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Perón en Caracas, de Leónidas Lamborghini

Luche y vuelve

En una suerte de invocación colectiva a la figura de El Gran Conductor (para ajustar cuentas con él y con la historia), se inauguró la nueva Gandhi con una lectura de la obra de Leónidas Lamborghini sobre Perón en su exilio venezolano, a cargo de Cristina Banegas. El fantasma de El Gran Conductor no se hizo presente.

Por Daniel Link

Perón en Caracas es nadie, es nada. En la soledad de su exilio debe armar una nueva identidad y un nuevo destino. De eso habla el texto de Leónidas Lamborghini: del exilio de Perón, de su pasado, de su ademanes y de su retórica: un Perón ensayando. El propio Lamborghini dice, en el prólogo de la flamante edición de su obra: “A veinticinco años del Eva Perón en la hoguera escribí, a principios de 1998, este Perón en Caracas que, debido a distintas razones, no se ha representado todavía aunque ha sido leída, al menos por una única vez, por Cristina Banegas en un café-sótano de la Facultad de Ciencias Sociales de Buenos Aires. La lectura no dejó de provocar cierto entusiasmo en el repentino público asistente, lo que me da ánimo para publicarla ahora. En todo caso, si esta obrita mereciera el calificativo de deleznable, la culpa es del General. ¿Acaso, según opinión mayoritaria en nuestros días, la culpa de todo no la tiene Perón?” En la preinauguración de la nueva sede de la -sedicente- Librería Gandhi, Cristina Banegas fue convocada para una segunda e histórica lectura de ese texto extrañamente teatral (reseñado en el número 65 de Radar Libros). El circuito es ya de por sí elocuente: Leónidas Lamborghini, Facultad de Ciencias Sociales, Gandhi: algo del orden de la literatura (de una literatura que encuentra en la política su justificación) y algo del orden de la cultura (que incluye tanto profesores universitarios como políticos de carrera y jóvenes militantes).

En la medida en que, como teatro, participa a la vez de la literatura y de la cultura, la obrita de Leónidas Lamborghini debe entenderse como un acontecimiento complejo, que articula una manera de entender la literatura con una manera de entender la política. El Perón que pone en escena “se nos aparece, por momentos, como un veterano actor en busca de sí mismo y de interpretarse en su nuevo papel de líder político, desalojado del poder y obligado al exilio, pero que, no obstante, ya está preparando el terreno para recuperarlo”. La indicación escénica, por supuesto, vuelve a la obra irrepresentable. ¿Cómo se actúa para que un personaje “se nos aparezca” con tal carga de sentido?

La cultura como espectáculo Todo el texto de Perón en Caracas desarrolla esta ambigüedad constitutiva de nuestro tiempo: la literatura, como arte, tiene una lógica que le es propia. La cultura, por el contrario, responde hoy sólo a la lógica de la rentabilidad: es decir, del dinero. No importa cuánto costó rodar Titanic, lo que importa es que esa inversión será recuperada, con creces. Es por eso que el teatro es particularmente interesante: al ser en sí mismo un espectáculo, debe articular la lógica de la ficción dramática con la lógica de la rentabilidad. Y Perón en Caracas, por su formato, se postula como un espectáculo paradójico: antieconómico, imposible de montar. Un teatro sólo para ser leído (y lo que se lee es un Perón construido como un personaje de Arlt, y no como cualquier personaje de Arlt: como el Astrólogo). Como la música utópica que imagina Thomas Mann en Doktor Faustus o los cuadros fantasmagóricos que Proust describe en A la sombra de las muchachas en flor, es ese carácter puramente potencial de Perón en Caracas lo que convierte a lo teatral, al espectáculo y -por lo tanto- a la cultura en un mero resto. Igualmente residuales son las frases que Perón pronuncia: “En cuanto al Ejército, ha vuelto a ser el brazo armado de la oligarquía... (pausa). No creo que haya avión negro en lo inmediato... (pausa). La única verdad es la realidad... aunque en la Argentina no hay verdad que valga... allá se miente con la verdad”. Como si se tratara de una pieza de John Cage (Európera V, por ejemplo), lo que hace Perón en Caracas es triturar unas cuantas tradiciones culturales argentinas para provocar, con esos desperdicios, una reflexión a la vez moral y estética. ¿Qué hacer hoy con esos restos? La pregunta es propiamente dramática en un año electoral en el que, probablemente, haya tantas versiones del peronismo como herederos al patrimonio peronista que quieran postularse para actuar políticamente.

Proletarios del mundo Por supuesto, Perón en Caracas también interpela a la cultura de izquierda. Y lo que hace el personaje Perón, en Caracas, en 1956, es imaginar la década del setenta, sus horrores. Ya fue dicho: los setenta se han puesto de moda. Pero no es sólo una moda lo que palpita en el texto de Leónidas Lamborghini, ni lo que podía sentirse en la lectura de Cristina Banegas. Un “comienzo de temporada” como ése -así fue postulado- inmediatamente obliga a pensar en la proletarización de quienes hacen cultura: difícilmente, en otros años, podría haberse organizado una presentación un 5 de febrero. Y sin embargo, casi todo el mundo estaba (¿ya? ¿todavía?) en Buenos Aires: los políticos, los escritores, los críticos, los actores y directores, la academia. No era tanto una moda lo que allí brillaba sino, más bien, la necesidad de reconocerse como formando parte de una comunidad determinada. Una vez más: Lamborghini, Ciencias Sociales, Gandhi, la cultura de izquierda, las manos de Perón, el futuro de la Patria.

Hacia el final de la obra, agotado el discurso de Perón, se levantan voces airadas de la platea (así lo indica la obra) que gritan: “¡Arcaico! ¡Arcaico! ¡Usted ya fue! ¡Fuera! ¡Mierda! ¡Fuera! ¡Degenerado! ¡Depravado!”. El fantasma de Perón retrocede hacia las sombras. Habla, pero no se entiende lo que dice. La indicación final de Lamborghini señala escuetamente: “Apagón rápido, final. Se oye el último ¡Fuera! estentóreo, condenatorio, feroz”. Lástima que El Gran Conductor, aun cuando su nombre haya sido comunitariamente invocado, no se hiciera presente para develarnos lo que será de nosotros a partir de 1999.