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De Borges, Orletti y
el general Cabanillas

Por Juan Gelman

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t.gif (862 bytes) El general Eduardo Rodolfo Cabanillas ha negado tres veces, incluso al jefe del Arma, que hubiera estado alguna vez en Orletti y/o presenciado algún hecho delictivo. La situación me recuerda una vieja y poco conocida anécdota de Borges. Corría el año 1974 y la editorial Crisis –paralela a la revista mensual del mismo nombre que dirigía Eduardo Galeano– había publicado un hermoso libro que reunía los dibujos/retratos de Borges diseñados por ese gran pintor y caricaturista uruguayo que se llama Menchi Sábat. La narradora Luisa Valenzuela le llevó un ejemplar a Borges la tarde que iba a conocerlo. Y le anunció: “Borges, acaba de salir un libro sobre usted”. “¿De quién?”. “De Sábat”. Borges escuchó mal, se sobresaltó y repuso: “¿De Sabato? Hay quien dice que sus libros son mejores que los míos. El lo dice”. El general Cabanillas dice que nunca estuvo en Orletti. El lo dice.
Era capitán cuando en 1977 declaró bajo juramento en la instrucción de un sumario militar que “se desempeñó como segundo jefe de la OT dieciocho, ya que como dijera anteriormente el Jefe lo era el Mayor Calmon, realizando Actividades Especiales de Inteligencia, ordenadas por la SIDE”. Calmon también era entonces capitán, la OT18 funcionaba en pleno barrio porteño de Floresta, era el polo argentino de la Operación Cóndor y allí se desempeñaba un grupo de militares uruguayos al mando del mayor Gavazzo. Al parecer, el general Cabanillas no recuerda lo que declaró el capitán Cabanillas y, preguntándome por las posibles razones de ese olvido, recorrí las páginas de La ira de Leviatán, libro publicado en Montevideo en 1996, del que es autor un alto oficial, ya retirado, de la Armada uruguaya: el capitán de navío Jorge Néstor Tróccoli.
En la obra, que propone pasar “del método de la furia a la búsqueda de la paz”, se entrecruzan las reflexiones del autor sobre el período dictatorial en Uruguay con testimonios de ex guerrilleros y también de militares que participaron en la represión. Hay un capítulo entero dedicado a este último aspecto de la colaboración argentino-uruguaya en el marco de la Operación Cóndor –que el autor nunca llama por su nombre– y hete aquí que en la página 112 el capitán de navío Tróccoli reproduce un extenso testimonio de alguien a quien identifica como “Capitán”. Según fuentes fidedignas, el testimoniante sería el hoy coronel (R) del Ejército uruguayo Gualberto Vázquez, entonces, en efecto, capitán, que evidentemente se desempeñó en Orletti y que no oculta su admiración entusiasmada por Aníbal Gordon, jefe del personal contratado de la OT18, “los inorgánicos”, su banda.
El Capitán dice que luego de reuniones en la SIDE, Aníbal Gordon “alquila un taller mecánico, Orletti, roba unos cuantos autos más, y junta a su banda, que hasta entonces no había podido. Eran unos 30 tipos, había un par de policías federales en activo, que estaban en representación de la policía, un par de efectivos de la SIDE, gente orgánica de SIDE, y unos 20 más de la banda del viejo Aníbal. Roban unos camiones para no ir en tantos autos a los operativos, además les servía para traer toda la mudanza. Después que se llevaban a un tipo, le llevaban toda la casa”. “En un momento después del golpe –agrega el Capitán– habían agarrado un montón de plata y el viejo (Gordon, JG) estaba cansado de los líos con la SIDE. Agarra una valija con un montón de dólares y sale, ‘vamos a arreglar esto’, dice. Vuelve sin la plata. Al otro día vienen el Director de la SIDE (general Otto Paladino, JG), dos Capitanes de Ejército, y hace la investidura oficial de estos capitanes, uno de ellos general ahora (el destaque es mío, JG), como Jefe y 2º Jefe de OT18, el nuevo nombre de la base”. Añade el Capitán que el de Gordon era “un caso de liderazgo claro” y describe una escena desopilante. La que sigue.
“Nadie le decía nada (a Gordon, JG), discutían entre ellos pero al viejo, nada. Tampoco estos oficiales nombrados Jefe y 2º Jefe. El día dela ceremonia, después que terminó, Aníbal va para su despacho, el único que había. Se sentó en compañía de sus lugartenientes, ocuparon todas las sillas, incluso invitaron a los (militares, JG) uruguayos. No quedó silla libre, ni espacio. Y el Jefe y 2º recién nombrados quedaron en el pasillo, hasta que uno sugirió que les dieran una silla. ‘No –dijo Aníbal–, dejálos allí, que vayan haciendo escuela’, y allí quedaron, uniformados. Era una cosa que no se podía creer.”
El Capitán explica a su manera la extraña relación de fuerzas existente en la OT18. “Y el General que bancaba al viejo también era delincuente, acordate que cuando el viejo quiso oficializar su base, salió con la valija llena de dólares y volvió sin nada, y al otro día se hace la ceremonia de inauguración de OT18. Al General le decían ‘El Padrino’, era un General de Ejército, pero era como éstos. Y el viejo era el caudillo más grande después del General”. El testimoniante agrega que Gordon no permitía que sus hombres violaran prisioneras “porque el viejo Aníbal era religioso, católico, y muy respetuoso de la mujer. La vida humana no le importaba, pero en cuanto al respeto por la mujer era tremendo”. Para Gordon –precisa– también los niños encerrados en Orletti “eran sagrados”. “Y el asunto de los chiquilines –dice el Capitán–, es que los tipos de la banda mataban a los padres y se quedaban con los chiquilines y los criaban como hijos de ellos, tal es así que cuando los descubren, los tipos se pasan a la clandestinidad, viven en la pobreza total para que no los descubran, porque los sienten como sus hijos.”
Cerré el libro del capitán de navío (R) Jorge Néstor Tróccoli, de la Armada uruguaya, recordé la escenita de Orletti que describe el Capitán –¿dos oficiales del Ejército argentino cursando de pie la escuela de Aníbal Gordon?– y me pregunté si el bochorno puede ser causa de olvido. El general Cabanillas dice que nunca estuvo en Orletti. El lo dice.

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