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El dinosaurio sigue ahí

Stephen Jay Gould, el extraordinario autor de El pulgar del panda, explica por qué el fin del mundo ya llegó cinco veces y el mundo sigue andando.

Usted ha declarado que, de niño, le alegraba la idea de estar vivo en el momento en que el siglo XX se convirtiera en el XXI, no por reverencia hacia la cifra 2000, sino porque todos los habitantes del mundo iban a pensar en lo mismo. ¿Debemos temer ese no-acontecimiento?
–No hay nada que temer, y precisamente eso es lo divertido: la gente festejará, habrá algunos muertos de más en las carreteras, algunos accidentes debidos al alcohol y veremos aparecer nuevas sectas que se inmolarán al estilo de Heaven’s Gate. Otros despreciarán a los festejantes alegando la trivialidad y lo arbitrario de esa fecha, y eso será todo.
¿Pero no pasará nada?
–Es una constante en la historia de los hombres, la única certeza que tenemos sobre el Apocalipsis: el desmentido que la realidad inflige a las predicciones. Ahora bien, si el acontecimiento que uno espera no se cumple, hay que elegir. O se renuncia a la creencia, o se la “retoca”: había entendido mal, mis cálculos eran incorrectos. Por eso, el auténtico creyente se dirige hacia otra secta o se deprime y no se recobra nunca, o se vuelve aún más dogmático y rehace sus cálculos. El monje Raoul Glaber afirmó que la construcción de las catedrales había comenzado inmediatamente después del año mil, cuando se comprendió que el fin de los tiempos se posponía.
¿Las profecías apocalípticas sirven para conjurar nuestras angustias personales ante la llegada de la muerte?
–En cierto modo puede afirmarse que todas las religiones nacen de la conciencia de la muerte. Pero nuestra sociedad paga muy caras las consecuencias en estas creencias. Los adeptos de la secta Heaven’s Gate creían que partían hacia la vida eterna y murieron todos. Los soldados iraníes, durante la guerra Irán-Irak, iban a hacerse matar con la llave del paraíso alrededor del cuello.
Se han producido grandes catástrofes, han acontecido innumerables fines del mundo, y sabemos que puede ocurrir de nuevo. ¿No habría que buscar por ese lado el fundamento racional de nuestros temores?
–No, porque cuando las profecías se divulgaron en Europa, nadie sabía que la Historia tenía una historia tan larga y dramática: nadie tenía acceso a ese saber. Pero ese desaliento ha existido siempre, y alcanza quizá su apogeo entre los intelectuales parisinos... Discúlpenme, bromeo. Pero es cierto que la tendencia a ver todo lo que va mal es tal vez el síntoma de las culturas hipersofisticadas que no poseen el entusiasmo ingenuo de los niños.
Paul Valéry dijo: “Nosotros, las civilizaciones, sabemos ahora que somos mortales”. Hoy en día sabemos que nuestra especie es mortal, como lo son todas. Usted ha escrito que “la extinción es el destino normal de todas las especies”. En suma, la supervivencia es la excepción y la desaparición, la regla...
–Eso no quiere decir que la extinción sea una solución a los problemas que nos amenazan actualmente. La gente que no quiere ver la situación cara a cara suele utilizar los descubrimientos de la palenteología para decir: “Todo va a desaparecer, entonces qué más da, ¿por qué preocuparse por el equilibrio ecológico?”. La vida estuvo jalonada por varias extinciones brutales. La más terrible es la del final del Pérmico, hace 250 millones de años, que borró de golpe el 95 por ciento de las especies marinas invertebradas. La extinción de los dinosaurios, hace 65 millones de años, fue desencadenada por el impacto de un objeto extraterrestre que contenía iridio. Supongamos que eres un tiranosaurio: vives al final del Cretáceo, entonces cae ese asteroide y mueres junto con todos tus congéneres. Nada podría ser más trágico. Desde tu punto de vista, el hecho de que la vida se restablezca cinco o diez millones de años más tarde no supone un consuelo. Es normal que la posibilidad de una extinción nos inquiete, pero a nuestra escala, no a la escala planetaria. La Tierra misma no corre peligro. Ya ha conocido grandes deflagraciones, mucho más potentes que todas las que nuestras bombas pueden producir. Y se ha recobrado, aunque haya tardado millones de años. Pero nuestra temporalidad es la duración de nuestra vida, la de nuestros hijos. Por eso, si se valora la conciencia, el hombre se erige como amo del mundo. Pero si se valora la larga duración y los grandes números, las bacterias dominan, sin ninguna duda. Entre los mamíferos, las especies más afortunadas son actualmente los antílopes, las ratas, los murciélagos...
Usted ha abogado por la implementación de una ética ecológica. ¿Qué entiende usted por eso?

–Considero importante insistir en el hecho de que la escala temporal humana es la única que debiéramos tener en cuenta en nuestros postulados ecológicos o éticos, y no fijarse como objetivo el futuro lejano de la vida en otros planetas.
¿Le inquietan los desechos nucleares?

–No representan gran cosa para la escala de la Tierra. Sería enojoso que dentro de veinte mil años alguien cavase una zanja en un gran depósito de residuos nucleares. Lo que quiero decir es que no debemos inquietarnos por lo que le suceda al planeta. No nos jactemos, no lo hemos empozoñado, saldrá adelante.
¿Qué opina del agujero de ozono y del efecto invernadero?

–Tampoco presenta un problema importante para el planeta. Lo calentará hasta alcanzar temperaturas que ya ha conocido varias veces en el pasado. Si los polos empiezan a fundirse, inundarán las ciudades, trastornarán nuestra vida, pero la Tierra tendrá un océano un poco más grande y eso es todo... Siempre me asombra que no haya más accidentes de tráfico, si se piensa en la cantidad de irresponsables que conducen... Hemos tenido cinco extinciones masivas, muy pocas para establecer una ley general. Podemos afirmar que el sol saldrá mañana, pudimos predecir el eclipse del 11 de agosto pasado, pero la historia humana es la más imprevisible de todas, no porque sea insensata o azarosa, sino porque no la gobiernan las leyes de la naturaleza. La historia de la evolución es un mero relato, imposible de repetir o reproducir, un asunto de historiadores y no una serie de consecuencias lógicas de una ley natural. Rebobinen la película de su vida y dejen que se despliegue otra vez. La historia de la evolución será totalmente distinta.
¿Cree usted que, con las proezas de la ingeniería genética, el hombre esté a punto de modificar la propia evolución?
–Hay un error filosófico en esta pregunta: ¿cómo puede afirmarse que los seres humanos interfieren en la evolución? Formular esta pregunta implica una especie de programa natural preestablecido que seguiría su curso y en el que irrumpiríamos para alterarlo. Pero formamos parte de ese proceso, aun cuando lo modifiquemos. ¿Diría alguien que las plantas perturbaron la evolución al transformar los suelos? Si se descubre un gen que permita al maíz resistir mejor el frío y se obtienen dos cosechas en lugar de una, en estos tiempos de hambre, ¿cómo no explotar este descubrimiento? Por el otro lado, si un loco furioso decide fabricar diez mil soldados rigurosamente idénticos, muy fuertes y muy estúpidos, y adiestrados para obedecer órdenes... En el fondo, pienso que si llegáramos a eso, si alguien estuviese realmente en condiciones de hacer una cosa semejante, no sería un debate científico sino una cuestión política, y ya estaríamos perdidos por otros motivos.