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Empate hasta en el humor

Por Alfredo Leuco

El voto de la gente construyó una suerte de empate que se verifica incluso en los estados de ánimo y en los humores, y mal humores, de los dirigentes y de la sociedad. La paridad de fuerzas es tal que la alegría y la tristeza se reparten por igual.
La Alianza desbordó el Obelisco con sus festejos, pero el festejo no fue completo porque derrota de Graciela Fernández Meijide dejó un sabor amargo a los demás, empezando por Fernando de la Rúa, el gran ganador de ayer.
Carlos Ruckauf y el peronismo estaban felices y exultantes por su triunfo en la provincia de Buenos Aires. Habían derrotado nada menos que a un símbolo de la lucha por la decencia como Graciela Fernández Meijide. Y simultáneamente parecían deprimidos por la derrota nacional de Eduardo Duhalde.
Pese a todo, sin embargo, De la Rúa fue el gran ganador del domingo. Consiguió el regreso de un radical a la presidencia, a sólo cuatro años de que la UCR cumpliese la peor elección de su centenaria vida política con los 17 puntos de Horacio Massacesi en 1995, a diez del final traumático del gobierno de Raúl Alfonsín.
Es que De la Rúa supo representar las demandas de cambio y honestidad de una sociedad hastiada y asfixiada por la década infame de Menem y por esa pátina permanente de frivolidad, de corrupción y de falta de respeto a las instituciones. Es el líder de nuevo tipo que aflora en la Argentina: cara y contracara de la continuidad de Carlos Menem.
Es la contracara de la ostentación, de las Ferraris y las Elsas Serranos, de las tortas de cumpleaños en el avión presidencial y de los peluqueros y alcahuetes que viajan como un séquito. También es la contracara de los decretos sin necesidad ni urgencia, del intento permanente por colocarle a la Corte Suprema la camiseta partidaria, de la provocación constante y la soberbia de los sueños hegemónicos.
A la vez, De la Rúa es la continuidad en lo económico. Si en lo político ganó un cambio de estilo que consolida el sistema democrático para siempre, en economía se consolida un modelo. De la Rúa tratará de ponerle más anestesia que cirugía, pero seguirá siendo el mismo modelo de libertad de mercado, privatizaciones y subordinación y valor al Fondo Monetario Internacional.
Es probable que ésa sea la demanda de la gente: un cambio político sin conflicto económico. Por eso De la Rúa terminó comprometiéndose a “un peso, un dólar” y ordenó a José Luis Machinea que hiciera los deberes ante los organismos internacionales de crédito.
Si De la Rúa siempre tuvo una impronta negociadora, una tendencia, incluso excesiva, al diálogo y a la construcción de consensos, ahora la realidad electoral y la correlación de fuerzas lo están empujando a que sea más de lo mismo y refuerce sus principales características.
Viene una Argentina de acuerdos, que no admite la prepotencia de nadie.
Si la expectativa de los votantes de la Alianza es que rápidamente haya señales de austeridad y manos limpias, esa expectativa no se verá defraudada.
Pero los votantes no deberían ilusionarse si creen que con urgencia se resolverán la hiperdesocupación y la hiperinseguridad.
La única luz de alerta que los votantes de la Alianza pueden poner es la advertencia de que el diálogo y el acercamiento necesarios para gobernar entre la Alianza y el peronismo no supongan un pacto de impunidad para los ladrones que asolaron este país.
Esa es la promesa que mucha gente votó. Como si hubiera dicho: “Los mejores a gobernar y los ladrones a la cárcel”.
Desde el punto de vista de las estructuras netamente políticas pueden explicarse los triunfos de De la Rúa y Ruckauf, otro de los grandes ganadores del domingo, con el mismo ejercicio de análisis.
De la Rúa ganó porque pudo reconstruir la coalición electoral de Alfonsín en el ‘83, el amplio espectro que va desde el socialismo de Alfredo Bravo hasta el liberalismo de Eduardo Bustelo. En la provincia, Ruckauf logró reconstruir la coalición electoral de Menem en el ‘89. De Domingo Cavallo a la Unión del Centro Democrático.
Los puntos de diferencia de De la Rúa sobre Duhalde son los que sumó Cavallo como tercera fuerza.
¿Cuáles son, en el peronismo, los mariscales de la derrota?
Eduardo Duhalde hizo una campaña tardía, dispersa, errática y confusa.
Carlos Menem, porque Cavallo no fue compañero de ruta de Duhalde después de que el Presidente se encargara de expulsar de su lado a todo el que fuera sospechado de honestidad, como el propio Cavallo y Gustavo Beliz. Además, Menem y los menemistas produjeron un gran nivel de saturación de la sociedad, que determinó la extraordinaria demanda de cambio y honestidad canalizada el domingo por Fernando de la Rúa.

 

 

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