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Apuntes para un paper de un politólogo sueco

Las razones de los aplausos de Cavallo. De cómo el gobierno traspapeló el mapa del acrhipiélago peronista. El primer día de gobierno fue también el último de la campaña.

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OPINION
Por Mario Wainfeld

t.gif (862 bytes)  Si un politólogo escandinavo, de sólida formación y buen manejo del castellano pero superficialmente informado acerca de la realidad argentina, hubiera sido invitado a las ceremonias de transmisión del mando presidencial y fuera luego interrogado acerca de sus conclusiones a vuelo de pájaro, posiblemente hubiera resaltado el clima de civismo que se vivió en el Congreso y en la Rosada. No hubiera tenido problema en identificar en el Parlamento a los neooficialistas (los que aplaudían todo lo que dijo el presidente Fernando de la Rúa) y a la neooposición (los que lo acompañaron batiendo las palmas apenas un par de veces), aunque seguramente hubiera requerido una mano para identificar a esa mujer menuda, de cabello rubio, sentada entre los opositores, que aplaudió bastante más que sus compañeros las menciones a la corrupción menemista. Alguien hubiera podido soplarle al oído "es Chiche Duhalde".

Tal vez hubiera tenido un traspié clasificando como militante del ala más delarruista de la Alianza a un diputado de ojos azules brillantes que aplaudió a rabiar --seguido fervorosamente por sus laderos-- sobre todo las referencias discursivas al déficit fiscal y a la decadencia moral menemista. Alguien hubiera debido explicarle "es Domingo Cavallo". Y ahí el politólogo, un investigador al fin, hubiera pedido un poco más de precisiones, sobre todo después de anotar que Fernando de la Rúa aseguró que no venía a "emprolijar el modelo" del que --hasta el más desprevenido sueco lo sabe-- Cavallo reclama ser padre.

Lo cierto es que, tras una lectura más fina, la expresión "modelo" usada por el Presidente sólo parece traducible --al sueco o al criollo-- como referida al modo de gestión menemista antes que a las vigas del sistema económico que De la Rúa honró a pies juntillas: el equilibrio de las cuentas públicas como primera necesidad, el crecimiento como paso consecuente y la generación de empleo como su virtuosa derivación final.

La propia idea, núcleo del primer discurso presidencial, de que la lucha contra la corrupción es la piedra basal del crecimiento futuro tiene una sólida matriz cavallista. Las huestes del ex ministro y actual presidenciable vienen predicando que --a partir de 1991-- se abolió la "corrupción estructural" ligada a la existencia de decadentes empresas públicas y arbitrario manejo de la economía por el gobierno y sólo quedaba una corrupción "residual" ligada a la mala administración o a su maridaje con el crimen organizado.

Al sueco le costaría ligar incluso al cavallismo más ortodoxo con la idea --predicada por De la Rúa y puesta en acto por el paquete impositivo de su gobierno-- de que "los que más tienen" (y por ende más impuestos deben pagar) son los asalariados de altos ingresos y no los titulares de activos en el extranjero o los que manejan acciones, títulos o capital financiero. Y tendría que hacer malabares para, coincidiendo con José Luis Machinea y De la Rúa, considerar "progresista" ese criterio. A menos que se reflotara la viejísima concepción evolutivo-conservadora del sociólogo Augusto Comte: "El progreso es el desarrollo del orden".

Uno, diez, cien peronismos

"Los peronistas son, ante todo, incorregibles", escribió alguna vez Jorge Luis Borges, citado en la bibliografía de bolsillo del politólogo. Sin embargo, bien mirado el traspaso de gobierno fue, en términos histórico comparativos, ejemplar y en términos absolutos más que aceptable. Algunos pusieron ruedas en el carro, otros facilitaron las cosas. Los peronistas son animales de poder, empezó a descifrar el politólogo, no se mueven por principios abstractos sino en función de su posicionamiento propio y expectativas. Y el PJ, a fin de siglo, no es un bloque homogéneo sino un archipiélago de actores carentes de conducción unificada, que ocupan distintos espacios institucionales y actúan privilegiando sus necesidades por sobre una virtual estrategia conjunta.

* No es "el PJ" sino la mayoría de los gobernadores peronistas, encabezados por los de provincias más grandes, los que necesitan como maná acuerdos sólidos con el gobierno nacional. De la Rúa ya lo está viendo --apuntó el sueco-- y lo agradeció en el Congreso. Entre ellos, es claro que el más vivaracho viene siendo el bonaerense Carlos Ruckauf, quien ha apostado a competir con el Presidente en su mismo registro, el del administrador eficiente que combate desempleo e inseguridad, marcando diferencias de estilos y de énfasis. Ruckauf corrió literalmente a ponerse al lado de De la Rúa cuando los senadores del PJ escupieron el asado del acuerdo urdido entre los gobiernos provinciales peronistas y el nacional.

* No son "los senadores del PJ" los que --al decir de empinados dirigentes aliancistas-- pusieron una casilla de peaje en el camino a la aprobación del paquete impositivo. Fueron algunos de ellos, que terminan su mandato dentro de dos años con remotas (por ser piadoso) posibilidades de volver al Parlamento, que no reportan a gobernadores de su partido (por no haberlos en su provincia o por integrar minorías cerriles) y que tienen la llave de un poder acotado en el tiempo pero denso en el corto plazo.

