático despliegue de límites rápidamente cambiantes: Berlín, Budapest, Bucarest, Belgrado..., la sola mención de estos nombres nos recuerda lo decisivos que han sido tales cambios. El mapa multicolor que contemplábamos en la escuela no nos dice ya todo. Las fronteras tradicionales se han hecho a la vez demasiado grandes y demasiado pequeñas con el movimiento hacia la integración. Estamos hablando de un continente en metamorfosis. ¿Puede Europa reinventarse? ¿Puede distinguir, entre sus diferentes herencias, lo bueno, lo malo, lo peligroso? ¿Puede contribuir a un nuevo concepto de universalidad que esté libre del legado de tantas ambiciones de dominar el mundo, a una universalidad que respete la diversidad y las diferencias? ¿Es posible iniciar nuevos modelos de comunidad internacional tras el colapso de estados transnacionales como Yugoslavia y la Unión Soviética? Y ¿de qué manera podrá la Europa futura evitar los escollos de un eurocentrismo y mantenerse abierta a sus otros, a sus vecinos no europeos del Este y del Sur? Cuestión más acuciante todavía: ¿será capaz Europa de sobrevivir a las actuales crisis de identidad colectiva representadas por el desgaste de las antiguas ideologías y cuyo resultado es una vuelta general a cerrazones exclusivistas que a veces llegan hasta los excesos de violentos nacionalismos y racismos? Richard KearneyLa nueva Edad Media Podemos hablar de Edad Oscura en el sentido de que la población de Europa descendió a unos veinte millones. La situación era realmente horrible. La única cultura floreciente era la irlandesa, y esto no por casualidad. Los monjes irlandeses pasaron al continente a civilizarlo. Pero inmediatamente después del año mil no puede hablarse ya de Edad Oscura. Como usted sabe, allá por el siglo X, aquellos monjes descubrieron el nuevo cultivo de las alubias, que son íntegramente proteínas vegetales. Un historiador ha llamado al siglo X el siglo que se llenó de alubias; fue toda una revolución: Europa entera empezó a alimentarse con proteínas vegetales. ¡Un enorme cambio biológico! Y a los siglos que siguieron inmediatamente al año mil se los ha llamado primera revolución industrial, porque durante aquellas tres centurias, más o menos antes del Renacimiento, se utilizaron mucho los molinos de viento y se inventó una nueva collera para los caballos y los bueyes, que con la antigua andaban semiestrangulados. El nuevo arreo, apoyado en el pecho de los animales de tiro, aumentó cuatro, cinco o seis veces la eficacia de la fuerza de arrastre. Luego vino el invento de poner el timón en la popa de los barcos. Anteriormente el timón iba a un costado de la nave y se hacía muy difícil pilotar si el viento soplaba en contra; con el timón en la popa aumentaron muchísimo las posibilidades de la navegación: sin este invento técnico, Colón no habría podido descubrir América. Podríamos enumerar así otros muchos inventos maravillosos. De modo que la sociedad y la cultura europeas se fueron desarrollando con el neofeudalismo y la nueva burguesía, al formarse las comunas italianas y flamencas, las ciudades libres, al inventarse los cheques y el crédito bancario... Nuestra época es, indudablemente, una época de transición, y está aceleradísima. Basta pensar en lo que ha sucedido en Europa durante los años más recientes para entender en qué sentido estamos viviendo una nueva época de revolución. Es la nuestra, como lo fue la Edad Media, una época de cambios en la que están siendo inventadas nuevas formas sociales, tecnológicas y filosóficas... Umberto EcoLa unidad europea Pienso que en la historia de Europa hay una tradición central muy fuerte, con la que en modo alguno resulta fácil convivir. Es la tradición del Imperio Romano junto con el cristianismo. Nuestra Europa es todavía, en un grado pasmoso después de tantas crisis y transformaciones, la del Imperio romano-cristiano. A Virgilio se le tuvo, con razón o sin ella, por el profeta de este Imperio, y a Dante