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¡Güelga nomá, chamigo!

Por Osvaldo Bayer

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t.gif (862 bytes) Es una constante de hierro: la historia les da la razón siempre a los luchadores de la dignidad, por más humildes que sean. Y tal vez, por humildes, sus figuras se recortan en el tiempo con más claridad. Sucedió allá por los años veinte. En la tierra del quebracho. A los hacheros se les comenzó a prohibir los pañuelos rojos que, como costumbre, llevaban al cuello, y las camisas rojas que vestían en el trabajo. Ese color acostumbrado en los habitantes de la región no se podía usar más porque, según los serviles empleados de la empresa inglesa La Forestal, era “comunista y anarquista”. La policía privada de la empresa se encargaba de proceder: trabajador que llevaba pañuelo rojo o camisa granate era obligado a desnudarse, le daban latigazos hasta desvanecerlo y le prendían un cintillo azul y blanco y le hacían gritar bien fuerte: ¡viva la Patria! Todo esto en la Argentina de don Hipólito Yrigoyen, elegido por el pueblo, que mandó al ejército argentino a reprimir al gauchaje alzado que se había levantado al grito de “¡Oh, añá! ¡Güelga nomá, chamigo!”, levantando el puño y con pocos rémingtons “Colí”, de caños y culatas recortados, que les habían hecho llegar los anarquistas de Buenos Aires a través de los marineros de los buques del Paraná.
Fue una solidaridad épica. La huelga reventó como una bomba de brazos alzados desde el Chaco santafesino, por el Chaco, Formosa, hasta el mismo Puerto Infierno, y la parte santiagueña desde Quimilí a Pampa de los Guanacos. Los obreros ferroviarios anarquistas pararon el Central Norte Argentino y el Provincial de Santa Fe para impedir el movimiento de tropas del 12 de Infantería, en el cual estaba el teniente Juan Domingo Perón. Pero no sólo los ferroviarios sino también los marineros de la FORA pararon las embarcaciones y las tripulaciones de los barcos extranjeros que venían a recoger la sagrada madera roja de los quebrachales se negaron a recibirla. Y los portuarios, con sus rostros arrugados de puro indios, escupían a los crumiros traídos de otras latitudes que servían por un pan y un vaso de vino a los señores británicos bajo el cielo impiadoso de un permanente sol despiadado. Dos millones de hectáreas poseían los gentlemen de Londres. (“¿Argentina? Oh, yes, yes, sí, sí, allá hablan portugués, buena carne”). Dos millones de hectáreas, dos millones de hectáreas. Dos millones... de madera noble, de madera dura como el hierro. Roja. Arbol tras árbol, de cien años de crecimiento, caían para Su Majestad Británica, y desaparecían para los hijos de la tierra. Globalización de la injusticia, que se joda la negrada, son todos borrachos, haraganes, analfabetos, sucios, no saben ni hablar castellano, se maman. Metalen bala, nomás. En el mismo año, el 10 de Caballería fusilaba a los peones patagónicos en defensa de los latifundios británicos.
Los curas se metieron en sus templos a rezar y para agradecer la infinita bondad de Dios, nuestro Señor. Mientras los hijos de la Tierra gritaban “Oh, añá, güelga nomá, chamigo”. Pero la empresa británica no se anduvo con chicas, inmediatamente armó su propia policía. El mismo modelo que en los años setenta emplearía uno de los hombres más desdeñables de nuestra historia, López Rega: las tres A. Bajo el nombre de Liga Patriótica Argentina (fundada en Buenos Aires por el Perito Moreno, Monseñor D’Andrea, el acaudalado Manuel de Anchorena y Manuel Carles, funcionario radical). La Forestal contrató a temibles criminales que traían de la cárcel de Misiones y les puso sombreros cowboys –que los obreros llamaban “sombrero galpón”– a los cuales les adosaban una escarapela patria. Y salían a la búsqueda de obreros huelguistas para acribillarlos a balazos. La primera víctima fue el dirigente anarcosindicalista Francisco Coronel, el más querido por las peonadas y hacheros de Puerto del Infierno.
