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El cazador de discos parte 1  por Sergio Rotman

ACTO 2:

Yo sé como empezó todo. Fue en mi cumpleaños 9 o 10. Mis viejos me regalaron un par de Toppers, un poco de plata y un disco de Roberto Carlos. Por la plata y las Toppers, todo bien, pero resultó que el disco en cuestión era Los más grandes éxitos en castellano, el de la tapa celeste y blanca y yo quería otro... Yo quería la edición brasileña de Amada Amante que traía la balada “Por amor”. El por qué de este detalle está perdido en algún lugar de mi memoria, el asunto es que la situación estaba planteada... quiero ESE disco y ninguna otra cosa en el mundo.

Dos años después, la cuestión se volvió un poco más compleja. La edición argentina de News of the world de Queen censuraba la canción “Get down make love” (vaya uno a saber...). Mi apetito discográfico me llevó a la Galería del Este. Al fondo casi saliendo hacia Maipú, en la disquería El Agujerito, me agenció una copia de la edición importada. Sin saberlo había comenzado un periplo por las disquerías de Buenos Aires que duraría 20 años y muchos miles de dólares. Estamos en el año del Mundial de Argentina y yo iba a descubrir dos cosas fundamentales para mi reciente vocación por la música grabada. Una era que los grupos que tanto me gustaban por entonces, básicamente rock sinfónico, grababan más canciones que las que editaban en sus LPs. No sólo eso, algunas de esas canciones eran editadas como lados B en los simples de 7 pulgadas, inconseguibles por aquí. Eso me llenó de confusión y bronca. ¿Cómo iba a tener la discografía completa de Gentle Giant si era imposible conseguir la canción “The power and the glory”, cara b del simple de difusión del álbum del mismo nombre, pero que no estaba en el disco en cuestión?

¡La segunda cosa que descubrí fue el INCREIBLE OLOR DEL VINILO IMPORTADO al romper el plástico que lo cubría! En definitiva mi primer vicio sensorial. Con el correr del tiempo no sólo conseguí esa canción, sino muchas otras joyas musicales que me llenaron de felicidad. Seguir las carreras musicales de los grupos sinfónicos era fácil. Con tanta obra conceptual y viaje místico, sus discos traían dos o tres temas de 20 minutos cada uno y no quedaba mucho espacio para extras. Excepto el caso de Génesis. “Twilight Alehouse” y “Happy the man”, sendos simples de principios de los setenta, me los consiguió mi primo en un viaje a Francia. El problema era el EP llamado Spot the Pigeon, con cuatro temas inéditos editados en 1977. A través de Buenos Aires, desde la Boca hasta San Isidro, ninguna disquería lo conocía. Hasta que apareció en la vidriera de un sitio en la avenida Pueyrredón, mezclado con unos compilados de música disco de Gapul, cerrado, ¡con su sticker original y en oferta!

Nunca fui de ir al Parque Rivadavia ni a las disquerías de usados. No por cheto sino porque ahí nunca estaba lo que yo buscaba: rarezas. Y si de rarezas se trata... ¿Cuántas tapas distintas para Never mind the bollocks? Si bien el arte original es siempre el mismo parece que cada país que lo editó uso colores distintos para el mismo fondo. No es que uno vaya a comprarse un LP de nuevo sólo por la tapa, pero ¿por qué justo ESE disco? Con la llegada del punk a mi vida y por razones que no descubriré aquí, el 100 por ciento de mi colección “sinfónica y hardrockera” se fue por la ventana de un piso 15 directo hacia el garage del hotel alojamiento que estaba justo abajo de mi departamento. Un nuevo deporte nacía: lanzamiento de disco de vinilo.

La verdad es que no me arrepiento de nada, especialmente por Led Zeppelin 4 que no se rompió al caer y por el que me tomé el especial trabajo de destruir con un martillo. Luego de esta “limpieza” comenzó mi verdadera búsqueda espiritual de discos de vinilo. En 1984 encaré hacia Europa con la firme intención de ver la mayor cantidad de bandas en vivo y, obviamente, conseguir material imposible. Christ: the album, de Crass con su caja original, Heresie de Virgin Prunes, un EP increíble que en sus primeras 100 copias traía ¡láminas de piel y uñas de sus integrantes!,Playground Twist de Siouxsie & the Banshees, simple con tapa dibujada por Sioux, el casete de Las Vegas Story de Gun Club con el inconseguible tema “Secret fires” y que perdí en el aeropuerto (hoy pagan 100 dólares por una copia), la edición de Robert Rauschenberg de Speaking in Tongues de Talking Heads, en plástico y celuloide, y por sobre todo la colección COMPLETA de simples, EPs, LPs, flexidiscs y 12 pulgadas de mi banda favorita de entonces: The Jam. De vuelta en Buenos Aires y a mi empleo en una disquería de importados, nada era igual. Ahora que sabía lo que era el mercado de discos de Camden y había tenido la increíble fortuna de pegar justo en fecha la feria en el Electric Ballroom (cualquier disco pirata de cualquier concierto de cualquier banda de todo el mundo) me sentía un ser superior. No había disco que yo no conociera, ni banda que pudiera sorprenderme. Hasta que llegó el cd.

¿Cuántos discos y casetes no recibieron su respectiva reedición en compacto? ¿Cuánta gente vendió, regaló o perdió sus “bandejas giradiscos”? ¿Cómo se ponen uñas y láminas de piel dentro de un cd de plástico? Con el cd no sólo se acabó el olorcito a disco sino que el arte de tapa, reducido en un 70 por ciento en su tamaño, pasó a ser meramente informativo.

El cd es una cosa aburrida, un “convenient plastic disc”. Las reediciones de discos de los setenta son como mínimo insultantes. All things must pass de George Harrison, una maravilla en vinilo, cuatro lados y la mejor foto de rock de la historia, en cd es un largo y cansador viaje, digitalizado burdamente y con una oscura foto del ex beatle George.No señor, yo ya no camino toda la tarde por un cacho de plástico.

Para la próxima entrega: las disquerías de Buenos Aires, los “mensajes secretos” y cómo terminé frustrado, humillado y definitivamente derrotado al intentar “coleccionar” los discos de Lee “Scratch” Perry.