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El grupo Raisons d'Agir piensa que es preciso intervenir colectivamente en el debate a través de los diarios y, también, crear nuevos “soportes de transmisión de las ideas”, sin pasar por la televisión: “La reflexión sobre el mundo social no debe quedarse en los cajones de la universidad”.

Con las “armas científicas en la mano” Bourdieu sale a la arena para firmar solicitadas, para fustigar a la “izquierda plural”, para acercarse a los desempleados en huelga de hambre o a los obreros en paro, para ir a los comités sindicales, para hablar ante los SDF, sin domicilio fijo.

AL MARGEN DE LA TELEVISION
Hace 30 años, con la publicación, en 1964, del libro Los herederos, el sociólogo se había convertido en una de las referencias mayores de Mayo del ‘68. Tres décadas después, a sus más de 70 años, Bourdieu detenta las riendas de un polo crítico oriundo de las huelgas de 1995. Raisons d’agir, el grupo de intelectuales creado a raíz del movimiento social de ese año, se convirtió en una estructura opositora con “sucursales” en toda Europa: su meta consiste en “poner a disposición del movimiento social el trabajo de los sociólogos, psicólogos e historiadores”. Ese postulado, hoy objeto de las críticas, rompe una larga tradición de “neutralidad científica”. La separación entre la objetividad del investigador científico y la convicción subjetiva del militante político quedó reducida a una nueva figura que Bourdieu y sus seguidores universitarios llaman “el intelectual colectivo”, definición que desciende de un concepto de Michel Foucault: “el militante científico”. El sociólogo explica que se trata de “un retorno a las fuentes” y cita los trabajos de Marcel Mauss y los textos de Durkheim, para quien la sociología debe constituirse como un “saber reflexivo” capaz de darle a la sociedad los medios para que ésta intervenga “en sí misma”.

En pocos años, este postulado reactualizado por Pierre Bourdieu conquistó muchos sectores de la sociología francesa. Su demostración más brillante se remonta a 1993, cuando Bourdieu y sus colaboradores elaboraron el libro La miseria del mundo, una innovadora y amplia investigación sobre el sufrimiento social en Francia. Dos años después estallaría la revuelta social contra las reformas del entonces primer ministro liberal Alain Juppé. El deseo de intervenir “directamente en el campo” se cristalizó en ese entonces y fue seguido por una treintena de investigadores. Juntos crearon la asociación Raisons d’agir, cuyo sentido retoma los enunciados de Bourdieu: “No dejar el trabajo científico en el vestuario y servirse de él como un arma política”. Raisons d’agir entabló una serie de reflexiones contra el pensamiento económico dominante animadas por grupos de trabajo que se dividían los temas: la universidad, los medios, la protección social, el desempleo, la precariedad del trabajo. Esa primera fase iba a ser completada con otra durante 1996. El grupo pensaba con razón que era preciso intervenir colectivamente en el debate a través de los diarios y, también, crear nuevos “soportes de transmisión de las ideas”, sin pasar, obviamente, por la televisión. Patrick Champagne, uno de los miembros de Raisons d’agir, señala que “la reflexión sobre el mundo social no está destinada a quedarse en los cajones de la universidad o de los ministerios”.

“La sociología no es el arte por el arte mismo”. Ese principio de transgresión desembocará en la creación de la editorial Liber/Raisons d’agir. Los obras publicadas responden a dos fundamentos de Bourdieu: lanzar “libros de intervención” a fin de comprender la crisis y, más políticamente, “destruir la frontera entre trabajo científico y militantismo rehabilitando la polémica”. El proyecto se realizó más allá de todas las aspiraciones: los libros polémicos de Liber/Raisons d’agir superan en venta las obras publicadas por las grandes editoriales, que se apoyan en campañas publicitarias multimediáticas. La meta final de la colección no ha cambiado: continúa siendo el establecimiento de una suerte de “enciclopedia popular internacional”. Crisis de la representatividad política, descrédito de las dirigencias, desconfianza ante las elites tecnocráticas y los intelectuales que “pasan en la televisión”, arribo de nuevas generaciones desorientadas y surgimiento de decenas de asociaciones político sindicales independientes -todas nacieron con las huelgas del ‘95-, el éxito de las obras se explica por una necesidad de encontrar nuevos “útiles de reflexión”. El hecho de que los dos primeros libros hayan sido dedicados a los medios y, posteriormente, elegidos por el gran público, demuestra, para Pierre Bourdieu, que “hay una crisis profunda entre los medios y el público”. El sociólogo francés señala que “los medios continúan su impulso sin darse cuenta de que la gente está cansada, de que una fracción cada vez más importante de su público está decepcionado, desconfía, se siente frustrado. Los libros funcionaron bien porque son libros-adhesión”.