por su gran encarnación. Es muy notable que cuando al general De Gaulle, que solía pensar con penetración sobre estas cosas, se le preguntó en una entrevista ¿Hay tres o cuatro autores que sean Europa para usted?, respondiera inmediatamente, sin dudarlo: ¡Desde luego!: Dante, Goethe y Chateubriand. El asombrado entrevistador, que acababa de caer como un elefante en una trampa, dijo: Monsieur, ¡¿y Shakespeare?!. El general le contestó con fría sonrisa: Usted en su pregunta se había referido a Europa. Pues bien, este chiste encierra una profunda verdad romano-cristiana. Si traza usted una línea que vaya desde Oporto, en el extremo oeste de Portugal, hasta Leningrado, pero no, por cierto, hasta Moscú, dentro de ese espacio podrá usted ir a un lugar llamado café, con periódicos de toda Europa, y podrá jugar al ajedrez o al dominó y estarse allí sentado el día entero charlando, leyendo o trabajando por el precio de una taza de café o de un vaso de vino. Moscú, que es donde empieza Asia, jamás ha tenido cafés. Ese peculiar ámbito -de discurso, de entretenimiento compartido, de intercambio de desacuerdos- que es lo que yo entiendo por café, caracteriza de hecho un singular espacio que abarca, más o menos, desde el occidente de Portugal hasta la línea que por el sur corre de Leningrado a Kiev y Odessa, pero no lo que hay al este de ella, ni tampoco mucho más hacia el norte. Me parece que Europa es esencialmente una constelación de ciudades como ningún otro lugar de la tierra, ni siquiera Estados Unidos, la ha conocido nunca. Cuando vienes a Europa, lo que enseguida te llama la atención es la gran diversidad de todas las ciudades, cada una con su momento histórico de esplendor, con la historia de su pasado grabada en piedra y expuesta a la admiración de los visitantes. George SteinerTerror estatal El del Estado-nación es un sistema muy artificial y destructivo. Basta con echar un vistazo a la historia de Europa. Europa tiene un pasado extraordinariamente sangriento, en gran parte por haber querido instaurar configuraciones irracionales, inhumanas, a partir de la idea de los Estados-nación. Cuando Europa trató de expandirse por el mundo entero, llevó consigo también su demonio de sangre y destrucción, demonio que todavía sigue atormentándola. Lo que en Europa está sucediendo actualmente me da la impresión de que es un querer seguir promoviendo el Estado-nación, pero en dos direcciones contrarias, y esto puede traer consecuencias terribles según sea la dirección que de hecho se siga. Noam ChomskyPluralismo y mercado El pluralismo anida en el seno mismo de Europa. Ha habido en ella diferentes tipos de renacimientos: el carolingio, el del siglo XII italiano y francés, el del siglo XV, y algunos más. La Ilustración fue otra expresión de ello; y es importante que en el diálogo con otras culturas conservemos este elemento de autocrítica, el cual constituye, según creo, lo único específico de Europa (junto, claro está, con la intensificación de la ciencia). Europa es única en el hecho de haber tenido que entretejer varias herencias de muy diversa índole: la judeocristiana, la grecorromana, las culturas de los pueblos bárbaros que invadieron el Imperio Romano, y, dentro de la cristiandad, los legados de la Reforma, el Renacimiento, la Ilustración, y también los tres componentes decimonónicos de esta herencia: el nacionalismo, el socialismo y el romanticismo... El tipo de universalidad que Europa representa contiene en sí una pluralidad de culturas que se han entremezclado y fusionado, de lo cual se deriva cierta fragilidad, una capacidad de renuncia y de autocuestionamiento. Creo que aquí, en Europa, debemos ser muy cautos al hablar de fundamentalismo, porque, siendo de suyo un término peyorativo, tal vez nos impida hacer un análisis correcto. Tenemos que observar bien el fenómeno, pues hay diversas especies de fundamentalismo y no conviene aplicar una misma palabra a muchos eventos diferentes. Hay