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El poder desgasta, sobre todo a quien no lo tiene

Cómo se licua el poder del Presidente. Di Tella, por ahora, a salvo de las citaciones judiciales que agobian a su ex subordinados. La interna que fue ganada por una candidata que no participó. El relanzamiento de Duhalde.

El presidente Carlos Menem uniendo sus manos como en plegaria.
Ultimamente los dioses parecen no escuchar sus súplicas.

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Por Mario Wainfeld

t.gif (862 bytes) Carlos Menem no se privó de nada en esta semana. Participó de la cumbre de presidentes en Río de Janeiro, compartió una cena y escuchó un recital privado de Charly García, recibió después de muchos años a las Abuelas de Plaza de Mayo, habló en el acto de homenaje a “mi maestro” Juan Domingo Perón y festejó su cumpleaños. Con la cuarta parte de esos hechos –o con la décima– hace un año, un semestre o un cuatrimestre habría sido el personaje de la semana, acumulando más tratamiento mediático que todo el resto de los políticos argentinos. Esta vez, quedó en cuarto o quinto lugar (quién lo sabe, todos miran al podio, nadie controla de cerca las posiciones finales del pelotón) detrás, por lo menos de los candidatos presidenciales de su partido y de la Alianza y de Pinky.
Suele decirse que el poder desgasta. El dirigente político italiano Bettino Craxi acuñó un sarcasmo más preciso: “Desgasta sobre todo a quien no lo tiene”. El Presidente lo sufre sobre su piel, se está quedando solo, los peronistas pasan en malón al duhaldismo o buscan cómo acomodarse al diluvio que viene. El reacomodamiento no es un modelo de filantropía o solidaridad, se parece bastante al sálvese quien pueda. Un dato ilustrativo. El jueves fue procesado en la causa por venta ilegal de armas el ex vicecanciller Fernando Petrella, quien recibió la noticia al lado del canciller Guido Di Tella. El ex superior de Petrella es pasible de iguales o mayores sospechas que él pero tiene inmunidad y no puede ser procesado mientras sea ministro. Sus subordinados sí irán desfilando y -como el ex ministro de Defensa Oscar Camilión– juntando bronca y pruebas contra sus superiores, esperando que estén en el llano para hacerlos valer. Di Tella, cuyo look de profesor inglés de película maquilla a un conocedor de los pliegos del poder, sabe cuántos enconos acumula en la tropa propia, certeza que no lo compele a ser solidario con ellos hoy pero que debe agriar mucho su cuenta regresiva.
The teacher Guido, con todo, es uno de los pocos ministros que todavía hacen algo vinculado con la gestión. El resto del Gobierno vegeta, casi catatónico, en un país sumido en una feroz recesión con altísima tasa de desempleo, y muchas provincias al borde de la cesación de pagos. “El único que atiende el teléfono es (el ministro del Interior Carlos) Corach”, rezonga un gobernador peronista que, como todos, necesita del gobierno nacional como del agua.
Pero cada cual atiende su juego, pensando en el Senado, en el duhaldismo o en gambetear Comodoro Py. El poder se escurre entre los dedos del Jefe cuyo principal objetivo, a esta altura, es erosionarse lo menos posible, no tener que dejar la Rosada antes de tiempo como le ocurrió a su precursor, Raúl Alfonsín.
Internas para internarse
El fin de los mandatos es un mecanismo de licuación del poder en democracia. Otro, a veces más imprevisible y brutal, son las elecciones. Véase si no la interna abierta del Frepaso en La Matanza en la que Herminio Bayón –postulado como “testaferro” de la radical Elsa “Pinky” Satragno– venció a la diputada frepasista Mary Sánchez.
El hecho fue leído en general como una victoria de “la gente” sobre “los aparatos”. En verdad, votaron pocas personas (algo así como un matancero de cada mil) y las denuncias que cruzaron Mary y Bayón aluden a una interna provincial más o menos clásica disputada por dos aparatos partidarios exiguos antes que a un pronunciamiento masivo.
Mirada con un poquito de atención la candidatura de Elsa Satragno enhebró estos datos:
* Mary fue candidata a intendente sin participar personalmente en una primaria sino porque Graciela Fernández Meijide le ganó a Fernando de la Rúa en La Matanza.
* Pinky medía mucho mejor que Mary en los sondeos, pero ésta porfió en privilegiar sobre ellos el acuerdo previo.
* Las cúpulas aliancistas nacional y de provincia decidieron respetar la decisión de la ex dirigente sindical.
* La curiosa entrada de Pinky a la interna frepasista, consentida por las huestes de Mary.
Es decir, una ingeniería institucional endeble (poniendo a una candidata como consecuencia de una elección que ganó otra) fue arrasada en una interna que consagró a una candidata que no participó. Más allá de un amargo traspié para Mary Sánchez (que ya le costó, amén de la candidatura, la presidencia del Frente Grande provincial), la incongruencia de todo el proceso testimonia cuán poco seria ha sido la implementación de las internas abiertas, pensadas antes como un eslógan para desacreditar a los partidos tradicionales que como un medio para modernizar y acrecentar los canales de participación. Lo ocurrido patentiza una mezcla desaprensiva de instancias y de reglas: la Alianza es una coalición entre la UCR y el Frepaso, que a su vez es una coalición entre el Frente Grande y otros partidos y cada estadio tiene sus primarias y sus códigos electorales.