EL IMPREIO CONTRAATACA
Tarde, pero puntual, la oposición al sistema Bourdieu se despertó en 1998. No se parece a un cambio de puntos de vista entre profesores sino a un auténtico pugilato. Su último puñetazo es el libro crítico de una “ex” miembro del círculo Bourdieu, Jeanine Verdès-Leroux, autora de El sabio y la política, ensayo sobre el terrorismo sociológico de Pierre Bourdieu (editorial Grasset). El primero fue lanzado en agosto de este año por la prestigiosísima revista Esprit. En un número especial donde denunciaba “la práctica deliberada de la mentira y de la falsificación” en los trabajos de Bourdieu, Esprit puso en tela de juicio la validez del análisis del sociólogo argumentando que esa empresa no era “una estrategia de contradicción política” sino que escondía una voluntad de “caporalización de la vida intelectual”. Desde el punto de vista teórico, los dos animadores de Esprit derriban la intromisión de la “ciencia” en lo social argumentando que el “populismo político profesado por Pierre Bourdieu está anticipado por un populismo teórico, por la reducción de la ciencia a una mera postura de enunciación, a no ser más que una instancia de legitimación de la queja oriunda del cuerpo social”. En su libro El sabio y el político, Jeannine Verdès-Leroux sostiene que los trabajos de sociólogo “son una visión totalmente imaginaria de la realidad”. La autora impugna hasta el lenguaje de Bourdieu, que tuvo, escribe, “la idea absurda de que, para expresar una idea rigurosa, es preciso tener un lenguaje técnico”. En cuanto el debate sobrepasó los círculos intelectuales, los grandes medios de difusión de masa se apoderaron de la polémica para amplificarla a su manera. Así aparecieron dossiers especiales en los semanarios, extensas columnas en los diarios donde adversarios y partidarios del profesor siguen cruzando las espadas. La polémica se ha convertido ahora en el “caso Bourdieu” y ganó las esferas políticas. Quienes forman mayoría con el socialista Lionel Jospin -verdes y comunistas- decapitan a Bourdieu por las frecuentes críticas de que son objeto. Existe claramente hoy una “coalición globalizada” contra el sociólogo francés. Querellas de alcoba y argumentos intelectuales se mezclan en una profusa contienda mientras que Bourdieu guarda un profesoral silencio. Para eso están sus libros, y la editorial.

ENCUENTRO CON EL DIABLO
En la moderna y luminosa oficina del College de France el profesor Pierre Bourdieu observa las disputas y los ataques que acarrean sus trabajos sin pestañar. “Sabemos lo que queremos”, dice entre dos silencios. Después agrega: “Cuanto más envejezco, más me siento empujado al crimen. Transgredo líneas que antes me había prohibido transgredir”. El sociólogo francés es consciente de las oposiciones que despierta y de las acusaciones que pesan sobre él:
despotismo, intención de acaparar “todo el sentido y la finalidad de los movimientos sociales”, pedantería, pseudorrigor, etc. Reconoce pero insiste: “Como acumulé mucho prestigio, pienso que debo aportar al mundo político los valores en curso en el mundo intelectual”. Con las “armas científicas en la mano” Bourdieu sale a la arena para firmar solicitadas, para fustigar a la “izquierda plural”, para acercarse a los desempleados en huelga de hambre o a los obreros en paro, para ir a los comités sindicales, para hablar ante los SDF, sin domicilio fijo. Compromiso repetido que le vale buena parte de las críticas. Sin embargo, Bourdieu admite que él mismo fue “víctima de ese moralismo de la neutralidad, del no implicarse, de la no intervención del científico. Como si se pudiese hablar del mundo social sin ejercer la política. Diría que cuanto menos un sociólogo cree que no interviene en política, más interviene en ella”. A sus detractores, que lo sellan como “oscurantista científico”, Bourdieu dice: “Es criminal decir que la sociedad es opaca, que las ciencias sociales no son ciencias. Lo poco que han ganado debería servirnos, al menos, para alimentar la discusión crítica. Es preciso que los periodistas y los políticos se sirvan de la ciencia como un instrumento de su propia práctica”.
El último trabajo publicado por Pierre Bourdieu sigue la huella de ese “análisis materialista de la economía y de los bienes simbólicos” emprendido hace 30 años. Esta vez, el ingrediente no es la pobreza ni los movimientos sociales sino La dominación masculina. La obra, publicada por Seuil, acapara un tema polémico: la relación hombre/mujer y los procesos de dominación. A partir de un estudio etnológico de los beréberes kabiles, Bourdieu muestra la permanencia, en el inconsciente de los hombres y mujeres de hoy, de la visión falocrática del mundo. El sociólogo francés vuelve a utilizar su concepto de “violencia simbólica” -que no se opone al de violencia real- para explicar que las estructuras de dominación no son puramente “subjetivas”. Estas traducen la objetividad de estructuras socialmente construidas: toda sumisión a un orden establecido es el resultado del acuerdo entre dos estructuras que la historia colectiva e individual “inscribieron en el cuerpo”. En suma, dice Bourdieu, las mujeres y los hombres trabajan “conjuntamente para estructurar la dominación masculina”. El hombre decide; la mujer se aparta, afirma Bourdieu quien, en esta entrevista, desarrolla los grandes núcleos de su último libro.

