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Los Pumas portan su densa herencia

El seleccionado argentino de rugby viajóayer a Gales, para disputar el Mundial desde la semana próxima, con su carga de problemas.

Los Pumas viajaron ayer a Londres, sin Lisandro Arbizu.
El capitán arrastra una infección en una pierna y viajará más tarde.

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Por Diego Bonadeo

t.gif (862 bytes) Hace más de sesenta años, los sudafricanos Elliott y Wolheim –internacionales los dos y llegados a la Argentina para jugar por los Springboks contra equipos de nuestro país– decidieron quedarse aquí a jugar por Hindú con empleo garantizado, lo que amarilleaba por lo menos sus condiciones de amateurs a ultranza. Ahí comenzó una historia de sigilos y cuchicheos alrededor del tema que todavía hoy parece no haberse blanqueado del todo en el rugby argentino, que ayer partió rumbo al IV Mundial.Tampoco se supo hasta dónde fue cierto aquel pedido de los rugbiers franceses de Section Paloise cuando, en 1965, apenas concluida la primera y recordada gira del seleccionado argentino por Africa del Sur, habrían sugerido cierta retribución económica por jugar contra Los Pumas en la cancha de Gimnasia y Esgrima. Y así fue creciendo el rugby de los jugadores, entre pacatos e hipócritas, en un medio como el nuestro, estructuralmente atípico entre los países con un buen nivel competitivo internacional, con sus altibajos, pero que en su historia reciente –35 años a esta parte–, en términos de seleccionados nacionales les ganó alguna vez por lo menos a todos, salvo a los All Blacks neocelandeses, contra quienes se recuerda, muy especialmente, un empate y un partido perdido inmerecidamente en la misma temporada.Con tres frustradas participaciones en otras tantas Copas del Mundo –las tres disputadas hasta ahora, en 1987, 1991 y 1995, ganadas respectivamente por Nueva Zelanda, Australia y Sudáfrica–, la edición británica a iniciarse en una semana entregó prolegómenos confusos y turbulentos en la preparación de Los Pumas. Aparte de las luchas intestinas en el rugby argentino (que no solamente suponen las disputas casi geográficas y culturales entre porteños y provincianos) pareciera que no solamente las desinteligencias entre la UAR (Unión Argentina de Rugby) y la URBA (Unión de Rugby de Buenos Aires) pasaran por materias opinables. Quienes alguna vez aseguraban que la dirigencia del rugby argentino de treinta o treinta y cinco años atrás parecía más una feria de vanidades que un grupo de gente de buena voluntad que pretendía lo mejor para el juego, no parecían estar equivocados.Independientemente de la olvidable gestión de José Luis Imhoff como entrenador del seleccionado nacional, todo lo que sucedió desde su alejamiento no puede menos que preocupar seriamente a quienes quieran al juego de verdad. No es posible que desde la presidencia de la Unión Argentina de Rugby, a través de Luis Gradin (un Puma histórico si los hay), se insista en que los integrantes del establishment “rugbísticamente correcto” vean con malos ojos que alguien rentado esté a cargo de un equipo, de un combinado o de un seleccionado, y que, por esto, quien recibe un sueldo deba aparecer en un segundo plano.Tampoco es posible que algún advenedizo de los que nunca faltan ignore que este rugby del fin del milenio en la Argentina tiene una historia. Y que esa historia la escribieron y la jugaron los jugadores. No los merodeadores del poder que entregan su honra –si es que la tienen– por un viaje, un congreso, un saco con el consabido escudo, una corbata o un cóctel en la International Board.

 

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