Llamar a una suma de desprolijidades “un triunfo de la gente” es por lo menos una elipsis. La unción de un carisma sobre un pacto, tema fascinante sin duda, tiene sus bemoles (“parimos un Frankenstein que va a terminar yéndose criticando a la clase política, como Marta Oyhanarte” era el mal augurio de un dirigente radical de primera línea de la provincia). Un hecho complejo y rico en implicancias debería haber despertado mejores análisis y debates en una sociedad que se pasó vociferando años cuando Menem todavía existía y quería someter las reglas de reelección al peso de la decisión del pueblo.
Las profecías del encuestador
El día en que se plasmó la Alianza, un cronista de Página/12 llamó a un connotado encuestador que trabaja para el PJ para preguntarle sus primeras hipótesis. El requerido fue tajante: “no lo ponga así pero tengo una probable mala noticia y una segura buena noticia. La mala es que probablemente la Alianza nos gane ahora y en el ‘99. La buena es que de ahora hasta el ‘99 voy a vender encuestas a lo bobo”. Lo sigue haciendo. Las elecciones del ‘99 son competitivas, parece imposible que el perdedor levante menos del 40 por ciento de los votos. La encuestomanía de candidatos y sus séquitos es total y su influencia sobre los microclimas de campaña, nada menor. En esa puja cabeza a cabeza, peronistas y aliancistas coinciden en advertir que junio fue un mes de crecimiento de De la Rúa, mientras que Duhalde se estancó. Para los aliancistas eso marca una tendencia creciente. “Fernando va de menor a mayor en las campañas –explica Carlos `Chacho’ Alvarez–, su muy buena imagen supera al principio por mucho a su intención de voto pero luego ésta sube hasta superponerse con la imagen.” Ganando, como viene, De la Rúa no piensa introducir cambios significativos en discurso y campaña, lo suyo –dice uno de sus principales operadores– es “intensificar y mejorar la sintonía fina”. Intensificar es por ejemplo lanzar más spots publicitarios (hay cinco en preparación), ajustar es “bajar” al interior de la provincia de Buenos Aires, un feudo tradicionalmente fiel a la UCR (que controla ahí intendencias populosas: Mar del Plata, Bahía Blanca, Olavarría) donde el peronista Carlos Ruckauf viene ganándole a Fernández Meijide. Lo otro es mantener perfil. “Si no hay cambios en la inercia, dicen los aliancistas, ganamos”, para luego cruzar los dedos y encargar nuevas encuestas.
El diagnóstico íntimo de los duhaldistas es similar. “Si seguimos los dos haciendo la plancha ganan ellos que eso lo hacen mejor” reconoce, filtrando un autoelogio, un sutil operador del gobernador. El propio Duhalde pensó lo mismo: en una reunión de campaña el pasado martes exhortó a su tropa a cambiar, a ser menos dependiente de los economistas (“yo ya sé lo que piensan ustedes” hizo callar, antes que contestó a un pedido de intervención de uno de ellos en el debate) y decidió un kit de medidas para recuperar la iniciativa. La primera es privilegiar caminar por centros urbanos relegando, si no al olvido a segundo plano, a las caravanas por zonas casi desérticas.
Otra es mantener a la reducción de la deuda externa como eje de campaña, lo que entusiasma a sus dos gobernadores más fieles Néstor Kirchner y Jorge Busti y eriza la piel de sus economistas. Para sosegar, algo, a los expertos, Duhalde propone afinar el discurso. Para entusiasmar a los políticos seguir planteando el tema, articulando con la Iglesia. Para gratificar a los asesores de imagen, fantasea rematarlo en triunfo en un viaje al Vaticano para reunirse con Juan Pablo II (ver pág. 7).
Mirando territorios más cercanos y más hostiles, la esquiva ciudad de Buenos Aires, Duhalde piensa en cerrar pronto su coalición con el ex ministro Domingo Cavallo y desplazar (por persuasión o interviniendo el partido) a Miguel Angel Toma de la cabeza de la lista de diputados nacionales reemplazándolo por León Arslanian. Eso y una embestida contra la Corte Suprema –que podría también escalar hasta el juicio político– son las armas con las que piensa (con foco en el centroderecha del electorado y en las demandas de eficiencia y transparencia de los sectores medios) achicar la ventaja. Entusiasmados, algunos de sus acólitos le proponen más blitzkrieg antimenemista incluyendo taponar el pliego de senador de Corach en la Legislatura porteña y gestos duros contra la CGT. El gobernador, por ahora, los considera excesivos.
Hoy, en el sur y con frío, cierra el primer maratón de elecciones provinciales. Habrá un resuello hasta agosto en Santa Fe y luego otra seguidilla hasta el 24 de octubre, cuando recién se sabrá si se corrobora la “mala noticia” del encuestador del PJ. La “buena”, queda claro, se cumplirá con creces.

