Principal RADAR NO Turismo Libros Futuro CASH Sátira


Enterrando a la Revolución

En las últimas semanas, el Kremlin comunicó su decisión de enterrar el cadáver momificado del líder de la Revolución Rusa, que desde 1924 habita un mausoleo a la vista del público en la Plaza Roja de Moscú. La medida es parte de las transas políticas de una elite gobernante con vistas a las elecciones de diciembre, pero la carga histórico-simbólica del posible entierro de Lenin va mucho más allá. En estas páginas, cinco opiniones autorizadas y un repaso por la devastada escena rusa.

na27fo02.jpg (4226 bytes)

na27fo01.jpg (9868 bytes)


Una movida de la mafia

Por Jorge Kreines*

t.gif (862 bytes) Lo que está ocurriendo con el cuerpo de Lenin es coherente con el proceso que se está dando en Rusia y en otras repúblicas soviéticas de pasaje al capitalismo, proceso que está generando desastres. La gente que está en el gobierno es una mafia que, en términos marxistas, puede definirse como “una acumulación originaria del capital con métodos mafiosos y violentos”. Ese sector no puede tolerar que en la Plaza Roja se homenajee cotidianamente al líder de la Revolución de octubre. Si bien ésta perdió su esencia inicial, el ejemplo queda. Por ende, no podemos más que repudiar esta acción. Ni la construcción del mausoleo ni su destrucción marcan nada.
Sí marca, en cambio, la Revolución social de 1917, que fue la revolución más democrática de este siglo. Esa Revolución duró pocos años. Después se degeneró y comenzó a gobernarse desde los ministerios y no desde los Soviet.

* Director del semanario Nuestra Propuesta del Partido Obrero.

 

Hay que cremarlo

Por Jorge Altamira*

t.gif (862 bytes) En primer lugar, Lenin nunca tendría que haber sido embalsamado, porque eso va en contra de los principios socialistas, que postulan que todo aquello que nace a la vida, que existe, no debe proseguir después de su muerte. El embalsamamiento fue un acto místico clerical propio del stalinismo y hoy se da la paradoja de que sus embalsamadores lo quieren enterrar. Habría que cremar a Lenin y desparramar sus cenizas por el mundo.
Boris Yeltsin, que es un oscurantista, quiere sepultarlo para pisotear la Revolución y ése es un acto repudiable. El entierro de Lenin no puede ser un acto de gobierno: debería darle sepultura la clase obrera rusa, a la que él perteneció, y no un burócrata stalinista.

* Titular del Partido Obrero.



1917 no desaparecerá

Por Atilio Borón*

t.gif (862 bytes) En primer lugar, hay que decir que Lenin jamás hubiera consentido que lo convirtieran en un objeto de veneración. Enterrarlo es una movida evidentemente política y se inscribe en el contexto de las próximas elecciones, en las que Yeltsin trata de galvanizar un polo fuertemente anticomunista. Su iniciativa no obedece a ningún propósito genuino. También hay que destacar la enorme diferencia histórica que hay entre Lenin y su actual sepulturero, que es el bufón del sistema internacional. Se puede discutir mucho sobre la Revolución, pero no hay dudas de que la actual dirigencia rusa es tragicómica. Me parece bien que se acabe esta historia del cuerpo del líder revolucionario, pero de ninguna manera su entierro puede significar el “entierro” simultáneo de lo que significó la Revolución Rusa por la sencilla razón de que sus consecuencias atraviesan el siglo XX. Por poner algunos ejemplos, lo que hoy conocemos como el Welfare State, el Estado de bienestar social, difícilmente se hubiera desarrollado sin la presencia amenazante de Rusia. La descolonización de Asia y Africa también necesitó de su presencia. También es interesante pensar qué hubiera ocurrido con la Segunda Guerra Mundial sin la ex URSS. Más allá de sus defectos imperdonables como el stalinismo, cualquier historiador mínimamente sobrio percibe la marca que ha dejado la Revolución de 1917.

* Politólogo.

