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Los
paranoicos
tienen razón
Por FABIAN LEBENGLIK
Con cuatro nombres de la pintura
española Goya, Velázquez, Picasso y Tapies
se puede comprender y trazar el mapa de toda la pintura
moderna, desde fines del siglo XVIII hasta mediados del
siglo XX. Pero hay otro, que a fuerza de imaginación,
extravagancia y espectacularidad, quiso entrar en esa
breve lista a los codazos: Los dos mayores golpes
de suerte que puede tener un pintor son, primero, ser
español y, segundo, llamarse Dalí. La frase
pertenece, por supuesto, al propio Dalí, cúspide de la
megalomanía. Salvador Dalí1que nació en
Cataluña en 1904 y murió en enero de 1989, hace una
década no podría entrar, ni a palos, en esa
lista. Por lo menos no como pintor, porque su legado es
otro.
Dalí es el modelo de artista para
iniciados. Durante varias generaciones no hubo
adolescente que no haya entrado en el mundo de la pintura
sin ver y admirar a Dalí. Su vida y su obra están
hechas de relatos e imágenes tan notorias como
magnéticas. Aunque el de sus imágenes es un magnetismo
de ilustrador, la popularidad de Dalí siempre ha sido
inmensa.
Para los que hemos tenido el primer
contacto con los originales del arte europeo,
precisamente, durante la adolescencia y hemos aprendido
en la infancia a través de reproducciones, hay pocos
pintores tan decepcionantes. Pasar de una reproducción
fotográfica de un óleo de Dalí a estar en presencia de
uno de sus cuadros es comprobar que el centro de su obra,
la pintura, es casi toda una decepción construida a
fuerza de meticulosidad, brillo y barniz. Hasta parece
mal pintada. Al revés que en Dalí, cuando se está
frente a la obra de Goya, Velázquez, Picasso o Tapies,
el mundo y la respiración se suspenden y comienza la
combustión.
La clave en Dalí es seguir la lógica
de su popularidad y trasladar el centro de su obra a lo
extrapictórico: sus escritos, sus declaraciones, su
vida. Y, por supuesto, sus dibujos, porque sí era un
gran dibujante y, de hecho, todo su delirio imaginativo
para derretir relojes y llenar cuerpos de cajones es un
efecto colateral de la habilidad para el trazo y la
línea.
Además de haber escrito una novela,
una autobiografía, algo de teatro y algunos textos
crítico-interpretativos muy sagaces, como aquel en que
analiza el célebre cuadro de Millet El Angelus, uno de
los aspectos salientes de Dalí era su teoría sobre la
creatividad, que incluía la producción pictórica. El
método paranoico crítico consiste en la suspensión
temporaria de la razón en favor de un estado paranoico
deliberado para promover un engaño voluntario. Dalí
basaba su teoría en la asociación
crítico-interpretativa del delirio paranoico, cultivado
con una pasión obsesiva y sistemática. En Dalí la
lucidez crítica y teórica funciona como el revelador
fotográfico del desborde imaginativo para producir la
ilusión del azar objetivo.
Cuando fue a París con sus cuadros y
el esbozo de su teoría, enseguida Breton lo alistó en
la vanguardia surrealista. Pero ambos egos eran
incompatibles y Dalí fue acusado de2 y en eso fue
un precursor dedicarse sólo al marketing, el
dinero y la estrategia publicitaria. Quisieron
estigmatizarlo con un anagrama hiriente: Avida dollars.
Pero Dalí, dado de baja y expulsado de las filas
institucionales del surrealismo, se reía con cinismo del
sobrenombre: Ese anagrama, escribió Dalí en
sus memorias, fue un sello benéfico. Me ha abierto
las puertas de los bancos y de las cajas fuertes. El oro
me deslumbra y los banqueros son los sumos sacerdotes de
la religión daliniana. El oro es la clave que cierra el
arco no solamente de la economía, sino también del
humanismo. Ennoblece todo lo que toca.
Catalán hasta la médula, especialista
en escatología3 escribió una teoría del
pedo, gran lector de filosofía y psicoanálisis,
monárquico y aristocrático, Dalí recibió, poco antes
de morir, el título de marqués de manos del rey Juan
Carlos. Yo no estoy loco, dijo, mi
lucidez ha alcanzado un nivel de calidad y de
concentración tales que no existe en este siglo ninguna
otra personalidad más heroica y más prodigiosa.
Como testimonio de esta afirmación, Dalí publicó la
Declaración de independencia de la imaginación y de los
derechos del hombre a su propia locura. 
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