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Vale decir


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Por FERNANDO NOY

Ya los aztecas, en su Códice, afirmaban: “Quienes deseen alcanzar prosperidad deben ofrecer alimento a los dioses por intermedio de sus propios cuerpos”. Remontando los siglos, Leonor de Aquitania menciona en una de sus cartas una “especie de cubos salados vegetales recién traídos desde el Mar de las Indias”. Según afirma la llamada musa de los trovadores, “ese alimento, como el opio, trae algo que no paga todo el oro del mundo: la Felicidad”. Los gitanos de Austria-Hungría también realizaban sus bacantes en homenaje a Ishtar, la luna bárbara, y aunque el ya tradicional “goulash” no llevara debajo de sus cuencos ni billetes ni monedas, llegó hasta nuestros días con el característico sabor de la páprika. Y es harto sabido que ese condimento, como la sal, la pimienta o el azafrán fueron considerados en su valor real como el mismo dinero. En el fondo, lo que mejor conocemos de esta perpetua batalla contra la mishiadura es, justamente, su ingrediente primordial, expropiado por los conquistadores: la mismísima y venerable papa, papisa legítima entre los vegetales autónomos. Respecto de la fecha, cada 29 de mes era el día de cobro para los trabajadores estatales de cualquier jerarquía y también, semiocultos por la bruma de la impunidad, de los “acomodados” que hicieran propio el término acuñado para definir a los vampiros del poder (generalmente, los faranduleros de todas las artes son aquellos que más asiduamente caen rendidos ante el hechizante maná de multitudes, fugazmente profanado por los tristemente famosos afiches menemistas que ni la lluvia se comió). Al parecer, cada fragmento de la masa trozada es un mantra de delicias que, al ser ingerido, vuela por la sangre hacia el plexo solar desde donde se funde con la suerte más estricta, la económica, que muerde el anzuelo de las monedas ocultas bajo el plato. Cabalísticamente, además, el 29 es uno de los números que conforman la tríade superior del Arbol de la Vida y representa, en su esencia, ni más ni menos que al propio hijo de Dios, quien bien podría hacer alguna broma diciendo: “Comed, éste es mi ñoqui”. Sin olvidar el infaltable “Bebed, que ésta es mi sangre”, refiriéndose, claro está, al espeso río de tomate que se vierte humeante sobre la pasta recién hervida. Algo que al fin haremos, desde la resistencia y el placer, el próximo 29 cuando celebraremos, como diría Moratín, “La derrota de los Pedantes”, en una fiesta con nombre de mujer: República tajante, que se realizará en los danunzzianos salones de Unione & Benevolenza, hasta el amanecer. Al gran ñoqui argentino, salud.

Por MARTA DILLON

A veces la magia sucede. La noche nos acuna con su encanto. Nuestros ojos se instalan en otros ojos y el mundo echa a rodar de nuevo. La risa se suelta como si se cortara el hilo de un collar de perlas y las esferas rebotarán en el piso con su sonido de cristal en el caos. A veces se puede hacer algo para darle de comer al alma. Recoger los puñales que lanzamos como limosna. A veces nuestro SOS cotidiano recibe un mensaje en clave, unos garabatos en el fondo de una botella, las gotas de la felicidad que ruedan de a siete después del último brindis. Y entonces podemos jugar de nuevo a adivinar el futuro, aventurar la mano en la selva impenetrable de otro cuello y conjurar a la soledad lejos de la piel, porque la piel es el mapa que los dedos exploran. Pasamos las noches buscando esa noche, hurgando en el agujero de la memoria esa grieta por la que alguna vez supimos respirar y reconocernos y confrontarnos. Y a lo mejor esa noche llega. A lo mejor es un acuerdo y en ese acuerdo, aunque sea escondidos bajo la tierra, otra vez las palabras mágicas alumbren el encuentro y podamos hacer de un lugar -este lugar- el nuestro. Un sitio con ubicación geográfica, de verdad, que en su carta de intenciones esté anotado que te corra la sangre por las venas. Que el amor te haga llorar. Que encuentres consuelo en algún hombro, que se agite tu cuerpo al ritmo de otro y que otro te conteste y entonces de nuevo empiece la danza de los sexos, lejos de la realidad virtual y los jadeos telefónicos. Un sitio en el que perdamos sin retorno el miedo al ridículo, nos quitemos su mordaza, soltemos las amarras de lo posible y volvamos a diseñar lo que a simple vista no se puede, no nos dejan, está pasado de moda. Juntarse es el desafío. Ver la belleza donde está, que una canción nos ponga a latir a coro y se confundan nuestros ritmos y bailemos en el grupo como el agua del río en el agua del mar. Llegar a una trinchera que nos proteja después de habernos lanzado a correr por los pasillos del shopping de la cultura con los pies descalzos y los ojos ciegos. Un lugar donde sea lícito celebrar la luna llena, y la luna nueva, y los cambios de estaciones, como si volviéramos al tiempo de los hechiceros, y muertos de risa y de emoción esperemos alguna vez hasta que amanezca y pidamos milagros todos los días. Que este lugar exista. Que allí nos encontremos. Que sea nuestro. Que decir nosotros, alguna vez, tenga sentido. Y que entonces la magia vuelva a ser la reina de la noche.