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La tristeza del general

Por Luis Sepúlveda

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t.gif (862 bytes) (Viene de tapa) Luego, a la hora del inefable té con galletitas, el general pidió que le marcaran un número en el teléfono, porque los viejos soldados no se llevan bien con los modernos aparatos, pequeños, livianos, amariconados según el decir castrense, tan faltos de la estética ruda y bizarra de los artefactos militares, aquellos en los que no se musitan tímidos “alós” sino, “aquí puma uno, positivo, en cuanto Allende esté volando el avión se cae accidentalmente, over”. Con mano lánguida recibió el celular y lloriqueó en una oreja, algo menos peluda, de su amiga Margaret Thatcher.
–Maggie. Me jodieron de nuevo esos huevones –gruñó el general.
–I’m sorry darling –respondió la estricta gobernanta que, látigo en mano, se entregaba al británico arte de sus mermeladas, tan apreciadas por un escritor peruano y por el viejo soldado que le contaba sus penas.
–Me fallaste, Maggie. Me juraste que como premio a mi traición siempre sería bienvenido en Inglaterra. Hasta me había matriculado en un curso de inglés por correspondencia –se quejó el general.
–No puedes ser más bienvenido, Augusto. Incluso Straw quiere que te quedes en Londres.
–Por ti traicioné los principios bolivarianos, o’higginianos, sanmartinianos, convertí a Chile en un portaviones para tus gurkas, le quité el pan a la vieja, me hice ruin y pecador. Qué mal me pagas, Maggie –gruñó finalmente el general antes de destrozar a mordiscos el celular.
Entretanto, Lucía lloriqueaba su despecho y entre hipos murmuraba sus: yo te limpiaba el sable, te cosía las charreteras, te ordenaba las órdenes de ejecución en el escritorio, te preparaba el puchero cargadito al gofio como te gusta, pero el señor tenía que venir a Londres para verla a ella. ¡A ella!
El dolor materno conmovía a Marco Antonio, el hijo pródigo a la hora de afanarle varios miles de dólares a los cubanos de Miami, y luchaba por zafarse de la camisa de fuerza y del bozal que le impedía repetir llamados a la reconciliación nacional tales como: “mi padre no mató a cuatro mil personas, mató a cuatro mil bestias”.
Y en esta triste pero tierna escena familiar quién daba mayores muestras de dolor era el canciller Insulza, porque él es un hombre puro y limpio, como sólo pueden ser puros y limpios los que jamás se han jugado por nada, los que no tienen ni un recuerdo de lucha, los que llegan al poder gracias a una lógica de bingo.
Aunque alejado de Londres, Ricardo Lagos, el presidenciable de la llamada Concertación más conocida como Conciertatraición, también sufría con la decisión de Straw y se estrujaba los sesos para convencer a los banqueros de que en Chile la transición a la democracia y el libre mercado garantizan un espacio para los defensores de los derechos humanos, porqueveamos señores; las viejas del “vivos se los llevaron vivos los queremos”, salen a la calle con las cabezas cubiertas por pañuelos blancos que, si multiplicamos dos familiares por cuatro mil desaparecidos nos da ocho mil pañuelos confeccionados con telas de alta competitividad. Además portan fotografías sistemáticamente destrozadas por las fuerzas del orden, lo que asegura flujo de capitales para la industria fotográfica o de fotocopiadoras. Y qué decir del consumo de limones para paliar los efectos de los gases lacrimógenos. Capital y derechos humanos. No hay otra fórmula que garantice el modelo.
El general está triste, y su Chile también. La fundación cultural (¿?) Augusto Pinochet llama a boicotear el jamón serrano, el aceite de oliva, el whisky y las galletas de soda. En los barrios, los obreros sin contrato, las dependientas de supermercados con turnos de siete días de catorce horas cada uno, los profesores que ganan por alumno que asiste y se ven obligados a falsear las estadísticas de deserción escolar, los habitantes del país que encabeza la última lista de enfermos de depresiones publicada por la OMS, sin saber qué hacer con tanta tristeza tomaron a la risa el anuncio de Straw. Riendo canturrean o silban el tango “Ladrillo” delante de los policías. Riendo aplauden las declaraciones de la derecha que propone declarar la guerra a España e Inglaterra. ¿Y si les ganamos? Se preguntan riendo.
El general está triste, qué tendrá el general. De civil y sin casco. Sin medallas ni sable, ve cómo su gloria se esfuma entre la niebla de un Londres del que, ojalá, no salga jamás.

* Escritor chileno. Autor, entre otras novelas, de Nombre de torero y Diario de un killer sentimental.

 

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