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OPINION

Un acto anti-poder

Por Herman Schiller


t.gif (862 bytes)  El vergonzoso discurso del presidente de la DAIA, absolutamente vacío de contenido y una escapista alusión a valores ancestrales, fue silbado por un gran sector de la concurrencia. “Comprometete alguna vez”, le gritó uno de los jóvenes del público. La comunidad judía, aun aquellas áreas acostumbradas a seguir verticalmente las indicaciones de las estructuras establecidas, ya no come vidrio.
Ante la falta de respuestas y las evidencias de complicidad y encubrimiento que, a cinco años de la masacre, apuntan inequívocamente a factores de poder, como el Gobierno, la Justicia y el aparato represivo, principalmente la policía y los servicios de inteligencia, se ha desarrollado una conciencia crítica.
Ya no resulta tan fácil manipular a los judíos de la Argentina y el resultado fue el acto de ayer, quizás el más combativo y frontal de los que han realizado las instituciones centrales de la judeidad a lo largo de su historia. El presidente de la AMIA fue más allá de lo que se esperaba (“No voy a cruzar la Plaza de Mayo para pedir perdón”, adujo en diáfana alusión al episodio protagonizado por Beraja y Hansman hace dos años) y la gente lo aplaudió dejando momentáneamente a un lado su inveterada desconfianza. Pero los momentos más incisivos, los que arrancaron las ovaciones más estruendosas, los protagonizaron Diana Malamud y Marina Degtiar, en representación de dos de las distintas líneas surgidas dentro de los familiares de las víctimas. Ambas no tuvieron pelos en la lengua y fueron al grano, soslayando los sucedáneos y nombrando directamente a Menem, Duhalde, Corach, Ruckauf, la policía y demás responsables. Tampoco se salvó la oposición a la que acusaron por su debilidad.
Malamud anunció que Memoria Activa se presentó ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) para denunciar al Estado argentino “que es la verdadera conexión local”. Por su parte Degtiar, en un tono antigubernamental que generó los aplausos más fuertes, dio la lista de las cosas que le dan asco: desde el menemismo (“responsable de todos los hechos de corrupción e impunidad ocurridos últimamente en nuestro país”) hasta los sectores uniformados que participaron del genocidio. El tono pusilánime del titular de la DAIA –y la espontánea desaprobación de la gente– sumaron un dato más de la tensa relación dialéctica entre dirigentes y dirigidos.
En los corrillos que se formaron después de este acto judío anti-poder, se urgió con insistencia a “democratizar a la comunidad, para que sean sus millares de integrantes quienes establezcan la política a seguir y no los iluminados elegidos corporativamente”. Salvando las distancias, dijo alguien, es posible incluso que, como sucediera en la culminación de la lucha guerrillera de los guetos, haya llegado la hora de desplazar las formas tradicionales de conducir al judaísmo.
Por algo se aplaudió con tanto ruido la mención de Malamud a los “bancos” y lo mismo ocurrió cuando Degtiar aludió a “los sectores de la comunidad que sólo priorizan sus intereses particulares”. Todos supimos muy bien de qué hablaban y quiénes encabezaban las fuerzas oscuras que frenaron la lucha judía. Lo más lamentable, quizá, sea la subsistencia de la división entre los familiares. Los separa una caracterización encontrada sobre el juez Galeano y el juicio oral a los policías acusados. Probablemente llegó la hora de que se sienten a encontrar puntos en común, en vista de que son los referentes más creíbles en medio de la dura crisis interna que sufre la colectividad judeoargentina.

 

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