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Por JUAN GOYTISOLO
El Cervantes concedido a Guillermo Cabrera Infante premia, por una vez, un largo itinerario -verdadera travesía del desierto- de estimable rigor moral y artístico. Su obra literaria, insólita en un medio cultural como el español, tan propicio al compromiso, al trapicheo, la comercialización rastrera y el ascenso a codazos en el escalafón de los honores y de la fama, es el paradigma de una fidelidad sin falla a la curiosidad de inteligencia de los lectores: ninguna concesión al gusto estragado de una buena parte del público ni a la maquinaria empresarial de las mediocridades premiadas por premiables, tan de todos los días. El humor corrosivo de Cabrera Infante, su finísima captación del habla cubana, su inmensa cultura cinematográfica y literaria, el aprendizaje interiorizado de la fecunda lección cervantina confieren a sus novelas, relatos y evocaciones autobiográficas una entidad y frescura que resisten victoriosamente al paso del tiempo. Tres tristes tigres -una obra que no me canso de releer- es, como el Paradiso de Lezama Lima, Terra nostra de Fuentes o Conversación en la catedral de Vargas Llosa, un punto de referencia primordial de la novela iberoamericana de la segunda mitad del siglo que acaba: su lectura en francés créole en un reciente ciclo de conferencias sobre Cervantes y la geografía de la novela con la que me tocó inaugurar la nueva Biblioteca Nacional de Francia suscitaron el aplauso entusiasta del público. Como otros emigrados de distintos países y épocas, Cabrera Infante supo transformar su ciudad -La Habana- en libro, y el viajero de hoy puede resucitar la primera enfrascándose en las páginas del segundo. Bajo la máscara del humor y la risa, nuestro autor escribió una novela infinitamente triste: la de la ciudad noctámbula, alegre y confiada, en vísperas del apocalipsis, de sus últimas noches de Pompeya.
Desdeñada como la obra de un disidente por los críticos-estrella de la época, La Habana para un infante difunto fue despachada en unos pocos párrafos perdonavidas en las páginas de los diarios (suerte común, conviene recordarlo, de otros dos importantes escritores cubanos, Severo Sarduy y Reinaldo Arenas que, muertos ya, pueden ahora ser citados y aún glorificados por quienes los ningunearon en vida). El triste tigre identificable como alter ego del autor por su nostalgia de la ciudad perdida, atrapa una vez más, al vuelo, la voz humana y nos incita a leerlo en voz alta, a escuchar el sabroso parloteo de sus amigas, a recorrer con él los cafés, clubes nocturnos, posadas, que componen el luminoso decorado de su educación sentimental y sexual, su exaltación jubilosa de una sensualidad pronto sujeta a la camisa de fuerza de la ideología.
El Cervantes otorgado a Cabrera Infante es así, por extensión, una recompensa al fuste e integridad de una pléyade excepcional de escritores -Lezama Lima, Virgilio Piñera, Severo Sarduy, Reinaldo Arenas, etcétera- que ha permitido la supervivencia de la literatura cubana en el interior y exterior de la isla. Ninguno de ellos tuvo otro reconocimiento a su labor que la admiración de quienes, a escondidas o no, los leían. El autor de Cine o sardina comparte con ellos esta independencia sin trabas cuya ejemplaridad es el faro del renacimiento actual de la literatura en la isla.
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