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Por M. Fernández López
Bajo la alfombra
Cualquiera ha observado en su barrio que, cuando aparece un volquete en cualquier lugar, los vecinos sufren una súbita alteración en sus hábitos normales de disponer de la basura en bolsitas en su propia vereda; una suerte de coprofobia que los presiona para deshacerse de la basura en forma caótica. Me pasó a mí: durante la construcción de mi casa, en el frente había toda clase de materiales y escombros: los vecinos lo tomaban por volquete y como boleadoras revoleaban sus paquetitos para lanzarlos dentro de mi predio. También es común que los vecinos saquen la basura a destiempo y sean multados. Por último, se recordará el negociado colosal de los contratos entre la Municipalidad y empresas recolectoras de basura domiciliaria. La basura es inevitable, y un excelente negocio: así como no puede obtenerse producción sin gastar insumos, no hay producción que no genere desechos, incluyendo la producción de nuestra propia vida. Y la basura, a su vez, es reciclable en otros productos o usable benéficamente para rellenar suelos deprimidos. Pero en nuestra sociedad pareciera que la basura nos saca de quicio, nos induce conductas anómalas que van desde la insolidaridad hasta el negociado más vil. No sólo con la basura material, sino también con la basura moral. En la estructura valorativa comúnmente aceptada, quitar la vida o traficar con ella se considera basura moral, y acciones que corresponde suprimir o erradicar de la sociedad. En esa categoría se incluyen por ejemplo, derribar el helicóptero del hijo del Presidente de la República, hacer volar una fábrica estatal de armamentos ubicada al lado de una ciudad densamente poblada, o matar e incinerar a un fotógrafo indefenso. Añádanse la aduana paralela, el affaire IBM-Nación, el contrabando de armas. ¿Por qué ocultar la basura: hacer chatarra el helicóptero, guardar la bala de Cabezas en envase corrosivo, no conservar como es debido pruebas clave? Añádanse numerosas muertes no naturales de testigos, que se disparan en la nuca o por la espalda. La sensación es que proliferan sociedades secretas, regidas por la lealtad y el silencio. ¿Qué camino se ofrece a la juventud para labrarse un porvenir? En España, antes de la Guerra Civil, había dos: cura o militar. En Brasil, no hace mucho, también dos: cantante o futbolista. Aquí, también dicen que son dos: político o miembro de una mafia exitosa.
Esa la inventé yo
¿La sociedad se polariza entre unos pocos riquísimos y una enorme cantidad de pobres y desocupados? ¿La pequeña y mediana empresa desaparece y su lugar es tomado por empresas gigantes? ¿La capacidad productiva de las empresas crece y la capacidad adquisitiva de la población decrece? ¿Los trabajadores se debilitan y sus condiciones laborales y salariales están a la discreción de los empleadores? ¿La economía entra en crisis y no hay dónde vender la producción a precios remunerativos? No piense que eso que a usted le pasa o percibe en su sociedad de hoy es algo novedoso y único. A mí también me pasó luego de la crisis de 1818, que tuvo lugar no sólo en Francia, sino también en Inglaterra y en Estados Unidos. En Nuevos Principios de la Economía Política (1819) procuré llevar esa experiencia al rango de teoría científica. A diferencia de David Ricardo, cuya obra apareció dos años antes, donde afirmaba que los productos se pagaban con productos y no era posible que la producción excediese a la demanda, yo sostenía que nos gobiernan dos leyes antagónicas: una era el crecimiento de la capacidad productiva por introducción de mejoras tecnológicas; otra, la contracción de la capacidad adquisitiva por reducción de los salarios en las negociaciones entre patronos y obreros. A medida que la brecha entre esas dos leyes se tornaba mayor, se creaban las condiciones para una crisis, que llevaba a la quiebra a los productores más pequeños o menos tecnificados, y con ellos se arrojaba al desempleo al personal que antes ocupaban. Este desempleo y la capacidad de sustituir un trabajador empleado por otro desocupado que se ofrece por menos salario mantenían salarios bajos y contraían aún más el poder adquisitivo. Thomas Malthus tuvo la valentía de plagiar mi libro en sus Principios de Economía Política (1820), que lo enfrentó ásperamente a su amigo Ricardo. Más de un siglo después, en 1929, el mecanismo de la demanda global deprimida se manifestaría en todas las economías capitalistas y sería captado por Keynes, quien dio el crédito de antecesor a Malthus y no a mí. Pero lo que usted necesita saber es que estos hechos no son peculiares de su país ni culpa de los funcionarios que lo gobiernan, sino, en primer término, del sistema económico en que vivimos, y en todo caso el país o los funcionarios pueden paliarlos o agravarlos. Espero le sirva. Atte., J.C.L. Sismonde de Sismondi.
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