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Meirás-Migdal
LA ESCENA DEL CRIMEN


HOY: ALBERTO LAISECA


El autor de Matando enanos a garrotazos y la inminente (y a esta altura, mítica) Los Soria, muestra su ámbito de trabajo, paradigma del caos meticulosamente ordenado.


Alberto Laiseca muestra orgulloso su abarrotado estudio, compuesto por: ventana a la avenida San Juan con persiana a media asta, biblioteca ad hoc con ladrillos por soporte, poster en el piso (“Nadie me toque la Pepsi” o algo así) y cientos de libros -los más antiguos, indiscernibles en contenido y autoría-, un gigantesco escritorio con prolijas pilas de papeles manuscritos y bolsas de plástico dobladas, cajas con el enigmático cartel Ropas teatrales-Este lado arriba, un globo terráqueo de bolsillo, dos cilindros de cartón con un clavo pegado en su parte superior (función: desconocida), un cenicero lleno hasta reventar y una botella de cerveza vacía. “El lugar físico importa mucho. He escrito en ómnibus y en el medio del campo, pero me gusta tener mi ámbito”, comenta el autor de La hija de Keops. En los extraños momentos de limpieza general, Laiseca confiesa que mueve las pilas para volver a colocarlas exactamente donde estaban. Es decir, su mantra sería algo así como: se limpia, pero no se ordena. “Quizás éste sería el momento de archivar cosas”, dice.
Nada de música para Laiseca, y tampoco libros de cabecera: “Sólo para algunas novelas. Para Los Soria leí muchos tomos de la Biblioteca del Oficial, y otras cosas para investigar, por ejemplo, cuáles son los minerales más necesarios en caso de guerra”. Más que tener a mano a sus autores predilectos, el autor de El jardín de las máquinas parlantes los tiene presentes: “Recuerdo permanentemente los libros de maestros como Oscar Wilde, que me acompaña todo el tiempo, o el Tao te-King, un libro que leí mil veces, pero sigo tratando de entender”.
En el match que enfrenta dos hábitos de escritura (día/noche, máquina de escribir/computadora), Laiseca tiene los tantos claros: “Escribo mejor de noche, soy lo que los astrólogos llaman un hombre lunar. Cuando sale nuestra madre la Luna nos da mucha fuerza, pero eso tiene su precio: el cuerpo apela a una energía extra que se gasta y uno se cansa demasiado, por lo que trato de escribir de día”. Computadora de ninguna manera, dice el autor de Por favor, ¡plágienme!, a causa de su condición de neófito: “No tengo la menor idea de cómo manejar una computadora. Escribo a mano, o a máquina. Tipeo yo: Liquid Paper, papelitos con talco y esas cosas. Soy bastante prolijo con los manuscritos, pero lo peor de todo es la primera página: tuve que reescribir veinte veces una novela mía, y no es una manera de decir”.