El
mañana nunca muere
Hace
once días, con el último eclipse solar del siglo, tenía que acabarse
el mundo. Mientras tanto, Anagrama publicaba en España El fin de los
tiempos, un libro de cuatro entrevistas realizadas por Catherine David,
Frédéric Lenoir y Jean Philippe de Tonnac a un historiador, un semiólogo,
un paleontólogo y un guionista de cine (Jean Delumeau, Umberto Eco,
Stephen Jay Gould y Jean Claude Carrière), cuyo eje es la costumbre
tan vieja como el hombre de esperar el apocalipsis. En estas páginas,
Eco, Gould y Carrière explican por qué el mundo no se va a acabar, sino
que pasará algo mucho peor.
En
estos días en que proliferan los relojes que desgranan los segundos
que nos separan del año 2000, ¿cree usted que los occidentales tienen
conciencia de esta cuenta regresiva o que la tuvieron en el año 1000?
–La moraleja de la historia es interesante. El fin del primer milenio
no sobrevino sin provocar, acá y allá, reacciones de miedo. Pero el
guardián de la ideología y de la memoria, esto es, la Iglesia, hizo
lo posible para que no se hablara de ello. A fines del segundo milenio
está claro que esos temores no existen, aparte de algunos grupos muy
marginales. Pero los centinelas de la ideología y de la memoria, que
hoy son los medios de comunicación, hacen todo lo posible para que se
hable de eso. A falta de archivos, creímos que no habían existido tales
miedos durante la noche del 31 de diciembre del año 999. Por exceso
de archivos, nuestros descendientes podrán creer que toda la humanidad
fue presa del pánico durante la noche del 31 de diciembre de 1999.
¿Por qué esa diferencia?
–Porque la Iglesia tenía por consigna “¡Ante todo, ningún ruido!”, y
la de los medios hoy es “¡El mayor ruido posible!”.
Muchas épocas han creído vivir el fin de la civilización ...
–El fin de un siglo produce siempre una sensación de agotamiento. Cuando
se acerca una fecha con dos ceros la literatura queda de pronto sumergida
por una ola de spleen. Piensen en el decadentismo de fines del siglo
XIX: el sentimiento del final del Imperio Austrohúngaro, Nietzsche anunciando
la muerte de Dios, el misticismo postrevolucionario de fines del siglo
XVIII. Es el encanto del doble cero. Y tres ceros es todavía mejor.
Pero vincular un terremoto al año 2000 es un síntoma de paranoia. ¿Saben
cuántos terremotos ha habido durante el último milenio, incluso en los
años que no terminaban en dos ceros?
Hoy, cuando se multiplican esos signos de cambio de era o de civilización,
se publican innumerables tratados que anuncian el fin de los tiempos
...
–¿Es el año 2000 o la caída del Muro de Berlín lo que genera tales comportamientos?
Con el derrumbe de las grandes ideologías, el hombre, animal religioso
por definición, sólo posee cuatro opciones. Puede adoptar la posición
filosófica (es la opción aristocrática). Puede preferir la religión
oficial ... pero la falla de la religión es que, en general, te deja
la responsabilidad de seguir o no sus preceptos. Es, pues, menos protectora
que una ideología como el nazismo, el marxismo stalinista o maoísta,
que regulaban cada momento de tu vida. Una secta, por el contrario,
te permite abdicar de tu voluntad para obedecer a la de un gurú, trocar
tu ego por el suyo. Es en esos ámbitos donde se habla del fin de los
tiempos. Pero me parece que la proliferación de sectas hoy en día es
una consecuencia del derrumbamiento de las grandes ideologías.
¿Cuál es la cuarta opción?
–Una secta no represiva, menos exigente que una religión, más divertida
que una filosofía: la New Age, el sincretismo absoluto. Allí se acepta
todo: desde los platos voladores hasta la macrobiótica, desde el budismo
hasta la pranoterapia. Una religión do-it-yourself.
¿Cuáles son los indicios de ese lazo entre el ocaso de las ideologías
y el desarrollo de la New Age?
–Cuando la utopía del ‘68 entró en crisis, cuando doblaron las campanas
por el terrorismo rojo (en Alemania e Italia), cuando, por último, llegó
la hora de la perestroika, los anaqueles consagrados al marxismo fueron
sustituidos por estanterías dedicadas a lo que ya entonces se llamaba
New Age. Lo que nos dice también algo sobre la manera en que muchos
de la generación del ‘68 han vivido una revolución que se ha quedado
en virtual. ¿Estamos seguros de que el retorno al misticismo es una
consecuencia de la crisis del ‘68 o bien los sucesos del ‘68 son la
primera manifestación de una crisis del marxismo “científico”, y por
lo tanto el primer capítulo de la New Age?
Es un giro inesperado del análisis ...