 


Una identidad nacional

Por Sergio Kiernan

t.gif (862 bytes) Un día asombrosamente gris del invierno ruso entré a la Plaza Roja por su lado “clásico”, el que usaban los misiles en los desfiles, raspando entre las tiendas GUM y el Museo Revolucionario. La enorme plaza estaba cubierta de una nieve amarronada, pisoteada, que nadie había barrido. La tumba de Lenin ya no tenía la interminable y silenciosa cola que por décadas se reunía cada mañana horas antes de que abriera. Hacía apenas unos días que en las agujas del Kremlin ondeaba otra vez la tricolor imperial. Boris Yeltsin acababa de aplastar la última rebelión comunista y estaba acabando con los símbolos del régimen.
Yo quería ver a Lenin. Mis acompañantes rusos, dos periodistas que se llamaban Sacha y que parecían el gordo y el flaco de tan distintos, me miraron. Tenían en los ojos una mezcla de resignación, aburrimiento anticipado y comprensión: el tipo es extranjero, el tipo quiere ver. Era como contarle a un neoyorquino que uno iba al Empire State, a un porteño de la fascinante visita al cabildo.
Flanqueado por los Sachas, me puse en la brevísima fila que comenzaba a formarse. Eramos un par de docenas, en silencio, la mayoría evidentes provincianos de visita en Moscú, algunos con fascinantes caras orientales. De pronto, se abrieron los portones y dos oficiales del KGB, impecables y siniestros en sus botas de montar, sus sobretodos y sus notorios galones verdes, recorrieron la fila, uno de cada lado, mirando como águilas. Nos estaban inspeccionando descaradamente y nos cortaban con órdenes tajantes. “Caminen rápido, no hablen, no hagan ruido.” Uno, jovencísimo y con una cara cruel, me miró a los ojos y me dijo “nye foto”.
Entramos entre los dos guardias que flanquean la entrada, con sus Kalashnikovs bien barnizados y con bayonetas cegadoras de tan cromadas. Adentro todo era silencio y penumbra sacra. Recuerdo un gran hall, inesperadamente amplio: hay algo en las proporciones de la pirámide que hacen esperarla más pequeña. Luego se sube una escalinata, accediendo a la sala donde preside Lenin. Uno sube por la izquierda y, a la derecha, levemente inclinada, está la caja de vidrio hábilmente iluminada. Al tope de la escalera, una balconada que permite ver la cabeza. Después se desciende por otra escalinata, a la derecha del cuerpo.
El edificio es bellísimo, vagamente Art Déco, cubierto de símbolos. Tiene una clara función: potenciar la importancia de Lenin, remarcarlo como ícono, abrumar y emocionar al que ve la reliquia. Cada dos metros, rígido como una estatua pero con ojos que escanean, un joven miembro del KGB, armado y alerta. Hay que ser ciego, sordo y mudo para no percibir que el edificio y su contenido son un nudo en la identidad nacional rusa. Aquello de que el mausoleo de Lenin es un monumento a la Revolución queda para los extranjeros o los idealistas: uno está visitando el Panteón de la Patria y el patriotismo es la emoción que impera, mezclado con la habitual actitud mística que pervade a la santa madre Rusia.
Para los comunistas, haber cerrado la pirámide de Lenin es una herejía. Para el ruso promedio, un desconcierto más en una vida que se tornó líquida: Lenin había terminado siendo San Martín, Belgrano, Roca, Perón y... Lenin. ¿Cómo sacarse de encima todo lo que uno aprendió en la escuela? ¿Con qué reemplazar las imágenes de los actos, los ladrillitos de la identidad nacional? Sacar a Lenin de la Plaza Roja es más que un cambio político en un país donde las novias se fotografían con sus velos blancos frente al monumento al soldado desconocido, para mostrar que la vida sigue pero los muertos no se olvidan.

 


El ejemplo y la memoria

Por Patricia Walsh*

t.gif (862 bytes) La polémica por el destino del cuerpo embalsamado de Lenin refleja con crudeza la verdad contenida en aquella frase que el propio Lenin escribiera: “Los revolucionarios de hoy serán los reaccionarios de mañana”. Sólo así se puede comprender que se haya momificado su cuerpo que no quería ser momia, o que se proponga enterrar cristianamente a quien no era cristiano. Desterrar de su lugar histórico a Lenin, como se viene amenazando, es una tarea más compleja que mudar su cuerpo de la Plaza de Mayo rusa a una tumba de cementerio. Yo diría que es una misión imposible. Hagan lo que hagan con lo que de su cuerpo queda, su lucha y su obra escrita seguirán siendo el fantasma que asusta reaccionarios, mientras que para los hombres y mujeres de izquierda sigue siendo un ejemplo vivo de revolucionario. Como lo son nuestros propios muertos, tengan o no sepultura. Como bien escribía uno de ellos, desaparecido: “El único cementerio es la memoria. Allí tienen, los revolucionarios, un lugar que resiste a cualquier traslado”.
* Candidata a presidenta por la Izquierda Unida.

 

PRINCIPAL