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NIEVE
Por Rodrigo Fresán

Desde Barcelona

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UNO De todos los efectos especiales de los que dispone el misterioso director de la película de nuestras vidas, tal vez la nieve sea uno de los más eficaces a la hora de sorprender y maravillar. La nieve siempre se lleva el Oscar. Mirar la nieve con los ojos abiertos y la boca abierta para que la boca y los ojos se llenen de nieve.

DOS Me explico: es domingo y es noviembre y es la primera vez que nieva en noviembre, en Barcelona, desde 1930. Y es la primera vez que nieva, a secas, desde 1991. Copos pesados que, por falta de viento, demoran en caer, verticales, modificando el paisaje. Terminándolo. La nieve nos hace pensar que todo está inconcluso sin nieve y es una verdadera injusticia geográfica que no nieve en Buenos Aires salvo a la hora de El Eternauta. Entonces sí: la nieve como producto importado, como otra de las tantas invasiones extraterrestres que nos azotan y seguirán azotando. Como Holiday On Ice.

TRES En Barcelona, la nieve queda bien. Especialmente sobre los edificios de Gaudí. Los vuelve muy Tim Burton. La nieve en el cine y la sorpresa de que mis películas preferidas vienen siempre con nieve. Citizen Kane (donde la nieve es la memoria del tiempo perdido), It's a Wonderful Life! (donde la nieve es la forma del milagro y para la que por primera vez se utilizó un compuesto especial con la espuma de los extinguidores de incendios mezclada con agua y jabón descartando los ruidosos corn-flakes teñidos de blanco que se utilizaban hasta entonces), Edward Siccsorhands (donde la nieve es obra de arte y declaración de amor eterno). Por algún extraño --o no tanto-- motivo, en las tres la nieve aparece como agente redentor. Voy pensando en ellas en un vagón de subte calefaccionado rumbo al mar, a ver la nieve junto al mar.

CUATRO La playa está blanca y me adentro en el agua por un muelle largo y negro. Milagro: sobre el mar no nieva pero, atrás, la ciudad aparece como una postal con brillantina, como una de esas bolas de cristal, como algo a punto de nacer flotando en una pecera de líquido amniótico. Me paro en el sitio exacto, entre la tierra y el agua, en que empieza y deja de nevar, en la frontera del fenómeno imprevisible. Hay muchas formas de ser feliz y, seguro, ésta es una de ellas.

CINCO La nieve en los libros, en los libros de los otros. Hay más menciones a la nieve en mi Diccionario de Citas que a la vida y a la muerte. Pienso en la nieve en Dickens y en Tolstoi; en la nieve de "The Ice Palace" de Scott Fitzgerald, en la bola de nieve que lanza por los aires toda la Trilogía Deptford de Robertson Davies. Pienso, fundamentalmente, en la nieve en la obra de John Cheever. Hay nieve, por supuesto, en varios de sus cuentos y en todas sus novelas. En el frío provinciano y picaresco de la saga Wapshot, en el frío suburbano y demencial de Bullet Park, en el frío solitario y penal de Falconer. Oh What a Paradise it Seems es un libro escrito en la nieve. La nieve en Cheever es la epifanía que, disfrazada de alfombra que cubre todas las miserias, no hace más que esconder, apenas, la más bienvenida de las bendiciones. La nieve como maná o, quién sabe, como la caspa sacramental de Dios colándose por esos agujeros que son las estrellas. Por eso, casi por reflejo, siempre abrimos la boca para que entre la nieve y comulgar con el misterio de la naturaleza, la gravedad, el arte irrepetible de copos que --como las huellas dactilares-- son siempre diferentes, siempre nuevos. Afuera, mientras escribo esto, los niños hacen muñecos de nieve. A su imagen y semejanza. Más o menos.

SEIS Tal vez por admirar tanto a la nieve, me resisto a explicaciones. No me interesa que me cuenten por qué nieva, desconfío de los hombres del tiempo y a las mujeres del tiempo. Elijo no pensar en que --lo siento, en serio-- para muchos, la nieve es una tragedia, un enemigo. Yo estoy en deuda con la nieve. Prefiero, en cambio y a modo de agradecimiento, escribir nevadas. Creo que fue Chandler quien dijo que cuando no sabía qué hacer con un texto siempre recomendaba "hacer que entre un hombre con un revólver en la mano". Tal vez influido por Cheever, cuando no sé qué hacer yo hago que nieve en mis cuentos y novelas. La abundancia de nieve en mi ficción no es más que la prueba fehaciente de que a menudo no sé qué hacer pero, también, de que sí sé hacer nevar. Entonces todo funciona y descubro el camino. Basta con seguir las huellas en la nieve de todos los que me precedieron. Corro tras ellos para decirles gracias, antes de que sea demasiado tarde, que deje de nevar. Me gusta pensar que, si se presta atención, podemos oír el momento exacto en que alguien aprieta el botón que activa el mecanismo blanco y que hace que los cielos se abran para que la nieve caiga sobre nosotros o, quién sabe, para que nosotros ascendamos hacia ella.


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