–Pero si buscan las raíces del movimientos del ‘68 en California,
se encuentran ya todos los elementos de la New Age: el flower power,
el peyote, el Don Juan de Castaneda. Muchos del ‘68 son hoy budistas
o de la New Age, incluso algunos han vuelto al catolicismo. En el monte
Athos encontré a un monje bibliotecario que me preguntó si Julia Kristeva
seguía casada con Philippe Sollers. Cuando le pregunté cómo podía saber
eso, me dijo que en Mayo del ‘68 estudiaba en la Sorbona y que luego
había hecho su camino de Damasco y se había convertido en monje. Lo
pinché un poco sobre la liturgia ortodoxa. “Es usted un intelectual”,
le dije, “y sabe perfectamente que los iconos que abraza en misa no
son reliquias auténticas”. Me respondió que ése no era el problema:
“Si los abrazas con devoción, sientes su efluvio”. No había olvidado
su educación filológica: no pretendió demostrarme que eran auténticas,
sino que se limitó a decirme que si entrabas en el espíritu de la fe
eran verdaderas. Me pregunto si, cuando estaba en las barricadas de
París, lo guiaría el mismo entusiasmo (empleo la palabra entusiasmo
en su sentido religioso) que el que lo condujo a esa montaña santa.
¿De dónde proviene la necesidad de pensar en el fin del mundo?
–Es una especie de ilusión óptica ligada con el hecho de que sabemos
que todos los hombres son mortales. Pero, ¿por qué el mundo habría de
serlo necesariamente? Esa trasposición de nuestra experiencia al universo
es un error lógico que cometemos continuamente: no pueden aplicarse
al mundo las leyes que el mundo impone a sus objetos. Hay que resignarse
a ser adulto. Si este universo no tiene principio ni fin, y es impreciso
en sus contornos, es casi imposible hacerlo antropomórfico. Estamos
en situación de liberarnos de esta idea obsesiva de que el universo
tiene que hacer como nosotros: nacer y desaparecer.
¿Qué le inspira el apocalipsis informático que amenaza a todas las
computadoras del planeta el 1º de enero del 2000?
–El verdadero problema no es cómo resolverlo. Eso es una cuestión de
dinero. Lo que me sume en un desasosiego infinito es cómo pudieron cometer
un error tan burdo. Sólo hay dos explicaciones posibles. La primera
es que sabían lo que hacían, pero no les preocupaba reflexionar sobre
los problemas de la gente en vísperas del 2000, sino vender un producto
decente en la década del 80. La segunda es que consideraron que su invento
estaba inscrito en el corto plazo, al igual que todos los inventos surgidos
a fines del siglo XX. Olvidaron que todo el hardware y todo el software
puede renovarse, pero que la memoria sigue siendo la misma: desde la
década de los 80 hasta hoy, un banco ha cambiado varias veces de aparatos
y de programas informáticos, pero cada nuevo programa ha tenido que
tragarse la memoria precedente.
¿Habla de una incapacidad para pensar a largo plazo?
–Si hay un problema en el umbral del 2000 es la pérdida de la memoria
histórica.
¿Cómo puede hablar de pérdida de la memoria en el momento en que
Internet pone a nuestra disposición una especie de memoria total de
la humanidad?
–Durante siglos hemos tenido la impresión de que nuestra cultura
se definía por una acumulación ininterrumpida de conocimientos. Hemos
aprendido el sistema solar de Ptolomeo, luego el de Galileo, luego el
de Kepler, etc. Pero es falso. La historia de las civilizaciones es
una sucesión de abismos que devoran toneladas de información. Ya los
griegos fueron incapaces de recuperar los conocimientos científicos
de los egipcios, lo que provocó el florecimiento de los ocultismos que
se basan en la idea de recuperar antiguos saberes perdidos. Y aunque
a veces se puedan recuperar ciertos fragmentos del saber perdido, lo
más frecuente es que no podamos hacer nada. La memoria social y cultural
tiene por función filtrar, no conservarlo todo. Lo que caracteriza la
transmisión de la memoria es el filtrado.
En eso residía la enfermedad del Funes de Borges: no podía eliminar
nada ...
–Aquí los detengo, porque Internet es (o será pronto) un inmenso Funes.
Hasta ahora la sociedad había filtrado por nosotros, a través de los
manuales y las enciclopedias. Con la Web, todo el saber, toda la información
posible, aun la menos pertinente, está a nuestra disposición. Pero ¿quién
filtra? Hemos agrandado nuestras capacidades de almacenamiento en la
memoria, pero aún no hemos encontrado el nuevo parámetro de filtrado.
Sólo se disponen de ciertos criterios de selección en la medida en que
estés intelectualmente preparado.
¿Su posición no incita a mirar con indulgencia una cierta censura ideológica,
ya sea religiosa o política?