 

“Ningún ser humano es ilegal”

“El rechazo del inmigrante ilegal, como en su momento el del cabecita negra, expresa uno de los síntomas de una sociedad que se descompone y reformula, donde la estructura social anterior se resiste a su desaparición. Pero la demonización del cabecita negra fue la respuesta desesperada de un orden social oligárquico, de una democratización restringida, conducida por una dirigencia que se horrorizaba de su propia geografía bárbara. Una cultura aristocrática que no se adaptaba al nuevo orden social que la asediaba con una transformación incluyente, según el signo de aquellos tiempos.
“El signo actual (...) es una nueva reestructuración de la sociedad, pero de sesgo excluyente. En este marco, la estigmatización del ilegal es una inescrupulosa jugada política que aprovecha esta tensión –de la cual la misma política es en buena medida responsable– para ofrecer un falso alivio a los vulnerados sectores populares, un placebo para sus crecientemente erráticas trayectorias y desguarnecidas personalidades.”
La cita corresponde al libro Los laberintos de la exclusión del sociólogo uruguayo (y documentado) Diego Casaravilla, recientemente editado. Casaravilla estructura, cita y sistematiza 20 entrevistas a inmigrantes ilegales sudamericanos y pinta un cuadro enriquecedor de los orígenes sociales y políticos del actual racismo vernáculo. El título de este recuadro es cita de un grafiti de rango editorial que adorna un baño de la Boca y que también se menciona en el texto.

 

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