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“Televisión abierta” no va más: carecía de rating y anunciantes

“El gasto no era grande, pero las cuentas no cerraban”, alcanzó
a explicar uno de los productores e ideólogos del programa de la
gente común, Caíto Lorenzo. ¿Qué será ahora de la abuela Fita..?

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Por Verónica Abdala

t.gif (862 bytes)  La abuela Fita Craichik volverá esta semana a ser nuevamente una jubilada anónima, después de haber conocido, a los 85 años, las ventajas del estrellato televisivo. Fita era casi una columnista de “Televisión abierta”, una tribuna desde la cual solía recomendar a los jóvenes que disfrutasen de la vida y a las amas de casa “lavar los huevos con lavandina, para evitar las enfermedades”. El ciclo salió al aire anoche por última vez, por decisión de los productores. “No nos cerraban los costos. El gasto no era grande, pero las cuentas no daban”, contó a Página/12 el productor del envío, Caíto Lorenzo, a la hora de explicar el levantamiento. Los productores del programa que en su última etapa se emitía dos veces por día, al mediodía y a la medianoche, le pagaban al canal el espacio de aire. La ausencia de auspiciantes o avisadores era notable. Las cifras de rating tampoco ayudaban: el promedio de las últimas dos semanas fue de 1,5 puntos (120.000 personas) en su edición más vista, la de la noche, según la medidora Mercados y Tendencias. Esta semana, los seguidores de este envío, con destino de futuro culto, habían notado con pesar que las notas eran repeticiones de las ya emitidas.
Ayer, con la decisión tomada, los responsables directos del ciclo eran inhallables, supuestamente porque estaban filmando un comercial. En la oficina de producción del canal seguía funcionando el contestador automático con el que, hasta hace pocos días, alrededor de trescientas personas se comunicaban diariamente para concertar un encuentro con alguno de los cuatro motociclistas que recorrían Buenos Aires con la cámara al hombro. Además de los periodistas, había decenas de personas llamando al canal y a la productora (Megamaxx): se quejaban porque tenían “turno” con los camarógrafos, y éstos no estaban asistiendo a las citas.
“Televisión abierta” fue uno de los productos televisivos más hilarantes de la década. Sus ideólogos y realizadores, Gastón Duprat y Mariano Cohn, se propusieron a fines de 1998 “crear un espacio de la gente, en el que todos los televidentes pudieran tener su lugar”. Eso fue lo que hicieron desde la primera semana de enero: los televidentes se convertían, así, en objeto de las miradas de los otros, haciendo y diciendo, sin ningún tipo de condicionamientos, lo que les venía en gana. Lo que se veía todos los días era un desfile por momentos delirantes de personajes anónimos que, a menudo sin saberlo, cumplían con aquella premisa warholiana de los quince minutos de fama. A veces, esas fugaces apariciones, de sesenta segundos cada una, provocaban risas, y otras lástima. De ahí que, además de ser una de las propuestas más desopilantes de la temporada, “Televisión...” fuera una de las más polémicas.
A principios de este año, cuando el programa empezó a hacerse más conocido, tanto en la calle como en los medios se discutía el valor de un producto de estas características, y las opiniones estaban divididas. A algunos les parecía una genialidad, una revolución televisiva, la concreción de la democracia sin límites trasladada a la pantalla. La prueba de que la televisión puede ser útil a la hora de generar nuevos espacios de expresión (a esa postura adherían, dentro del medio televisivo, el productor Emilio Cartoy Díaz, el periodista Horacio Embón y la actriz Verónica Llinás, entre otros). Otros entendían que lo que “Televisión...” hacía era montar a centenares de personas en un juego en cierto punto engañoso: mostrarse, al costo que fuese, a cambio de compartir la pantalla con los verdaderos famosos. Algunos de los participantes ofrecían distintos servicios, otros hacían cosas más o menos divertidas y algunos se conformaban con poder salir en pantalla unos segundos. Pero buena parte de quienes salían al aire hacían el ridículo, a veces a propósito y otras involuntariamente. Los responsables del programa sabían que esa es una fórmula que casi siempre resulta, como biendemostró Mauro Viale en sus mejores épocas. Y mientras duró, supieron sacarle provecho.

 

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