bastante diferencia, por ejemplo, entre el retorno a una cultura próxima a la praxis del pueblo y el fundamentalismo impuesto desde arriba. Actualmente lo que nos hace falta son muchas y diferentes utopías. Y una utopía básica es, sin duda, la de una economía mundial que no se rija por criterios de eficacia y competitividad en la producción, sino por el criterio de lo que sea verdaderamente necesario. Es probable que éste sea el principal problema del siglo próximo: cómo pasar de una economía guiada exclusivamente por las leyes del mercado a una economía universal basada en la satisfacción de las necesidades reales de la gente. Paul RicoeurColonialismo y xenofobia Puede hablarse de tradición europea entendiendo por ésta un perceptible conjunto de experiencias, Estados, naciones y patrimonios que lleva marcado el sello o el título de Europa. Y, al mismo tiempo, todo esto no debe separarse del mundo que rodea a Europa. Lo que quiero decir se expresaría bien con la frase enemigos complementarios, frase usual en el contexto argelino. Porque hay, efectivamente, una complementariedad entre Europa y sus otros. Y Europa, por su interés mismo, debe esforzarse en mantener sus filiaciones y conexiones con los países de su entorno y no tratar de aislarse para volver a una pretendida pureza originaria. Para mí ha sido importantísimo tener -quizá por el lugar en que nací- un sentido de pertenencia a una comunidad nacional: Palestina. En parte por la universalidad de su causa, Palestina no es precisamente un simple conflicto nacionalista, sino que envuelve todo un problema cultural de antisemitismo. Los palestinos hemos llegado a ser los herederos del antisemitismo europeo; somos, si usted quiere, las víctimas de las víctimas. ¡Difícil papel el nuestro! Sin embargo, el tener alguna vinculación con una comunidad nacional -o sencillamente con una comunidad, nacional o no- te ayuda a ser honesto. Preferiría ver una Europa más consciente, por ejemplo, de su historia colonialista. En otras palabras, que no se contentase simplemente con decir en eso hemos cambiado, ahora somos ya otra cosa. La historia de ustedes como europeos es también una historia colonialista, y el norte de Africa, por ejemplo, ha de ser tratado como una realidad que influye mucho en la conducta actual de los europeos y en sus relaciones con esas culturas antes colonizadas. Edward SaidCosmopolitismo Aprendí el francés, al mismo tiempo que el búlgaro, por lo que mi ingreso en la cultura francesa fue para mí de lo más natural. Cuando llegué a Francia para completar el tercer nivel de mi formación, sentí que, de algún modo, pertenecía ya a la cultura francesa, lo cual no es así desde el punto de vista de los franceses, que todavía me siguen considerando extranjera, aunque también he de decir que me recibieron con mucha cordialidad. Es bastante fácil tenerse a uno mismo por cosmopolita -como yo me tengo- si se procede de un país pequeño como Bulgaria, lo mismo que considerarse europeo si se ha nacido, digamos, holandés, debe de ser más fácil que lo sería si se es inglés. Insisto en este punto porque creo que el futuro de Europa depende de la idea de respeto, e incluso de conciliación, entre las naciones. Yo aprecio mucho esta idea del cosmopolitismo, que la cultura europea ha heredado de los antiguos estoicos y que fue desarrollada por los pensadores franceses del siglo XVIII. Esta idea cosmopolita de la Ilustración me apasiona realmente y creo que si hay alguna esperanza para Europa, por encima de las recientes divisiones étnicas que han despedazado a países como Yugoslavia, Checoslovaquia y la Unión Soviética, etcétera, esa esperanza está en este espíritu de universalismo. Debemos ir hacia una superación de las naciones, de los arcaísmos, aunque reconociendo, eso sí, las genuinas particularidades. Julia KristevaLos testimonios han sido tomados de La paradoja europea (comp. Richard Kearney, Barcelona, Tusquets, 1998, 332 págs. $ 24) |