* No son "el PJ" ni "los senadores del PJ" tout court, sino algunos senadores --los que están on line con sus gobernadores y quienes, no estándolo, tienen futuro estratégico en el sistema institucional como Eduardo Bauzá, Eduardo Menem y Carlos Corach-- los que procuran darle unos meses de gas al gobierno nacional apostando a competir con él en el futuro "al modo de Ruckauf".

* No es "el PJ" sino la mayoría de los integrantes del disco rígido del gobierno nacional los que se van casi sin posibilidades de reengancharse institucionalmente y por eso practican una política de tierra arrasada pensando más en cómo zafar de los tribunales de Comodoro Py que en cómo reciclarse juntando votos. Fue el propio Ejecutivo nacional el que produjo dos mayúsculos papelones de cierre: el aumento en el estribo a los empleados del PAMI y la mágica desaparición del general Lino Oviedo.

* No serán "los peronistas" pero sí la inmensa mayoría de los no menemistas los que dejarán caer, como un costo indigesto pero inevitable, la vindicta pública, judicial y mediática sobre Víctor Alderete y María Julia Alsogaray.

Ese mapa, complejo pero no indescifrable, es el que deberá manejar la Alianza gobernante. Se le traspapeló en la semana que hoy termina, creyendo que un arreglo con algunas islas (los gobernadores) involucraba a todo el archipiélago. "Un error no cuantitativo sino cualitativo", diría el politólogo, ya lanzado a comprender y explicar "producto de qué la Alianza no termina de pasar de la campaña al gobierno".

La imagen no es todo

"El primer día del gobierno aliancista fue el último de la campaña, no ya por definición, sino porque repitió y reforzó todo lo hecho en la carrera a la Casa Rosada", empezó en escribir en el avión, en su laptop el politólogo. No hubo anuncios de medidas concretas ni mucho menos un plan de gobierno, apenas el reforzamiento de la imagen presidencial construida en campaña y la reiteración de sus tópicos discursivos más recurrentes. La propia aparición de Ernesto Sabato en el balcón de la Casa de Gobierno, reitera una escena armada en campaña, cuya cuidadosa urdimbre se relata en el libro Educando a Fernando de Ernesto Semán. La intención de asociar a la Alianza con la virtud, el saber y el desinterés cuyo emblema mediático es el escritor de Santos Lugares apunta nítidamente a marcar un quiebre de imagen respecto de la farándula menemista..., aunque el sueco podría asombrarse en un paper posterior de adjudicar el rango "de escritor brillante e intelectual comprometido a un autor poco prolífico, que escribió sólo un ensayo en los últimos 20 años, a quien nadie ranquearía entre los 20 mejores de la literatura argentina y cuya trayectoria pública fue, por decir poco, errática".

La campaña es un universo bastante cerrado, con plazos precisos y objetivo único. El gobierno, algo infinitamente más complejo y más mudable. Los primeros pasos de la administración aliancista han mostrado una ostensible vocación de mantener un estilo, con algunos costos iniciales consecuencia de no manejar los tiempos de la realidad. Dejarse primerear por un conjunto de senadores de segunda línea fue una debilidad. Lo es también asumir sin haber definido buena parte de los equipos del Ejecutivo. El patrimonio simbólico del nuevo gobierno reluce, igualmente, intacto, y tendrá de buena parte del PJ y del colectivo electoral un semestre o un año de gracia. Pero su poder dependerá de modificar durísimas situaciones económico-sociales y no sólo de mostrar una ética y un modo diferente al menemismo.

En otra página de este diario, el sociólogo Horacio González desarrolla una provocativa descripción --opinión acerca de cómo se armó la imagen presidencial de De la Rúa. Su conclusión es lapidaria, "a diferencia de Raúl Alfonsín, aceptó ser otro en la campaña porque todos tenían la absoluta seguridad de que luego ni una coma sería movida de su lugar". Para muchos dirigentes aliancistas, en cambio, la metamorfosis de un hombre de la derecha radical a un aliancista de centroizquierda es algo más que un juego de artificio, que una variante moderna del viejo truco de guiñar a izquierda para luego girar a derecha. Según ellos, la reiteración de los gestos de campaña ya en el gobierno no es una demora en saltar de etapa sino el consciente comienzo del cumplimiento de una promesa.

Epílogo

"¿Cómo es un día aliancista?", le preguntarán tal vez los colegas especialistas en América latina a nuestro amigo, ya de vuelta en la Universidad de Gotemburgo. "Como los peronistas, luminosos, con un sol que no se puede creer. Eso sí, con menos gente en las calles", redondeará el viajero.

"Una pregunta más --le dirán--, ese Corach que integra el ala dialoguista, ¿no tuvo nada que ver con el sector del gobierno ligado a la bochornosa fuga de Oviedo?"

"No se puede ser tan cartesiano para hablar de Argentina... ¡gorila!" replicará el --a esta altura-- argentinólogo experto.

 

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