Jamás ni el ejército ni la policía molestó a los cuadros criminales de la Liga pagados por la empresa extranjera. Al contrario, los protegieron para asegurar el éxito final. El monumento final a tanta crueldad e ignominia fue el incendio del local de la Federación Obrera y las viviendas de todos aquellos trabajadores que no se sometieron. El últimoen resistir fue el gaucho Altamirano, que cayó en poder de los bandidos de La Forestal, a quien no sólo lo curtieron a latigazos sino que le prendieron fuego a su casita donde vivía con su mujer y numerosos hijos. Todo en nombre de la libra esterlina.
Pero el asesinato de obreros no fue lo más terrible de esta injusticia que entristece esas zonas, vacías ya de nobles bosques. En 1939, muchos años después de la huelga, el diputado Doldán denunciaba la verdadera consecuencia del capitalismo ladrón. El diputado Doldán denunciará en la Cámara de Diputados: “En el departamento Vera, sobre 4463 defunciones sólo 1533 enfermos tuvieron asistencia médica y cerca de 3000 no la tuvieron. Estudiando las cifras de la mortalidad infantil desde 1928 a 1938, considerando los nacidos muertos y los fallecidos hasta los diez años de edad inclusive, el 42,5 por ciento corresponde a niños. Pero la cifra es más abultada porque muchas criaturas nacidas muertas o fallecidas poco después del parto no son denunciadas al registro civil, lo que ocurre en los parajes más apartados y boscosos. Y ahora viene otro párrafo que desbarata toda posible disculpa o interpretación contraria: en el distrito de Garabato el 80,5 por ciento de los fallecimientos corresponde a la juventud entre los once y los treinta y cinco años”. No sólo se habían llevado nuestros árboles sino también nuestros niños. Todo el mundo se calló la boca. A políticos, militares y a la Iglesia les pareció todo lo más natural.
Estoy en la Feria del Libro. He comenzado a acariciar las tapas de un libro. Es La Forestal, de Gastón Gori, vuelto a editar después de más de treinta años. El maestro Gastón Gori, conciso, justo, valiente. Pese a las represiones que sufrió en su vida de ochenta y cuatro años, que continúa en su denuncia constante, ve que muy poco es lo que ha cambiado. Hace más de treinta años describía así el final de esta tragedia griega que es La Forestal, síntesis desgarradora de lo que fue capaz el primer mundo con las riquezas de las latitudes del sur. “La Forestal llegó, robó y se fue; casas desocupadas y entre yuyales, en cuyos derrumbes, grietas y descascaramientos trabajan el tiempo y las lluvias; viejas casillas despintadas con sus chapas retorcidas y sin gente que las habite; ranchos caídos. Derruida la antigua fábrica de tanino, la zona es la imagen del desaliento, es el saldo de la evacuación de La Forestal. Altos yuyos en los antiguos clubes y cancha de tenis de los altos funcionarios y en las explanadas de las playas donde defendieran su vida obreros en trágicas horas y donde el sudor de varias generaciones regara el suelo; yuyos en la vieja herrería, yuyos avanzando y cubriendo los vestigios de instalaciones para un ferrocarril que ya no existe; yuyos en los intersticios de puertas y ventanas de casas abandonadas. Rodeadas de tristeza en las caras de niños que piden limosna.”
Pero la memoria revive. Este libro, La Forestal, de Gastón Gori, está de nuevo entre nosotros, testigo de la infame historia de la explotación del hombre y de la riqueza de la naturaleza. Ojalá los maestros enseñen a sus alumnos lo que ocurrió por los años veinte en tierra argentina para que comprendan aquel “¡Oh, añá! ¡Güelga nomá, chamigo!”, como el arma de la rebeldía contra nuestra tan actual humillación.
Gracias, viejo maestro Gastón Gori, el de las tierras de mi niñez.

 

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