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El Santo Padre y las mujeres asesinas
Por Osvaldo Bayer desde Bonn

na32fo01.jpg (19428 bytes) t.gif (862 bytes) El péndulo ha terminado su trayectoria hacia el centro e inicia el camino por el ala del deber. Las valijas han sido preparadas antes de esta nota. Allá, en Buenos Aires me esperan los pasillos llenos de voces eternamente juveniles que me hacen recordar las mías de hace medio siglo cuando uno se iniciaba, las voces de los pasillos que llevan a las aulas. Allí estaremos otra vez escuchándolas, dialogando con ellas, con las voces estudiantiles para hablar de la experiencia de la humanidad y ensayar salidas en búsqueda del gran encuentro.
Mientras tanto dejo esta Europa tan llena de contradicciones como antes, pese a los cambios. Tiene Alemania un nuevo gobierno socialdemócrata-verde donde los verdes entraron al lujoso lenocinio del poder preguntando si allí se toma limonada y los socialdemócratas, en pocos días demuestran ser otra vez artistas eximios en aquello de cambiar todo para no modificar absolutamente, absolutamente nada. Eso sí, cambiaron la marca de la cosmética política y se apoltronaron para recomenzar el eterno debate de que si primero hay que subir los salarios para que la gente pueda gastar más y mover la producción, o rebajar los impuestos para atraer capitales. Sonreír a la izquierda y a la derecha, sonreír eternamente como las mujeres de las vidrieras de las viejas callejuelas de los puertos. Pero al primer cañonazo del capital le dieron el pase en blanco a su ministro Lafontaine, que creía que podía doblar por la zurda.
Pero no nos pongamos discepolianos y empecemos a hablar en voz alta, a hacer las preguntas que en una clase de Etica nos harían adolescentes medianamente inteligentes. Por ejemplo, uno de los tantos problemas: ¿por qué se sacrifica al pueblo kurdo y no se da la voz de alto a la infame política de Turquía contra esa minoría? ¿Por qué jamás se recuerda el genocidio que cometió ese país con los armenios en la segunda década de este siglo con la matanza cobarde de cientos de miles de niños, mujeres y hombres? La primera pregunta tiene una respuesta indigna pero políticamente correcta: es que Alemania ha firmado un contrato fabuloso para la venta de armas a Turquía. (Los diputados verdes todavía no han preguntado por esa inmoralidad, siguen tomando la naranjada que solícitos les alcanzan los sonrientes funcionarios de la “Realpolitik”.) El ministro del Interior socialdemócrata Otto Schily se ha mostrado indignado por las manifestaciones de los kurdos en las calles alemanas que no produjeron ni muertos ni heridos, sólo cuatro jóvenes kurdos –entre ellos una chica de dieciocho años– sin armas que fueron asesinados con un tiro en la nuca cada uno por la custodia del consulado israelí en Berlín cuando intentaron entrar en esas oficinas. Pero sobre este inexplicable hecho de sangre todos se callan la boca: terreno extraterritorial, comentan los que tendrían que intervenir pero miran hacia otro lado. Es que el pueblo kurdo no tiene “lobby”, palabra mágica. Por ejemplo: el secuestro de Ocalam rompió contra todos los principios jurídicos que deberían regir la vida de Occidente, pero es que Turquía permite una base a los norteamericanos para desde allí atacar a Irak. Todo es explicable, desde el punto de vista del oportunismo y el interés económico y político.
