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El amigo uruguayo

Podría decirse -y con eso alcanzaría para hacerla una novela imprescindible- que En busca del tiempo perdido es la primera novela en la historia que viene con making of (el último tomo, el que se llama El tiempo recobrado, que Proust no terminó de escribir). Pero la Recherche es mucho más que eso. Es “una obra totalmente distinta a las novelas clásicas”, en palabras del propio Marcel Proust, quien tardó 27 años en encontrar la estructura adecuada para un material que tenía -con pocas diferencias-. decidido ya desde el comienzo. El mismo Henry James le escribe a Proust diciéndole que el Swann (el primer tomo de la Recherche, publicado en 1913) es un libro extraordinario, la mejor novela francesa desde La Cartuja de Parma de Stendhal. Efectivamente, la de la Recherche es una de las más complejas estructuras en toda la historia de la novela, (una espiral que se desenvuelve en el tiempo: una hélice helicoidal) tan magistralmente urdida alrededor de motivos recurrentes que parece una novela apenas estructurada. Uno de esos motivos es la reminiscencia, que concentra toda la concepción del tiempo y la memoria (involuntaria) que Proust desarrolla de acuerdo con la filosofía de Bergson: los episodios de la magdalena, las losas desiguales de Venecia, los campanarios de Martinville.
Y finalmente, la Recherche tiene fragmentos de escritura memorables (la descripción de la marcha del sol según su reflejo en las superficies, por ejemplo). El episodio de la magdalena es todo eso: una clave de la estructura de la novela, un magnífico ejemplo de la inigualable prosa de Proust y una meditación sobre el tiempo y la memoria. Stéphane Heuet adaptó a historieta la primera parte del libro I, Combray, con la anuencia de todas las sociedades proustianas de Francia, con la idea de completar lentamente la adaptación entera de la Recherche. La crítica, sin embargo, le fue hostil y los periódicos de París consideraron al proyecto una afrenta a Proust y un atentado a las bellas letras. La adaptación de Heuet es cautelosa. El episodio de la magdalena ocupa, en el original, cuatro páginas. En la versión dibujada, también. Lo que queda como diferencia es -más allá de los diálogos sosos (Proust no escribía diálogos)- una estética visual un poco kitsch, ¿pero acaso la Recherche misma no coquetea con el kitsch más de una vez? La versión al español de la historieta que radarlibros presenta sigue la traducción de Pedro Salinas.

Federico Jeanmaire, que nos acostumbró a cierta desmesura y a un modo irreverente y audaz de tratar lecturas canonizadas y emblemas históricos, nos entrega ahora una novela que, podríamos decir, se nos presenta como un chiste o un feliz desconcierto: si su Miguel era Cervantes y su Sarmiento (en Montevideo), Sarmiento, esta vez su Mitre no es Bartolomé sino, sencillamente, el ramal del ferrocarril que une José León Suárez con Retiro. En uno de sus vagones se suceden los relatos que terminan por conformar, armar y desarmar, el disparatado grupo de cuatro y el incierto grupo de dos que sirven de base y sostén inverosímil de la novela.

Es obvio que los dos hemisferios de Mitre, la ida y la vuelta, indican una amena y engañosa referencia al Martín Fierro. Y no es azarosa tampoco la posición de José León Suárez, el basural estricto que no escamotea sentidos en la historia y la literatura argentinas. La novela de Jeanmaire elige otro ramal, otro Mitre y otro Hernández: Felisberto, el uruguayo, el escritor que merodea y se escabulle en distintas estaciones de la obra de Jeanmaire. Mitre encuentra en Felisberto el respaldo incómodo y certero que le depara este viaje, de ida y de vuelta, por los avatares de una “sociedad”, un “grupo”, una burlona fratellanza de gordos, hipocondríacos, vendedores dudosos, guardas inflexibles.

Jeanmaire, entonces, decide acompañarnos en esta ocasión con una cita desviada, aunque, en verdad, sus textos han elegido en más de una oportunidad apoyar su dinámica en la lectura irreverente y detenida de un corpus, un nombre, una carta. Hay una fe en la lectura que fertiliza las novelas de Jeanmaire. Puede rastrearse en Miguel (1990), en Montevideo (1997), y desde ya en Prólogo Anotado (1993), donde la estrategia abusa de los vaivenes hermenéuticos de un profesor de literatura.

Una de las cosas que nos regala en su Mitre es esa persistencia. Es el arte de la conversación lo que domina al grupo que viaja en el ferrocarril, pero en un mapa de señales equívocas y tramposas: en una cartografía concreta de lecturas. Por eso, el envío específico de ese uruguayo llamado Washington, miembro inestable del grupo que viaja en Mitre, tiene la delicadeza de hacer más transparente aún la presencia de Felisberto Hernández. Más claridad tiene el agua (que inunda con el afán marinero de Roberto y los chorros de transpiración y el azul marino de Mariela, la pareja estelar) cuando la novela nos dice que Washington tiene una hija, Margarita (nombre, también, de la protagonista de La casa inundada), y que la obesidad es el núcleo que hilvana los encuentros y desencuentros de la ida y de la vuelta.

Es la carta de presentación de Jeanmaire: una gorda, Mariela, que hace su ingreso con un pisotón; un hipocondríaco; rodillas enamoradas; vendedores de cremas milagrosas y otros que cambian de género la venta y la transforman en espectáculo. Ese poder, el de la transformación, guía la ficción de Jeanmaire. Y no hay relato, nos dicen sus textos, sin desmesura, sin una mirada estrábica que inquiete el orden cotidiano, sin un artista que, siempre, apoya la versión grotesca de su don del lado de la lectura. ¿Qué es sino Roberto, que reacciona en forma mimética ante cada patología que ingresa en su contexto, tiene el deseo remoto de ser marinero, y asume el rol de traductor e intérprete fallido de la vuelta? Es ese lector desmesurado que queda, como lo deja Mitre, bailando solo el baile que le contagió el boletero de José León Suárez, sin entender la lección que le deja Mariela. Una última moral, burlona e irónica, sobre el desatino de la mala lectura.r