–No apruebo ese tipo de censura. Pero comprendo muy bien que, a
falta de un partido o de una Iglesia muy fuertes, la gente recurra a
las sectas para encontrar una autoridad que se encargue de filtrarle
las informaciones. Antes se sabía que existían opciones privilegiadas,
pongamos la opción católica, la marxista, la reaccionaria, etc. Podía
preverse de qué manera se iba a seleccionar la información según que
el texto de referencia fuese la Biblia, la Enciclopedia de Diderot,
El Capital, el Curso de lingüística general de Saussure. Ahora cada
uno elige una forma completamente inédita y personal. Cinco mil millones
de habitantes en el planeta, cinco mil millones de filtrados ideológicos.
Es la historia a la carta. Pero la parte innovadora de la ciencia y
el arte debe pactar siempre con su parte conservadora. El día en que
toda norma común desaparezca porque cada cual podrá inventarse su propia
lectura de los acontecimientos históricos y científicos, no quedará
ninguna base común con que apuntalar nuestra aventura colectiva. El
conocimiento, o la ciencia, es reformista, no revolucionaria. No sé
si una sociedad semejante tendría posibilidades de funcionar. Eso es
lo que me quita el sueño, no el fin del mundo anunciado para el 2000.
Hablemos un poco del siglo que va a acabarse. ¿En qué es distinto
de los que lo han precedido? ¿No habrá sido el más homicida de toda
la historia?
–Voy a dar la impresión de que nado sistemáticamente contra la corriente,
pero no creo que, a pesar de sus grandes crímenes, la Shoah, el apocalipsis
nuclear, la guerra bacteriológica, nuestro siglo haya sido más homicida
que los otros. Mataron a más personas en los siglos pasados, con mayor
tranquilidad, menos remordimientos y más sanamente. Si examinamos la
cifra de la población mundial en determinadas épocas, se comprobará
que cuando entraron los cruzados en Jerusalén, por ejemplo, los pogroms
supusieron, proporcionalmente matanzas aún más espantosas que las del
siglo XX. Lo que espanta en las carnicerías de este siglo es su organización
industrial, que todavía haya gente que pretenda que no sabía nada, que
no ha tenido responsabilidad directa, que se ha limitado a firmar un
documento. Las matanzas del pasado exigían una crueldad más directa:
había que hundir las propias manos en las entrañas de alguien. En este
siglo hemos conocido una crueldad más cobarde, sin grandeza. Pero Shakespeare
no esperó a nuestra época para definir la vida como “un cuento contado
por un idiota, lleno de ruido y furia”. Francamente no llego a convencerme
de que la noche de San Bartolomé fuese menos cruel que un bombardeo
de napalm. Aunque quisiera afirmar que nuestro siglo ha sido más moral:
se sabe que ese acto es malo y que más valdría no cometerlo. Nuestro
siglo ha sido hipócrita, pero ha sido asimismo moral. Incluso cuando
no se practica una solidaridad a escala planetaria, se la percibe como
un deber. Antiguamente se masacraba y no había arrepentimiento.
¿Diría usted que el siglo XX ha propiciado la aparición de nuevas
formas de pensar? ¿O bien es ante todo el triunfo de la ciencia?
–Creo poder decir, sin broma, que aparte de la energía atómica
y la televisión, todos los grandes inventos que conocemos son anteriores
al siglo XX, al menos en lo que se refiere a sus principios fundamentales,
incluidas las computadoras. De hecho, la gran revolución de nuestro
siglo no es tecnológica sino social. En el siglo XIX, mientras se inventaba
el avión, el automóvil y la electricidad, las relaciones entre padres
e hijos o entre hombres y mujeres eran más o menos idénticas a las que
se mantenían en la Edad Media. Occidente ya había bosquejado todo lo
que habría de ser el milagro tecnológico de nuestras sociedades, pero
la inglesa procesaba a Oscar Wilde por homosexualidad. En nuestro siglo
ha surgido un nuevo tipo de relación entre personas. Lo prueba el simple
hecho de que el racismo y la intolerancia estén mal considerados. Pero,
naturalmente, la aparición de una nueva conciencia moral no se corresponde
necesariamente con un nuevo comportamiento moral: hay siempre un desfase
entre lo que juzgamos que debemos hacer y lo que hacemos.
¿El siglo busca nuevas utopías?
–Yo diría más bien que nuestro siglo tiene miedo de las nuevas utopías.
Soy lector apasionado de los utopistas clásicos, desde Tomás Moro hasta
Charles Fourier, y pienso que haber concebido esas utopías en una época
en que eran irrealizables ha sido filosófica o políticamente interesante.
La desgracia de nuestro siglo es haber querido realizarlas, y de la
manera más científica posible. El siglo XX es el siglo de la industrialización
de la utopía. Las ciudades radiantes de los arquitectos han sido fiascos,
las sociedades perfectas del comunismo han fracasado ... Pero todo estaba
ya en nuestros utopistas. Relea la Utopía de Tomás Moro y trate de imaginarla
realizada: es el 1984 de Orwell. La idea de vivir en un mundo como ése
es una pesadilla.