Podríamos traer en profusión esta temática de la actual Europa. Pero vamos a centrarnos en un tema que mueve a la sociedad alemana y que es de debate en todo el mundo: el aborto. Habíamos escrito ya que Alemania logró una de las leyes sobre el tema más sabias basadas en la opinión de expertos científicos en la materia, de las asociaciones de mujeres, de psicólogos, sociólogos, políticos y de las iglesias. Los obispos alemanes aceptaron en principio la ley pero no así el Papa. Para quien aborto es directamente un crimen. (Esto no obsta para que el Santo Padre corra adefender a uno de los más aviesos y alevosos asesinos de uniforme: Pinochet.) Los obispos alemanes se reunieron y le enviaron a Wojtyla una propuesta para suavizar diferencias. Todavía no ha llegado la respuesta. Pero mientras tanto han salido a la palestra varios teólogos católicos para terminar con la farsa. Eugen Drewermann, que además de ser teólogo es psicoterapeuta, le ha replicado en forma concisa con argumentos que servirán para esclarecer a muchos obispos, principalmente del Tercer Mundo, que no saben cómo enfrentar este problema profundamente humano. Drewermann ha salido a la palestra para enfrentar al Papa mientras casi todos sus hermanos en la fe agachan la cabeza y se ponen de rodillas ante el “pontífice”. Dice Drewermann: “Aborto no es sinónimo de crimen. La posición de la Iglesia de Roma se puede comparar con el fanatismo de las sectas religiosas de Estados Unidos. Quiere hacer creer en forma dogmática que todo aborto es un crimen”. Y contra lo que sostiene el Papa de que la vida humana comienza en el momento de la fecundación del óvulo, replica el teólogo: “¿Cómo puede sostener eso? Hasta hace pocos años predicaba contra la ‘muerte blanca’, es decir, la pérdida de semen que ‘no debía ser dilapidado’. Esto es tan absurdo como la prohibición estricta de todo anticonceptivo”. “Desde hace poco –expresa Drewermann– la Iglesia de Roma se remite a la biología. Repite que cada óvulo fecundado, cada cigoto, contiene la genoma de un ser humano. ¿Pero, acaso por eso, un cigoto es un ser humano? Sí, sostiene la moral papal con demanda de infalibilidad y acusa a cientos de miles de mujeres, que usan espiral, de aborto prematuro y boicotea con todos los medios una discusión razonada sobre ‘después de la píldora’. Pero la biología no sirve para tal rigorismo: ella conoce sólo los pasos de la evolución y no idiosincrasias ya listas”. “Por eso –continúa– sostiene la Iglesia de Roma que en el momento de la concepción Dios crea un alma inmortal”. Dice que “este juicio es por demás discutible en su mezcla de biología y metafísica. Por ejemplo, el Papa ruega, ‘acompañado de las almas de los niños abortados’ para que Dios perdone a sus madres ‘convertidas en asesinas’. Pero cigotos se pierden en abortos espontáneos.”
Y Drewermann, con una ironía genial, se pregunta: “¿Es entonces Dios un asesino sólo porque la naturaleza tiene que probar cuándo la vida es posible biológicamente? ¿Es que acaso una mujer desde el comienzo ya no tiene derecho a ningún plazo para decidir si puede soportar física, psíquica y socialmente un embarazo? Se puede creer en la ‘creación’ de los hombres por Dios y en su resurrección también sin la teoría del alma de Platón; pero el plazo de la decisión en el problema del aborto sólo debería vencer cuando el cerebro del feto esté tan conformado que sean posible las primeras reacciones ante el dolor y el miedo. En suma: quien aborta un feto hasta el tercer mes no mata a ningún ‘niño’. Por eso ninguna mujer que aborta así es una asesina”. Y para las que lo hacen después, la ley contempla una serie de necesidades de urgencia.
Luego, Drewermann recurre al principio de bondad, que debería acompañar todos los pasos del pensamiento cristiano: “Los seres humanos en estado de necesidad necesitan comprensión y no condena. Debería ser cristiano el saber qué necesidad de ‘salvación’ tiene el ser humano desamparado. En cambio, la Iglesia Romana ignora conscientemente la dimensión de lo trágico en la vida humana en beneficio de una dogmática salvacionista mágica-sacramental. Quien aún siempre hace uso de la excomunión como castigo por el aborto no ejercita humanidad, sólo quiere tener razón en vez de escuchar a Dios.”
Cuando uno lee esto y repara en la soberbia de los príncipes de la Iglesia de Roma no puede dejar de pensar en la terrible figura que significa que el Papa, que llama asesinas a las mujeres que abortan, haya pedido por Pinochet, sayón de la tortura y el crimen. ¡Qué dolor deben haber sentido todas las madres de las víctimas de Pinochet! En cambio, el general disfrazado de falso prusiano habrá eructado ruidosamente y se debe haber pedorreado de puro gusto y haber hecho el corte de manga cuando seenteró del mensaje del Vaticano. El Papa con él. Por eso, permítaseme algo que escribo con todo el corazón: mi abrazo a las Madres de Plaza de Mayo que le expresaron al Santo Padre toda la rabia contenida ante su pedido por el verdugo. Mi apoyo solidario a las Madres por esa misiva “imprudente”. Así, como acostumbran ellas. Las únicas que son capaces. Compárense esas palabras escritas con la sangre de sus hijos con la misiva alcahueta y llorona del señor Presidente de los argentinos al Pontífice Wojtyla. Creemos que ahí en esas dos cartas está definida la Etica de los argentinos. Una, en su extremo altruismo e indignada y desbordante sed de justicia. La otra, chorreante de palabras de moralina gacha y redituable, a la que se nos tiene acostumbrados y por la que se nos propone reeleccionismos.

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