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“La clase alta chilena no soporta que un pobre pueda tener éxito”

El escritor Hernán Rivera Letelier, que hasta hace un lustro era minero, acaba de publicar su tercera novela, una historia de amor en un pueblo que ya no existe, entre una pianista y un trompetista.

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Por Verónica Abdala

t.gif (862 bytes)  Estoy aquí –dice intentando abarcar con un gesto el mundo– para demostrar que las musas no habitan sólo los barrios ricos, que el talento no es patrimonio exclusivo de los poderosos y que cualquier hijo de vecino puede escribir un libro”. Al escritor chileno Hernán Rivera Letelier, que estuvo esta semana en Buenos Aires apoyando la edición argentina de su tercera novela, Fatamorgana de amor con banda de música (Planeta) le gustaría ser presentado como la prueba viva de que “los hombres pobres pueden hacer tan buena literatura como los más preparados, mal que a éstos les pese”. Y asegura que el hecho de haber trabajado como obrero en las minas salitreras del desierto chileno, durante más de veinte años y hasta no hace mucho, lejos de pesarle, lo divierte. Si su vida fuese contada en ficción, es posible que la historia fuese poco creíble. “Si viese un libro titulado De minero a escritor también yo me mataría de risa”. No han faltado, claro, notas con este mismo título.
Este escritor que hoy viaja acompañando sus novelas, elige editoriales y concede entrevistas en lujosos hoteles, se ganaba la vida hasta hace cinco años en uno de los trabajos más brutales que puedan concebirse. “Hay una sola cosa que me da culpa. Y es que a veces pienso que estoy ganando pilas de dinero relatando las historias de los hombres y mujeres de la mina, que trabajan de sol a sol por la comida y seguramente morirán en la pobreza, sin siquiera saber que sus vidas han quedado grabadas en un papel”. Se consuela pensando que, si bien de algún modo vive “a costillas de sus historias”, muchos de los hombres de las legiones chilenas de mineros se sienten orgullosos de que uno de los suyos se haya convertido en un personaje importante. “A veces me paran por la calle, emocionados, y me agradecen, porque sienten que triunfé, siendo uno de ellos. Yo no hago más que narrar, con un lenguaje universal, lo que pasa en mi aldea. ‘Me he leído tu novela dos veces, me dijo hace poco un viejito pobre de mi pueblo”. Y a mí se me llenaron los ojos de lágrimas”.
La primera página que Rivera Letelier escribió en su vida fue un poema, y lo que lo motivó, cuenta en el marco de la entrevista que concede a Página/12, no fue un impulso lírico sino “la necesidad de paliar el hambre”. Tenía 19 años, y estaba decidido a ganar un concurso literario cuyo primer premio consistía, recuerda como relamiéndose, en “una suculenta comida”, en un restaurante. “Escuché la palabra comida y me propuse ganar. Yo ni siquiera había leído un libro entero en 19 años y mis lecturas serias se limitaban a los artículos del Reader’s Digest. Me animé de todos modos, y obtuve el primer premio. Aquella noche cené como rico, y desde entonces no paré de escribir”.
El éxito llegó veinticinco años después, con su segunda novela, La reina Isabel cantaba rancheras (la primera se había llamado Himno del ángel parado en una pata). “Recuerdo que, cuando el libro salió al mercado, yo no podía creer que comenzaran a venderse los ejemplares, en cantidades”. Cinco años antes, había soñado con pagar la publicación de sus poemas, vendiéndolos de puerta en puerta. A diferencia de lo que ocurriría con La reina Isabel..., bien pronto comprendió que el asunto no era soplar y hacer botellas. No sólo no logró cubrir los costos sino que además, sus compañeros de trabajo en la mina lo rebautizaron “la Gabriela Mistral”. “Seguí, de todos modos, porque soy un hombre ambicioso”.
El nuevo libro del chileno narra la historia de amor entre Golondrina del Rosario, una casta treinteañera, profesora de piano y declamación, y Bello Sandalio, un trompetista apasionado que llega a Pampa Unión –un pueblo que existió entre 1912 y 1950, pero ya no figura en el mapa chileno– para incorporarse a una banda. “Todavía tengo esperanzas de llegar a ser un literato verdaderamente importante, el mejor escritor del mundo. Tengo conciencia de que eso es muy difícil, pero sé que pensar deesa forma es lo único que no me permitirá bajar los brazos. Yo voy poniéndome metas sucesivas para evolucionar.”
–¿Cuál es su próxima meta?
–Contar todas las historias que me he dado cuenta que llevo encima. Hay muchos escritores cuyo talento se agota en el primer libro, porque tienen una sola historia que contar. Ese no es mi caso: si no saco las historias que llevo en mi cuerpo, siento que exploto: son como dinamita.
–¿Se definiría como un minero que escribe o como un escritor que se vio obligado a trabajar como minero?
–Soy esencialmente un escritor, que tiene el orgullo de haberse ganado la vida como obrero.
–Sus personajes parecen salidos de la vida real. ¿Hasta qué punto están inspirados en la gente que vive en los alrededores de las minas salitreras?
–Más que decir que están inspirados en ellos, yo debería admitir que, en realidad, no hago más que contar sus historias. Esa gente tiene nombre y apellido. Es poco lo que invento: más que imaginar cosas lo que hago es recrearlas, recrear una realidad que conozco de adentro, la de ser pobre en Chile. De ahí que a menudo me sienta como un fotógrafo que retrata a los indios robándoles el alma.
–¿Escribe pensando en esa gente con la que compartió el trabajo en las minas o en los críticos que evaluarán el valor de sus libros?
–Escribo pensando en conformar a ambas partes. Que me leyeran solamente mis compañeros de trabajo no tendría sentido. Eso es lo que han hecho hasta ahora todos los escritores de la región. Pero igualmente absurdo sería escribir para esos grupúsculos sectarios de supuestos especialistas que pueblan los círculos de escritores y las universidades. Yo diría que escribo para ambas partes, pero si tengo que elegir me siento mucho más cerca de los primeros que de los otros. Yo no subestimo al pueblo, porque soy parte de él. Y me regocijo con eso. No creo que alguna vez vayan a verme en un cóctel.

 

La universidad  de la calle
–Un escritor que se pasea diciendo eso de que las musas no habitan sólo los barrios ricos debe irritar a muchos. ¿Encuentra usted más resistencias dentro o fuera de Chile?
–Los que usualmente se me resisten son los miembros de las clases altas chilenas, que no soportan que un obrero venga a decirles cosas como éstas. Ellos se sienten menospreciados si un trabajador es capaz de escribir un buen libro. Deben creer que son más importantes que los que buscamos minerales en la oscuridad de las minas.
–¿Nunca se sintió en desventaja, por ejemplo, en relación a quienes tuvieron la oportunidad de estudiar literatura o de cursar una carrera en la universidad?
–No, jamás me sentí en desventaja. Todo lo contrario. El hecho de no tener ningún tipo de estudios me sirve en un doble sentido: cuando me salen las cosas mal, puedo ampararme tranquilamente en eso. Y cuando me salen bien puedo decir '¿vieron?, hice esto sin haber ido a la universidad'. La literatura es seguramente la cosa que con más seriedad me tomo en la vida.... pero puedo bromear porque como literato nunca voy a tomarme a mí mismo demasiado en serio.

 

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