Su trabajo sobre la dominación masculina está basado en el estudio de la sociedad de los kabiles. En qué medida los campesinos kabiles reflejan nuestras sociedades.
-En apariencia, la sociedad kabil está muy alejada de nosotros. Pero el problema de la relación entre los sexos es a tal punto íntimo que no se lo puede analizar únicamente reflexionando sobre nosotros mismos. La manera de pensar de los kabiles está presente en nuestras sociedades. En el espacio doméstico de nuestras sociedades, por ejemplo, los hombres se ven solicitados para tomar las grandes decisiones. Sin embargo, tales decisiones están preparadas por las mujeres. Cuando se compra una casa, las mujeres hacen las preguntas, averiguan el precio, el hombre decide luego.
La masculinidad funciona con las propiedades de una nobleza. Lo que yo quise hacer es mostrar cuán profundas son las raíces de la oposición masculino/femenino. Esa oposición está ligada a todos los contrarios sobre los cuales reposa nuestra ética: alto/bajo/derecho/torcido. Y también a nuestra estética: caliente/frío, liviano/duro.
De alguna manera, usted sostiene que somos todos mediterráneos.
-Fíjese en la universidad y las separaciones entre disciplinas: las llamadas ciencias duras son masculinas. Y si una mujer estudia matemáticas se emplean calificativos que, muchas veces, quieren decir que no tendrá hijos, que es estéril. Todos somos kabiles, pero kabiles hipócritas. Las expresiones de la mitología mediterránea están veladas en Occidente, censuradas, pero siguen presentes.
Usted afirma repetidas veces que hay una complicidad en la elaboración de esa dominación hombre-mujer: en uno de los capítulos de su libro, usted toma el ejemplo del trabajo, donde, dice, las mujeres se pliegan al modelo masculino.
-Las mujeres que acceden a los puestos importantes pasan por un proceso de hiperselección. Cuando se es mujer, hacen falta más cualidades profesionales que las de un hombre para llegar a esos los puestos importantes. Por eso cuando llegan a esos puestos las mujeres están, por lo general, más calificadas que los hombres: porque se exige más de ellas. Si se observa bien, los oficios para las mujeres responden a la idea que se tiene de lo femenino. De alguna manera, se los considera como oficios menores, menos serios, porque los oficios de verdad son oficios para hombres. Desde luego, hay cierto feminismo que acumuló sus críticas en torno del espacio doméstico, como si bastara con que el marido lavase los platos para eliminar la dominación masculina. Hoy, la mayoría de las conquistas femeninas en el espacio doméstico se pagan con sacrificios en el espacio público, en la profesión, en el trabajo. Si no se analiza la articulación entre los dos espacios, estamos condenados a reivindicaciones parciales, que si bien pueden acarrear medidas aparentemente revolucionarias son, en realidad, conservadoras.
Usted concluye La dominación masculina con una suerte de utopía: el amor puro. Es, escribe, una suerte de isla donde se pueden anular las relaciones de dominación. Qué es exactamente ese amor puro.
-El amor puro es el amor loco. Puro quiere decir independiente del mercado, de los intereses. El amor social “conveniente” es un amor subordinado a los imperativos de la reproducción, no sólo biológica, sino también social. El amor puro es el amor por el arte del amor.
Usted opone el amor puro al amor normal. ¿Cuál es su distinción en esa estética de la dominación?
-El amor normal es el amor socialmente sancionado. El amor puro se define contra el amor burgués, cuyo objetivo es la carrera, y contra el amor venal, que tiende al dinero. Ambos son amores mercenarios. El amor puro es una transgresión social porque está en ruptura contra el orden social, que exige garantías.